389.

No creer en Dios, ser ateo, dicho crudamente, tiene sus desventajas. No la menor de ellas es que la quintaesencia de la obra de J.S. Bach quede fuera del escenario de tus emociones. Desde que oíste por primera vez La Pasión según San Mateo, tu sentido de la música sufrió un revolcón. No hay, a tu juicio, pieza más hermosa que el aria Erbarme dich, mein Gott. En alguna ocasión de negrura espiritual has concebido la idea de agonizar (dulce, consoladoramente) arropado por sus notas. Sin embargo, la frustración revolotea sardónica entre las volutas de tu sentimiento. No creer en Dios te deja a más de medio Bach fuera de tus ondas. Como una vez creíste en el Dios de Roma y de la Biblia, atisbas el poder depurador de esas melodías, de esos ritmos. Pero poco más que una nostálgica evocación de tiempos ya perdidos sobrevive. Pugnas contigo mismo en un intento frustrado de dejarte poseer por el suave espolón que Bach pretende introducir en el alma. Alma que debe ser cristiana para empaparse de ese clamor por la compasión del que todo lo puede. De todas todas, hay que creer en Dios para llegar al fondo de Bach. Lo demás, como es tu caso, es sucedáneo. Ciego, sordo, mudo sucedáneo.


388.

EL JARDÍN DE GRAVA

OTOÑO

playa en otoño
las arenas sonríen
porque están solas
 
 

387.

