400.

Intentas disfrutar de tu primer paseo consciente. Es un paseo bastante corto. En tu cama, llevado por dos celadores y desde la UCI a alguna dependencia para someterte a alguna prueba que no recuerdas. Una de tantas. Sería triste en otras circunstancias. Sólo cruzan tus ojos pasillos, gente con uniformes sanitarios que ni te miran, curiosos de visita que sí te miran con ojos inquisitivos, en cuyas pupilas se pueden adivinar las mil y una conjeturas que están bullendo en el interior de sus mentes sobre el origen de tu mal, sobre las causas de que un tipo de mediana edad se vea sometido a la disciplina de una cama, unos tubos y una tratamiento hospitalario. Te taladran con sus miradas, se quedan pendientes de tu paso cuando te ves arrastrado por los celadores. Son los que visitan, los que curiosean, los que van de aquí para allá con el propósito de ver a alguien, pero que no son de esta casa. Después del pasillo, entras en un ascensor. Un ascensor enorme, una especie de montacargas. A ambos lados de tu cama se amontonan algunas personas con ropas de calle. Sus miradas son más agudas en el interior de este cubículo aislado donde disimular se hace más difícil, donde el techo no ofrece distracción ni coartada, donde resulta más complicado ejercer sobre el paciente una revisión a fondo de sus avatares sin que el interesado lo perciba con claridad. Las personas mayores se muestran menos reticentes ante la curiosidad y te observan con menor recato. Intuyes que más de uno pugna por callar la pregunta acerca de tu padecimiento. Miras al techo también y a las puertas. Tu mundo está en un plano horizontal. La verticalidad no te es permitida. Para ti ese techo, que tus acompañantes momentáneos no aprecian más que como simple recurso para la evasión de una cierta vergüenza, no es sino tu paisaje más acostumbrado. Y el trayecto es eterno. El ascensor se va parando en casi todas las plantas. En alguna baja gente. En las más, un batiburrillo de colorines y de rostros se asoma instintivamente para entrar y se quedan quietos de repente, frustrados en su intención de acceder al ascensor cuando comprueban que va lleno a causa de una cama con un enfermo al que flanquean dos celadores y que lleva de varios ganchos colgadas bolsas con sueros y demás líquidos salvadores. Al final, se abre la puerta en tu planta. Y el espectáculo concluye.

 

Anuncios

4 comentarios on “400.”

  1. Ma. Elena Torres dice:

    No puede ser buen escritor quien no ha vivido el dolor. Tu eres un excelente escritor.

  2. Emilio dice:

    Gracias, pero me temo que me ves con ojos demasiado benevolentes.

  3. Ma. Elena Torres dice:

    No es así. Hay cientos de miles o seguramente millones de escritores, malos, buenos, regulares, pero no alcanzaría una a leer ni la millonésima parte de ellos a lo largo de la vida.
    Yo lo he dicho infinidad de ocasiones que no soy crítica ni literata, y no es por menospreciarme sino por conocer mi propia realidad pero soy asidua lectora a quien me atrapa y no son tantos como parece porque a estas alturas de mi vida ya dejo a un lado los libros que desde el principio no me dicen tanto o me resultan aburridos o sin sentido.
    En tu caso, aparte de alguna vez haber tenido la fortuna de mantener intercambio “epistolar” puedo decir con seguridad que eres buen escritor porque cuando abordas algun tema por lo menos a mi me atrapas y algo especial en ti es que sabes concluirlos, arte difícil para otros. Te mando un afectuoso saludo.

  4. Emilio dice:

    Me abrumas. Gracias de nuevo y espero no defraudarte.


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s