349.

La escena tiene lugar en el despacho del Catedrático Jefe de Departamento. Corren los primeros años del decenio de los noventa del pasado siglo. Desde que fuiste consciente de que los pasillos, aulas y dependencias del Instituto donde trabajabas iban derivando incólume e impávidamente hacia el Averno, comenzaste tu derrota hacia nuevos puertos. El primero fue la confortable rada de la Universidad. A toda vela, confiado en tu simplicidad edénica, urdiste un plan tan legítimo como utópico. Una tesis, unas publicaciones, unas comunicaciones. En fin, lo habitual en el circo de la rancia Alma Mater hispánica. Te faltaba lo esencial: el capo que te llevara de la mano. Y allá que fuiste a rendir pleitesía en la medida de tus escasas dotes para las relaciones personales en punto a lograr prebendas y privilegios. Sabías que tenías prestigio en aquel Departamento desde los lejanos días de estudiante. Contabas con un Premio Nacional de Traducción. Nunca has sido un genio, pero para el nivel de la Universidad española, no desentonabas. En todo caso, hubieras aceptado el rechazo en función de la selección de los mejores. El despacho es amplio. Tiene un sofá, una estantería repleta de un caótico rimero de libros, una enorme mesa, un buen sillón de escritorio. Cortinas y un destartalado lector de microfilms en una esquina. El Jefe te recibió como siempre con una sonrisa. Previamente, hubiste de esperar en el banco del pasillo un buen rato. Nada nuevo. Las supuestas horas de atención nunca eran cumplidas y aquella ceremonia había sido norma durante los años de preparación de tu tesis. Palabras educadas de saludo, ofrecimiento de tomar asiento en el sofá. Charla amable y distendida. Expones tus pretensiones con claridad. Y el Jefe te lo deja claro. Más o menos, que el tiempo ha borrado la literalidad: “Hombre, en las oposiciones, gana la plaza aquel al que le toca, al que ya está trabajando en el Departamento. Con frecuencia es una injusticia, pero, ¿sabe Vd.?, se evitan muchos problemas.” Lo intentaste de todos modos. Y fracasaste en el primer escalón. En compensación, el Jefe movió los hilos para que te concedieran el Premio Extraordinario de Doctorado. Algo inútil que no te salvaría del desastre. Como conclusión, nadie debe extrañarse de que la Universidad estatal española sea un foco de mediocridad y corrupción. Es injusto, pero se evitan muchos problemas, ¿saben Vds.?

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One Comment on “349.”

  1. Antonio Montes dice:

    Lo clava Vd. y lo cuenta a la perfección. Mientras no cambie de cabo a rabo el sistema educativo, y esto incluye obviamente la universidad, no pintaremos nada culturalmente hablando. Por no hablar del trapicheo y el cortijeo que se traen entre manos estos capos a cuenta del presupuesto, que (no se olvide) lo pagamos entre todos.


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