Más que un hombre, don Primitivo Cordero era una especie. Su morrión, como las flores que se reproducen de año en año, ha brotado, digámoslo así, en períodos diversos siempre con igual lozanía. El primer rasgo de su carácter es la hombría de bien y su comercio de hierro un modelo de buena fe y crédito y orden. En las relaciones sociales jamás engañó a sus semejantes, ni calumnió, ni estafó, ni maltrató a nadie. Si no odiara con toda su alma a los serviles, se le tendría por paloma torcaz antes que por hombre. Con sus amigos es leal y cariñoso, y su opinión de buen muchacho está tan arraigada, que ha llegado a ser dogma de fe desde los portales de Bringas hasta el portillo de Gilimón. En su casa es modelo de padres y esposos. Para que nada le falte hasta es buen católico, y cumple con la Iglesia sin dar que decir al sacristán de su barrio, ni menos al cura, que sabe lo que pesan la cera y las limosnas y las misas del Sr. D. Primitivo Cordero. El segundo rasgo de su carácter es menos simpático: consiste en la ignorancia. D. Primitivo no ha hecho estudios mayores, por no ser esto costumbre en el género de ferretería y en doscientas varas a la redonda de Puerta Cerrada. No se ha roto Cordero los codos en Alcalá ni en Salamanca, ni en ningún colegio ni seminario; de modo que sus letras son simplemente las del alfabeto. En cambio escribe por Iturzaeta con envidiable perfección; sus trazos son tan elegantes que casi invaden los regios dominios del arte, y su rúbrica, pieza de grandísimo mérito, le envanece, no sin motivo, hasta el extremo de que no pierde ocasión de lucirla. Fuera de esto, D. Primitivo ignora todo lo ignorable, según la frase de un contemporáneo suyo, y así como el pájaro no sabe lo que canta, él jamás ha sabido ninguna cosa referente a sistemas políticos. Tiene ideas confusas, bebidas en una copla de El Zurriago, en un discurso de Argüelles y hasta en una frase inspirada de Pujitos; tiene, más que ideas, un sentimiento muy vivo de la bondad de las Constituciones liberales y una fe ciega y valerosa como la fe de los mártires, que desafía las polémicas, que desprecia los argumentos y se dispone a gritar y morir, jamás quebrantada ni disuadida. D. Primitivo Cordero no acierta a comprender que puedan existir opiniones distintas en política: no puede comprender que haya más que una opinión, la suya. De ahí resulta su convencimiento de que los serviles, moderados y clerigones piensan como piensan por interés, siendo todos ellos farsantes hipócritas y egoístas. Para Cordero el mayor beneficio que puede hacerse a la humanidad es obligarla por la fuerza a tener la única opinión posible, su opinión de él, que es la más razonable, la más lógica, la más conveniente. No pensar como él piensa es simplemente obra de la astucia o del interés bastardo, de lo cual deduce que todos los que no aman el Sistema son unos pillos. El tercer rasgo de su carácter es una sumisión incondicional a otras personas de más seseras dentro del partido, en tales términos, que él no hace sino lo que ellos hacen y dice todo lo que ellos dicen. D. Primitivo, en los tiempos de 1822, o sea en su primera encarnación, tenía por oráculo al jefe político Tintín de Navarra. Le ayudaba, le servía, le formaba en unión de otros buenos comerciantes de la calle de Toledo, una pequeña corte, o más bien una de esas comparsillas que rodean a los personajes de segunda y tercera magnitud. El cuarto rasgo de su carácter en todas las encarnaciones de D. Primitivo Cordero es cierta templanza de hombre establecido y bien acomodado. Detesta las exageraciones y el derramamiento de sangre. Ha oído hablar de una cosa nefanda, la revolución francesa, y le parece execrable; ha oído hablar de hombre espantoso, Marat, y le parece un monstruo, que mandaba matar gente por gusto. Él no quiere que en su país pasen estas cosas, y opina que para convencer a los reacios, deben emplearse, cuando más, algunos palos bien dados. El quinto rasgo (porque son cinco) de su carácter es una gran predilección por la forma, dándole más importancia que al fondo. En la Milicia, por ejemplo, lo principal es el uniforme, en el Gobierno las palabras, en la política general los himnos. Un viva dado a tiempo, un pendón bien tremolado, parécenle de más poder que todas las teorías. Él cuenta siempre con un agente de gran valía para resolver todos los conflictos políticos, el entusiasmo; así es que casi siempre está entusiasmado. He aquí una cosa en que no se equivocaba el bueno de D. Primitivo Cordero. ¡Desgraciada sociedad la que desconoce el entusiasmo! Esto es evidente; pero al mismo tiempo debe advertirse que ni aun este noble estado del ánimo que dispone a las grandes acciones, está libre de extravíos, y que entusiasmarse fuera de tiempo y por cosas que no lo merecen, no es de hombres sesudos ni de graves políticos. La persona de este excelente hombre era en los días de su primera encarnación bastante agradable. Gallarda figura, en la cual encajaba el uniforme a maravilla; mirada perspicua, mas no como de quien ve sino de quien cree ver lo oculto de las cosas; semblante varonil, algo petulante, con bigotes largos (pues los de moco no los llevó hasta su segunda encarnación); andar precipitado, arrastrando con horrísono repiqueteo marcial el sable, como quien va siempre de prisa a comunicar algo importante; voz sonora y cierto sentimentalismo en su conversación, como quien está dispuesto a llorar dando un viva, o a hacer pucheros cantando un himno; cierta disposición a la fraternidad, cierta generosidad aun con los enemigos; buena fe y lealtad, además de otras cualidades, completaban su persona en lo físico y en lo moral. Era, además, hombre que gustaba de hablar en las esquinas  y en los cafés misteriosamente, cuando topaba con sus amigos, de dar noticias a medias para confundir a las gentes, de no reconocerse nunca ignorante de ningún suceso, de dar a entender siempre que iba a pasar algo funesto, sólo sabido por él y por Tintín; gustaba también de afectar el conocimiento de todas las tramas de los pillos, y siempre estaba de prisa, siempre comía a escape, siempre le apretaban las ocupaciones, siempre le estaban aguardando, siempre iba a casa del jefe político o al Ayuntamiento o a otra cualquier parte donde debía de ser imprescindible su presencia. Ni más ni menos era D. Primitivo Cordero.

Benito Pérez Galdós, El 7 de julio, págs. 45-46.


