362.

NICOLÁS EL MÚSICO

IV

Pronto empezó Nicolás a acudir con mayor frecuencia a casa de Vera Sofía. Cuando tenía un rato libre en época sin fiestas de vendimia o de cosecha, o cuando la señora Arcadia le daba permiso, algo a lo que accedía con cierta desconfianza desde que supo a qué dedicaba el tiempo libre su músico, Nicolás se presentaba en la estancia donde el abuelo veía pasar el tiempo. Y le cantaba canciones, le tocaba piezas de toda clase. El abuelo hablaba poco. Su nieta tampoco era muy parlanchina. Pero todos parecían entenderse sólo con la música y los gestos. Pronto llegó el día en que Nicolás se quedó a comer. Una escueta sopa de verduras con queso y pan. Pero le supo maravillosamente; mejor que aquellos platos rebosantes de tropezones de carne y legumbres con que la señora Arcadia lo alimentaba en los días de generosidad. Pero ninguna palabra de amor salía de la boca de Nicolás. Esperaba un momento oportuno que no acababa de llegar. Había algo en él que le impedía dar el paso. Quizá la advertencia, que la posadera le había hecho al principio de su aventura sentimental, le despertase ciertos escrúpulos:

– Cuidado con herir a la muchacha, músico. Los artistas sois poco de fiar. Tenéis la cabella llena de pájaros y actuáis a favor de una ventolera. Dudo que Vera Sofía sufriese mucho si consiguieses engañarla y acabaras considerándola poca cosa más que un trofeo, pero no me gustaría que te sirviese para presumir delante de tus amigotes.

Nicolás no acababa de verse casado con Vera Sofía. Al parecer, era lo que se esperaba de él. La señora Arcadia no le provocaba ningún temor y tenía la suficiente confianza en sí mismo como para sentir miedo ante el futuro. Nicolás sabía lo que era gozar un rato con una mujer sin ningún sentimiento de amor y en las fiestas seducía a muchachas, en general bastante fáciles, con su música. Entre promesas que ambos sabían falsas, había pasado momentos de placer en pajares o en prados de hierba alta. Sin embargo, Vera Sofía era otro asunto. Nicolás la quería, pero no se atrevía a comprometerse. Un artista no encaja mucho con una campesina.

En medio de esta zozobra, que se iba encrespando a medida que el tiempo avanzaba, Nicolás se hizo asiduo de la casa de Vera Sofía e intimó grandemente con el abuelo. Un día confesó al anciano sus angustias y las razones de su malestar:

– Cada uno tenemos marcado nuestro paso -le respondió el viejo-. Unos andan deprisa y otros andan despacio. Si Vera Sofía debe ser tu mujer, lo será antes o después. Si no es así, por mucho que corras, no será tuya.

– ¿Me quiere?

– Creo que se  casaría contigo porque tú le gustas y se esforzaría por hacerte feliz a ti también. Pero será feliz contigo o sin ti. Nunca ha necesitado nada y nunca lo necesitará.

De este modo, lo que se había iniciado como un cortejo galante había desembocado en un extraño temporal de sentimientos encontrados.

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