354.

Tempestades de acero es el título que Ernst Jünger (1895-1998) le puso a la formalización literaria de los diarios que redactó a lo largo de los años en los que sirvió durante la I Guerra Mundial dentro  del ejército alemán. Ese océano de sangre, escombros, barro y metal que asoló los campos de Europa desde que un 24 de junio de 1914 un terrorista serbio asesinase al heredero de la corona austro-húngara te ha atraído siempre. Es, efectivamente, el inicio del siglo XX, del mismo modo que su conclusión la marca el derrumbe del muro de Berlín el 9 de noviembre de 1989. Los ejércitos y los pueblos marcharon a aquella guerra con la mentalidad del siglo XIX y se encontraron de bruces con la acometida cruel de la chatarra y el lodazal. A pesar de toda la crueldad y de toda la destrucción, millones de hombres se enfrentaron animados por un espíritu que, a buen seguro, no recogen las modernas visiones de aquel hecho. Influido por el antibelicismo postmoderno, por películas, por novelas, puede creerse inconcebible que aquellas masas aceptaran ir al matadero sin rebelarse. El libro de Jünger, desde el lado alemán, puede llegar a explicar que existía un espíritu guerrero y patriótico en la inmensa mayoría de los combatientes. Esa perspectiva distinta, realmente contemporánea de los hechos, es el valor más potente que aprecias en el libro. Nada se enmascara: hay vísceras y muñones, gritos de dolor y desesperanza ante la muerte cierta. Pero como en la Ilíada, donde no faltan esos aditamentos, subyace el ardor heroico y caballeresco.Cuanto me paro a pensar en el ambiente en que me encontraría ahora de no haber estallado la guerra, cuanto me imagino que estaría encadenado a una profesión, rodeado de trepadores, o pertenecería a un cuerpo de oficiales en tiempo te paz, o a una asociación estudiantil, o me hallaría rodeado de literatos en un café lleno de humo, creo que al cabo de seis meses habría echado todo a rodar para marcharme al Congo, o al Brasil, o a cualquier otro lugar en que esa gente no hubiese estropeado aún la Naturaleza. La Guerra, que tantas cosas nos quita, es generosa en este aspecto; nos educa para una comunidad masculina y vuelve a situar en el lugar que les corresponde unos valores que estaban semiolvidados. Palabras del autor.

Ernst Jünger, Tempestades de acero, trad. de Andrés Sánchez Pascual, Barcelona, Tusquets, 1998. La cita procede de la página 185.

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2 comentarios on “354.”

  1. José Manuel López Muñóz dice:

    La guerra es horrible, pero mucho más repugnante es la incapacidad del hombre actual para aceptar el sacrifico personal. ¿Quién quiere morir por algo o por alguien? El epañol actual no solo no quiere morir sino que aspira a ser joven (inmaduro e irresponsable) por los siglos de los siglos.

    • Emilio dice:

      De hecho, las protestas por la crisis actual se deben más a la frustración por la pérdida de la esperanza en el gratis total y en la sospecha de que habrá que luchar más por tener menos que antes. En cuanto a la guerra, en las entradas 99, 175 y 176 comento algo sobre ese fenómeno. Gracias.


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