386

¡Qué días aquellos los de la primavera del 22! En otras épocas hemos visto anarquía; pero como aquella ninguna. Nos gobernaban una Constitución impracticable y un Rey conspirador que tenía agentes en el Norte para levantar partidas, agentes en Francia para organizar la reacción, agentes en Madrid para engañar a todos. En nombre de la primera legislaba un Congreso de hombres exaltados. En representación constitucional del segundo gobernaba un Ministerio presidido por un poeta. El Congreso era un volcán de pasiones, y allí creían que las dificultades se resolvían con gritos, escándalos y bravatas; el Rey sacaba partido de las debilidades de unos y otros; el Ministerio se veía acosado por todo el mundo, pero su honradez y sus buenas letras no le servían de nada. El ejército estaba indisciplinado. Unos cuerpos querían ser libres, otros vitoreaban al REY NETO. Los artilleros se sublevaban en Valencia, los carabineros en Castro del Río, y la Guardia Real acuchillaba a los paisanos de Madrid. La Milicia Nacional bullía en todas partes inquieta y arisca; sublevábase la de Barcelona gritando Viva la Constitución, mientras la de Pamplona, enfurecida porque los soldados aclamaban a Riego, les hizo fuego al grito de Viva Dios. En Cartagena las mujeres se batían en las calles confundidas con los milicianos. No había tierra ni llano donde no apareciesen partidas, fruta natural de la anarquía en nuestro suelo. En Cataluña dos célebres guerrilleros de estado eclesiástico, Mosén Antón Coll y Fray Antonio Marañón, el Trapense, arrastraban a los campesinos a la guerra santa. El segundo, con un Crucifijo en la mano izquierda y un látigo en la derecha, conquistaba pueblo tras pueblo, y al apoderarse de la Seo de Urgel, asesinaba con ferocidad salvaje a los defensores prisioneros. En Cervera los capuchinos hacían fuego a la tropa. En Navarra imperaba Quesada, y no lejos de allí Juanito y D. Santos Ladrón. Había aparecido en Castilla D. Saturnino Albuín, el célebre Manco, a quien en otro lugar conocimos, y en Cataluña despuntó, como brillante aurora, un nuevo héroe, joven, lleno de bríos que empezaba con grande aprovechamiento la carrera. Era Jep dels Estanys. En Murcia empezaba a descollar otro gran caudillo legendario, Jaime el Barbudo, que iba de lugar en lugar destrozando lápidas de la Constitución. Las grandes Potencias estaban ya extremadamente amostazadas, viendo nuestro desconcierto. Francia sostenía en la frontera su célebre cordón sanitario. Roma se negaba a expedir las bulas a los obispos nombrados por las Cortes. Iba a reunirse el Congreso de Verona, con el fin que todos saben, y en él un literato no menos grande que el nuestro, echaría pronto las bases de la intervención extranjera. Las Américas ya no eran nuestras, y en Méjico Iturbide tenía medio forjada su corona. Poseíamos una prensa insolente y desvergonzada, cual no se ha visto nunca. Todos los excesos de hoy son donaires y galanuras comparados con las bestialidades groseras de El Zurriago de Madrid y El Gorro de Cádiz. Los insultos del primero encanallaban a la plebe. Nadie se vio libre de la inmundicia con que rociaba a los Ministros, a los diputados moderados, a las autoridades todas. El Gobierno, no teniendo ley para sofocar aquella algarabía indecente, la sufría con paciencia; pero los polizontes, que no entendían de leyes, imaginaron hacer callar a El Zurriago de una manera muy peregrina. Se apoderaron de Megía, su redactor, y después de esconderlo durante dos días, le metieron en una alcantarilla. Era, según ellos, el paraje donde debía estar. Pero Megía salió, y después de limpiarse, enarbolaba de nuevo su asquerosa bandera con el lema: No entendemos de razones, moderación ni embelecos: a todo el que se deslice zurriagazo y tente perro.

Benito Pérez Galdós, El 7 de julio, págs. 41-42.


385.

Dicho esto se retiraron. ¡Ay! Desgraciadamente para España, en aquellos hombres no había más que talento y honradez; el talento de pensar discretamente y la honradez que consiste en no engañar a nadie. Faltábales esa inspiración vigorosa de la voluntad, que es la potente fuerza creadora de los grandes actos. Los que salían, a pesar de su sensato hablar, eran tan niños como los que se quedaban en el Grande Oriente. Entre todos juntos y fundiéndolos a todos, a pesar de la aptitud versificante y poética de algunos, no se habría podido obtener el brazo izquierdo de un Bonaparte, ni de un Cisneros, ni de un Washington, ni siquiera de un Cromwell o un Robespierre. ¡Extraña ineptitud ocasionada por la servidumbre! En la uña del dedo meñique de una mujer, Isabel la Católica, había más energía política, más potencia gobernadora que en todos los poetas, economistas, oradores, periodistas, abogados y retóricos españoles del siglo XIX. ¿Qué resolvió el Grande Oriente, después de la escisión? Cosas graves. Mudar algunos mandos militares, negar dos canonjías, recomendar a los pueblos la elección de dos diputados masones, adjudicar tres subastas, escribir las bases de una transacción contra los comuneros, leer algunas cartas que hablaban de conspiración, enterarse de las confidencias hechas por empleados de Palacio, subvencionar un periódico, adjudicar trece destinos a otros tantos masones, dar una pensión a la viuda de un perseguido a causa del Sistema, echar tierra sobre un expediente de contrabando, etc. ¿Cuál de las dos camarillas es más responsable ante la historia, la del populacho o la de los hombres leídos? No es fácil contestar. La primera, en medio de su barbarie, había resuelto algo en el asunto del día; la segunda, a pesar de su ilustración, no había resuelto nada.  

