365.

 NICOLÁS EL MÚSICO

VII

Como era de esperar, Nicolás recibió un día el encargo de instruir a la  duquesita en música, orden que el laudista se apresuró a cumplir. El señor era persona de experiencia por mucho que se refugiase en la biblioteca y fuera poco amigo de codearse con la gente del común. Advirtió por ello a Nicolás que cuidara mucho su actitud respecto a la niña:

– Sabes que no sólo te juegas tu trabajo en este palacio si intentas sobrepasar lo más mínimo la tarea de profesor de música. Pones en riesgo tu vida.

Nicolás asintió un poco molesto en su interior porque consideraba que esas palabras traslucían una falta de confianza del señor. Dio a entenderle que jamás traicionaría la confianza que Su Excelencia había depositado en él.

Cuando Nicolás entró por primera vez en el aposento de la duquesita, donde recibía sus clases, la acompañaban una criada turca llamada Amaleh y su tía. Ambas bordaban una tela. La niña miró al suelo cuando entró vacilante el músico. La hermana del señor se había asignado el papel de madre en la educación de su sobrina y en las tareas propias de la dueña del palacio. Y ejercía esta labor con suma discreción.

Se le señaló a Nicolás una silla y una mesa. A partir de ese momento, las clases se  sucedieron de lunes a sábado en días alternos a razón de dos horas por día. La pupila empezó pronto a progresar en el manejo del laúd y en los secretos del arte musical.

Un buen día, la criada Amaleh salió de la estancia con la hermana del señor por una causa que Nicolás no logró adivinar y que, por otro lado, tampoco le interesaba. Al poco de marcharse ambas mujeres, la duquesita abandonó su laúd sobre la mesa y se fue acercando lentamente al músico.  Nicolás  afinaba  las  cuerdas y cuando levantó la vista contempló ante sí el opulento pecho de la duquesita rozándole las narices. Se había despojado del corpiño y mostraba un vestido con un exuberante escote. Su cara se había tornado de una sensualidad abrasadora y sus labios brotaban más rojos que nunca de su rostro. Nicolás saltó hacia atrás, pero la niña se abalanzó sobre él y lo besó. Nicolás pensó en gritar, en golpear a la agresora; pero la voz de  la jerarquía y, esencialmente, la voz de la naturaleza acallaron sus propósitos. Poco a poco el forcejeo se fue haciendo más suave y el combate por la liberación de la muchacha se convirtió en una lucha por poseerla.  Rodaron por el suelo los instrumentos musicales y el calzón de Nicolás. Y sobre la alfombra de la estancia Nicolás hizo suyo uno de los cuerpos más adorables que nunca viera. La duquesita se manifestó como una consumada amante que dio al artista más placer que ninguna de las aldeanas de las que había tenido conocimiento antes.

Cuando todo terminó, en medio de jadeos y de la angustiosa búsqueda de sus prendas de vestir, Nicolás se sintió palidecer. Se había dado cuenta de lo que había hecho. Y sólo se le ocurrió sentarse con las manos en la cara y ponerse a gemir.

La duquesita lo miró de soslayo, se acercó a él y le dijo:

– Has gozado, mi amor. Eso es lo importante. Mi padre nunca se enterará.

Una sonrisa de complicidad escamó a Nicolás.

 – ¿Nunca se ha enterado?

 – Jamás.

Nicolás quedó horrorizado.

– Pero yo te amo -añadió la duquesita-. Desde que  te vi entrar en el comedor aquella primera vez con tu ridícula ropa de gala. Aquella noche empecé a contar los días que faltarían hasta que fueras mío.

– Pero si eres una niña… ¿Cómo puedes engañar así a tu padre? Me has buscado la ruina.

– No soy una niña. Lo sabes bien a estas alturas. Mi padre es un pobre anciano que nunca sufrirá, porque no sabe dónde vive. Lo quiero, pero eso no significa que me convierta en una monja. Pronto me casará con algún relamido para engrandecer sus posesiones y no sé cuánto tiempo me costará rehacer mi vida en un nuevo palacio.

La palabra “vida” había sido pronunciada con énfasis especial.

– Olvidémonos del futuro y disfrutemos. Te deseo, te amo y pienso gozarte hasta que no puedas más. No tienes otra opción más que acceder a mis deseos. Soy tu ama.

Y de nuevo enfatizó una palabra. En este caso fue “ama”.

Nicolás  compuso su figura,  observó  la puerta y consideró terminada la clase, si su ama lo consideraba oportuno. La duquesita accedió comprensiva. En el pasillo que comunicaba las habitaciones de su nueva amante con el resto del palacio, Nicolás se tropezó con Amaleh. Sentada en un banco junto a un ventanal, aguardaba vigilante. El músico en su turbación sólo pudo vislumbrar el brillo de unos dientes envueltos en una risa silenciosa y coreados por un rostro moreno.

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2 comentarios on “365.”

  1. Ma. Elena Torres dice:

    Tu relato está mas interesante que la telenovela de las 9 (horario estelar). Me gusta tu faceta de “blognovelista”.
    Saludos y espero el siguiente capítulo.


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