364.

NICOLÁS EL MÚSICO

VI

Aquella noche, el joven no pudo dormir. A la luz de una llama, con la posada ya cerrada, estuvo relatando a la señora Arcadia los acontecimientos de la velada y a cada impresión que refería, a cada descripción, sus palabras eran acompañadas de gestos ampulosos.

 – Desde que murió su esposa, el señor ha estado melancólico -dijo la señora Arcadia-. Y esta noche tú lo has hecho feliz. Prepara tu bolsa para llenarla de monedas, músico.

La señora Arcadia rozaba los dedos pulgar e índice de su mano derecha.

– Aunque esto signifique -continuaba- que nos abandones. Vivirás en palacio y ya no podrás deleitar a mi parroquia. Es una pena.

Nicolás puso su mano sobre la de su patrona,

– Nunca olvidaré lo que ha hecho por mí.

La señora Arcadia amagó una sonrisa que Nicolás interpretó como asentimiento, aunque alguien menos arrebatado por el torrente de unos acontecimientos tan felices como inesperados hubiera podido apreciar el  lívido halo de una sombra.

Como la señora Arcadia había pronosticado, en pocos días Nicolás envolvió su hatillo y se trasladó a palacio. Sus apariciones fueron cada vez más  esporádicas en la taberna. Al principio, Nicolás achacaba sus ausencias al trabajo de palacio. Pero con el tiempo, la señora Arcadia se enteró de que frecuentaba la taberna del Centauro, un establecimiento de mayor rango al que a veces acudía el señor cuando era preciso sin remisión codearse con sus vasallos. Y también supo por la propia Vera Sofía que el laudista había dejado de visitarla a ella y a su abuelo, aunque en alguna ocasión, cuando el músico pasaba por delante de su casa, la muchacha se había percatado de que la miraba con unos ojos que se teñían de melancolía.

Porque Nicolás estaba haciendo carrera en la corte local. Pronto vistió las túnicas de los criados de mayor categoría y pasó seguidamente a organizar y dirigir un pequeño conjunto de cámara. Aunque sus tareas se iban volviendo más complejas, el amo nunca renunciaba a tenerlo junto a él en la hora de la cena y el laudista solía prestar su talento durante las largas veladas en las que el aristócrata departía con la corte de filósofos, literatos y artistas que había reunido en su entorno. Así, Nicolás se percataba de que su señor era un consumado mecenas a cuyo cargo florecían las letras y las  artes. Con su escudo de armas y dedicadas a su persona, se copiaban obras en Constantinopla que todo el mundo cultivado celebraba. Había momentos en que Nicolás se sentía orgulloso de pertenecer a esa selecta corte de amantes del saber y de la belleza.

Durante las cenas privadas, el señor no quería oír la orquesta, sino sólo a Nicolás con su laúd, aliviando serenamente la tristeza que ensombrecía su alma desde la muerte de su esposa. La única alegría de su corazón descansaba en su hija, una adolescente que aún no había cumplido los dieciséis años. Era hermosa, de formas redondeadas, una cautivadora cabellera rubia y unos ojos seductores que daban al conjunto la sensación de que la niña tenía más edad. La duquesita era tímida, se solía ruborizar, hablaba poco y al menor motivo cubría a su padre de besos y carantoñas. Ante la mirada compasiva de su tía, la niña se adecuaba a lo que cualquier familia desea como hija: modestia, honestidad y obediencia. Sus tutores hablaban excelentemente de sus aptitudes para los estudios y las tareas propias de la mujer. Porque el señor, aunque no era muy habitual en sus tiempos, había deseado que a su hija se la instruyese en lecturas y cálculos, de tal modo que la niña podía leerle a su padre durante horas textos sagrados y de los padres teólogos, o páginas de los antiguos griegos, mientras hacía juiciosos comentarios sobre la lectura. La duquesita era, en fin, el mayor de los  alicientes que el señor podía disfrutar al levantarse cada mañana para encarar un nuevo día.

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