Benito Pérez Galdós, El Grande Oriente, pág. 125.


384.

Un tibio sol de finales de otoño se cernía con compasión sobre los cráneos de los asistentes. Se agradecía entre la desolada frialdad de unos graderíos tan grises en su ánima como en su materia inerte. Había colorines y animación y música y bocadillos y refrescos. Había también concurrencia de progenitores. Descolgadas sus mandíbulas, pendientes de sus criaturas, que apuraban sus piernas tanto como sus fuerzas se lo permitían en las pistas de atletismo. El colegio de tu hija solía organizar cada año algo que denominaban Mini Olimpiadas entre todos los cursos de un mismo nivel. El escenario era un polideportivo de una de las barriadas de tu ciudad. Habías ido con tu padre. En aquel tiempo, moverte pedía mucho esfuerzo, las muletas y el auxilio de algún cirineo. Era una de las primeras veces que salías de casa tras tu excarcelación del hospital algunos meses antes. La ocasión requería el trabajo y tu hija no paraba de mirarte, sonriendo entre los estertores del final de la carrera. No recuerdas si ganó alguna medalla. Creo que, al final, todos tuvieron la suya. Cosas de la corrección política, supones. Lo que sí recuerdas es la cara de disculpa, un tanto abrumada, que el profesor te dirigió cuando le comunicaste que teníais intención de llevarla a su casa. El hombre, ignoras cómo, sabía que sus padres estaban divorciados. En esas circunstancias, no tenías potestad. Volvería al colegio en autobús y de allí tomaría el otro que cada día la llevaba a su hogar. Su pregunta no necesitaba ser formulada. Bastaba mirarle: “¿Lo entiende Vd., verdad?” Sí, lo entendías. El hombre, a fin de cuentas, cumplía con su deber. “Yo hubiera hecho lo mismo que Vd.” Tu padre y tú, después de besos y achuchones a la niña, volvisteis al coche. Bien, para qué darle más vueltas. La ley es la ley y el dolor es el dolor. Nada que ver.


383.

Los comuneros, que nacieron del odio a los masones, como los hongos nacen del estiércol, creyendo que los ritos y prácticas de la Masonería eran una antigualla desabrida, anti-española, prosaica y árida, imaginaron que les convenía establecer un simbolismo caballeresco y nacional, propio para exaltar la imaginación del pueblo y aun de las mujeres, que por entonces tenían parte muy principal en estos líos. Siendo la representación primaria de los masones un templo en fábrica y los hermanos, arquitectos o albañiles, los comuneros, formaron su partido de Comunidades, divididas en Merindades y Torres y Casas-Fuertes, y a sus logias llamaron Castillos y a sus Venerables Castellanos, Alcaides a sus Vigilantes, y así sucesivamente. En los ritos y ceremonias modificaron todo lo que hay de teatral en la Masonería; pero dándole forma caballeresca, e ideando ilusorias fortalezas, puentes levadizos, barbacanas, recintos, salas de armas, cuerpos de guardia, almacenes de enseres y demás mojigangas, todo creado por sus exaltadas fantasías, de tal modo, que más que militantes caballeros parecían rematados locos. Su color distintivo era el morado, así como los masones adoptaron el verde. La Asamblea general recibía el nombre de Alcázar de la Libertad, y el recinto donde se reunían, llamado Plaza de Armas, estaba adornado con embadurnados lienzos y telones, representando torreoncillos con banderolas, lanzas y las indispensables inscripciones patrioteras. El Presidente llamaba a los socios la guarnición y a los neófitos reclutas. Abríanse y cerrábanse las sesiones con fórmulas que harían reír a la misma seriedad, siendo de notar principalmente el parrafillo con que se despedían después de discutir largamente sobre mil innobles temas sugeridos por el egoísmo, el hambre o la envidia: «Retirémonos, compañeros, a dar descanso a nuestro espíritu y a nuestros cuerpos, para restablecer las fuerzas y volver con nuevo vigor a la defensa de las libertades patrias».

Benito Pérez Galdós, El Grande Oriente, pág, 89.