369.

NICOLÁS EL MÚSICO

XI

Esperó a estar un poco más repuesto, incluso a lavarse, para llevar a la práctica una idea que se le había incrustado en la mente desde el momento en que bajó del palacio a la ciudad e iba atravesando entre un sordo murmurar sus calles. Se acercó a la cabaña de Vera Sofía. No sabía en qué circunstancias se desarrollaba su existencia. Contaba con que se habría casado y tendría hijos. Sólo pensaba mirar disimuladamente desde el exterior del cercado. Al primer atisbo de su presencia, correría con la velocidad que le permitiesen sus piernas y desaparecería.

Así lo hizo y casi se arrastraba por el suelo cuando estuvo junto a la cerca. Levantó despacio su cabeza y miró atento al otro lado de la valla. Y la vio. Vio a Vera Sofía casi como siempre. Recogía flores como el primer día que se aproximó a ella. No oía ruidos de niños ni veía a ningún hombre en los alrededores. Sólo el triscar de las cabras que pastaban en el prado vecino. Vera Sofía se irguió, como si percibiera la presencia de alguien, y lo divisó. La agilidad de Nicolás había quedado sumida en el pasado,  igual que su destreza en el manejo del laúd. No pudo ocultarse. Tampoco podía correr y escapar a la velocidad requerida. Vera Sofía lo miró sin que aflorase ningún gesto en su rostro y se volvió a agachar para continuar con su tarea.

Nicolás reapareció. Primero iba cada dos o tres días. Luego aumentó la frecuencia de sus apariciones. Al cabo de un tiempo, se atrevió a aproximarse a la mujer, ya madura.

– Quiero comprarte unas flores. El establo donde vivo está muy desangelado. Pero no tengo dinero. Te pagaré con mi trabajo, si quieres.

Vera Sofía cogió un ramillete y se lo entregó. No traslucía su cara ni odio ni amor, sino una infinita compasión por Nicolás.

– Toma. No te costarán nada.

Mientras se alejaba achacoso, Nicolás se volvió y le dijo:

– Necesitas alguien que te ayude. Me ofrezco para trabajar sólo por la comida.

Vera Sofía lo miró a los ojos:

 – No, no necesito ayuda; pero tú, sí. Vuelve cuando quieras. El abuelo hace tiempo que no está y tu compañía será tan agradable para mí como siempre.

Érase una vez, en la vieja ciudad anatólica de Colonea, en los tiempos del Imperio de Oriente, que un antiguo músico dedicó el resto de su vida, después de un largo confinamiento, a hacerse merecedor de una mujer que no tenía palacios, ni joyas, ni títulos, ni criados, ni un cuerpo rotundo, ni mejillas sonrosadas, ni era rubia y cuya belleza no podían entenderla los ojos de la cara.

FIN

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3 comentarios on “369.”

  1. Ma. Elena Torres dice:

    Yo nunca he sabido definir el concepto del amor porque solo conozco las frases que otros han dicho tratando de acercarse a ese sentimiento, pero es claro que es su sentimiento y no el mio.
    Tu historia me ha encantado. Efectivamente es sencilla pero en la sencillez está el buen gusto porque no se necesita una “diarrea verbal” para expresar sentimientos. De hecho, están de mas las palabras.
    El sentimiento de Vera Sofía me parece lo más cerca del amor porque no se confunde. Como dijo el abuelo en su momento, ella sería feliz con o sin Nicolás, no lo necesitaría porque ella ya estaba completa. Esto creo que es el amor, sentirse completo sin depender de otros. Los otros estarán, en un momento dado, como la cereza en el pastel, solo como un bien agregado pero nada más.
    Por alguna razón Nicolás me parece que es en parte o en mucho tu mismo, o que tiene mucho de ti. Es difícil explicarlo.
    La pregunta en este caso es: ¿Tendrás mas historias como esta?

    • Emilio dice:

      Gracias por tus palabras. En realidad, el cuento pretende ser más una admonición sobre la vida buena (en el sentido que le daban los filósofos antiguos). Dicho en términos más contemporáneos, cómo ser feliz. De Nicolás sólo tengo aquello a lo se supone debería aspirar el ser humano dotado de sensatez, de templanza (la sophrosyne griega). Aunque, desgraciadamente, sería ten obtuso como él si se me presentara la ocasión. El nombre de Vera Sofía me lo inspiró una pieza de canto gregoriano. En el pensamientoi medieval era el conocimiento de Dios. Para mí ella es, efectivamente, la “Verdadera Sabiduría” de la vida con unas raíces más budistas (excusas por el anacronismo), algo que Nicolás no supo ver. Como, normalmente, no solemos ver los mortales. Y aunque sé que está feo que el autor haga exégesis de su propia obra, cuando lo terminé me di cuenta de que los personajes masculinos del relato eran tontos redomados (Nicolás, el Duque) o impedidos (el abuelo) y las mujeres listas como águilas (Vera Sofía, la señora Arcadia, la duquesita, Amaleh y, en cierto modo, la hermana del Duque). La vida misma, pues.

      • Ma. Elena Torres dice:

        Tienes algo que nos gusta a muchas mujeres: Tu sensibilidad para percibir la sensibilidad (valga la redundancia) de la mujer. Eso sin contar la admiración que sientes por las mujeres que han estado junto a ti a lo largo de tu vida, tu madre, tu hermana, tu prima y ahora tu mujer. En pocas palabras, eres un hombre que sabe escribir sobre el lado íntimo de la mujer sin necesidad de recurrir a vulgaridad de ningun tipo. Eso me gusta mucho. Estoy segura de que debes tener “el personaje hecho mujer” en alguno de tus relatos.
        Gracias por seguir escribiendo y seguiré leyéndote con el mismo gusto de siempre.


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