360.

NICOLÁS EL MÚSICO

II

Un día en que Nicolás animaba los bolsillos de la dueña con sus interpretaciones, entró en la posada Vera Sofía. Era una muchacha que nunca llamaba la atención de los comensales, no sólo porque estaban pendientes de las melodías de Nicolás,  sino también porque su cuerpo no era rotundo, ni sus mejillas sonrosadas, ni era rubia con trenzas, ni excesivamente joven, ni esmeradamente vestida dentro de la modestia de su condición. Más bien era objeto de alguna que otra burla por su delgadez y su carencia de lustre. Y Nicolás, como artista que era, se percató de ello. La muchacha no llamaba la atención del vulgo masculino, lo que le evitó el destino de cualquier otra mujer que a su edad ya tendría varios hijos a sus espaldas, un marido gruñón y varios ancianos que necesitasen de sus cuidados. Vera Sofía entraba con frecuencia en la posada para vender su leche, sus quesos y sus flores. Esporádicamente, remendaba ropa blanca y la lavaba. Era una asidua proveedora de la señora Arcadia, con la que parecía entenderse perfectamente.         

Nicolás había visto cómo Vera Sofía se acercaba a la señora Arcadia. Llevaba un gran cesto colgando de su brazo derecho y una cántara en su brazo izquierdo. Sin embargo, el peso no se reflejaba en el rostro ni en la postura. El laudista no apartaba sus ojos de ella. Su melodía se hizo tierna y su entonación se llenó de dulce apasionamiento. Esas notas provocaron peticiones de varias jarras de vino a los camareros y una ligera sonrisa en la dueña.

Las dos mujeres charlaron amistosamente unos instantes. La señora Arcadia entregó a Vera Sofía unas cuantas monedas y la muchacha se fue de la posada sin haber reparado en Nicolás. El laúd se enredó entonces en melancólicas tonadas de amor, hasta el punto de que los clientes empezaron a protestar. La dueña ordenó con un gesto al músico que alegrara su arte. Nicolás, conocedor de las dificultades que reportaban a la maestría del artista la carencia de cama y comida, obedeció a la señora y llenó el local de aires de fiesta, de sones alegres de vino y cosecha. Pronto la taberna vibró con las canciones que entonaban a coro los parroquianos.

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