389.

No creer en Dios, ser ateo, dicho crudamente, tiene sus desventajas. No la menor de ellas es que la quintaesencia de la obra de J.S. Bach quede fuera del escenario de tus emociones. Desde que oíste por primera vez La Pasión según San Mateo, tu sentido de la música sufrió un revolcón. No hay, a tu juicio, pieza más hermosa que el aria Erbarme dich, mein Gott. En alguna ocasión de negrura espiritual has concebido la idea de agonizar (dulce, consoladoramente) arropado por sus notas. Sin embargo, la frustración revolotea sardónica entre las volutas de tu sentimiento. No creer en Dios te deja a más de medio Bach fuera de tus ondas. Como una vez creíste en el Dios de Roma y de la Biblia, atisbas el poder depurador de esas melodías, de esos ritmos. Pero poco más que una nostálgica evocación de tiempos ya perdidos sobrevive. Pugnas contigo mismo en un intento frustrado de dejarte poseer por el suave espolón que Bach pretende introducir en el alma. Alma que debe ser cristiana para empaparse de ese clamor por la compasión del que todo lo puede. De todas todas, hay que creer en Dios para llegar al fondo de Bach. Lo demás, como es tu caso, es sucedáneo. Ciego, sordo, mudo sucedáneo.

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3 comentarios on “389.”

  1. Ma. Elena Torres dice:

    Cuando escuchas esta música se corre el riesgo de terminar creyendo en Dios porque solo a un ser sobrenatural se le pudo haber ocurrido el inspirar estas notas.
    Un afectuoso saludo.

  2. Dr. V.J. Thebussem dice:

    Yo también soy ateo, pero suelo decir que si Dios existiera sería Bach. Cada vez que escucho tocar (re-crear) su música veo nacer, crecer y desaparecer mundos perfectos imbuidos de pasión o sentimiento: alegría, tristeza, esperanza, tragedia, confianza… pero nunca desesperación. No necesito referente externo, la propia música crea la impresión de la existencia de un ser que todo lo puede y que al final se preocupa por sus criaturas. Como ateo, no puedo sino considerar que la experiencia religiosa consiste, al fin y al cabo, en imaginar un dios al que atribuimos nuestras virtudes y en ocasiones hasta nuestros defectos y vivir la vida en función de esa idea. Mientras escucho a Bach vivo una realidad en la que existe un dios que da sentido a un mundo, que nos hace parte importante de su creación, que se digna incluso escuchar nuestras súplicas. Como todo el gran arte, un juego para aplazar la muerte (en palabras de Juan Luis Panero) que nos consuela y nos inspira. Un abrazo.

    • Emilio dice:

      Como no puede ser menos, hay mucho de la experiencia personal en lo que escribí. Mi experiencia de Dios es el sentimiento de una pérdida. Es el descubrimiento de una fantasía que creí cierta y que se desmoronó en su momento. La percepción de libertad pronto se vio empañada por la sospecha del abismo. Fue la decepción de contemplar un ingenioso mecanismo que se revela sin fundamento. Desde este punto de vista, desde una cierta envidia por el acercamiento del creyente a la música de Bach, están escritas esas líneas. Lo cual no obsta para que su presencia haga nacer en mí el temblor ante lo bello..


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