356.

La figura de Héctor te ha ocupado anteriormente (98,99). Desde tu primer contacto con la épica griega, su carácter se te antojó más trágico que el de Aquiles. Lucha en una guerra que ha provocado un hermano de cascos bastante livianos; es consciente de su muerte; es tremendamente leal a su deber; en el momento final, tiene un arrebato de humanidad y huye para volver con dignidad a lo que será el último terrón que pisarán vivos sus pies. Su despedida de Andrómaca es un oasis de ternura en medio de un huracán de sangre e ira. Contrastabas la mundanidad de su entorno, la sombría frialdad de la muerte que esperaba, con la trascendencia que el cristianismo ha otorgado a cuanto es vida en la mentalidad occidental. Héctor era mejor modelo para ti que San Francisco de Asís, por poner un ejemplo. Estabas muy equivocado. Los viejos héroes no sirven hoy en día para consolarte de nada. Sus hechos aguardaban recompensa. No eran gratuitos, ni reposaban en la pesquisa de la íntima dignidad del ser humano perecedero e inútil. Ellos morían altivos porque deseaban ser recordados por los demás para siempre. Su inmortalidad era el cantar de gesta o, en más modesta medida, el recuerdo entre sus gentes de una valentía en el instante postrero. Es cierto, no tenían el consuelo de la vida eterna más que en la salmodia de los ciegos, pero esa fantasmagoría les animaba. Tu mundo, esa constelación de materia vuelta carne, sangre y metal, no tiene ese consuelo. Nadie espera hoy en día que le canten los que vendrán detrás ni hay campo en el que destacar. Para ti, en el siglo XXI, no hay ninguna clase de inmortalidad, ninguna. Aunque, tal vez, quién sabe, esa sea la razón de que tu pobre lucha por la dignidad sea más valiosa todavía. Por ser más inútil aún que la ansiosa vigilia a la espera de unos versos que nunca vendrán dedicados a unas gestas que jamás realizarás.

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2 comentarios on “356.”

  1. Antonio Montes dice:

    Ha tocado Vd., don Emilio, la médula misma del nihilismo: nada vale, la gloria ha muerto (sin gloria).

    Por eso mismo, resalta el valor de otros tiempos, acaso no muy lejanos. Pero no sólo, don Emilio, luchaban los héroes antiguos (y no tan antiguos) por una simple fama, un andar de boca en boca, sino por la gloria a la que llevaba la virtud; y la virtud era sinónimo de felicidad, la más alta. Conseguir la gloria no era sólo conseguir fama, nombradía, esto era la consecuencia directa, suponía primero el ascender a una categoría óptima de superación que equivalía a ser, no sólo a ser nombrado. Todavía para Aristóteles, ahí radicaba la más alta dicha: en la virtud, normalmente trabajosa, y no en un bien pasar al modo epicúreo.

    Excelente entrada, por cierto. Un saludo muy cordial.

    • Emilio dice:

      La historia del pensamiento sobre la ética en Grecia nace, precisamente, en la épica. Hay un largo camino que pasa por una búsqueda primitiva de una pátina moral en la divinidad y se acaba en las grandes formalizaciones de la filosofía helenística. Hay mucho de los héroes homéricos en Aristóteles, como lo hay en Platón. Con todo, mi intención era establecer el contraste entre aquellos guerreros y su concepto de inmortalidad y la mentalidad de quienes, como yo, han perdido (desgraciadamente) cualquier esperanza de la misma. Muchas gracias por su comentario.


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