401.

TIRESIAS

Lo que te revelaré a continuación, Odiseo, nunca lo cuentes a nadie. Ya te he profetizado lo que venías a buscar. Conoces tu destino y las peripecias que te aguardan, pero antes de irte y reemprender tu ruta, quédate unos instantes y apiádate de mí, tú que vienes del mundo superior. A mí los dioses desde siempre me han condenado a los peores males que pueden aquejar a un mortal. Me dieron una vida de siete generaciones, como si con una sola no tuviera bastante un ser humano para experimentar todo el acíbar de la existencia. Los inmortales me cegaron haciendo ostentación de su poder sin que mi responsabilidad fuera más allá de la simple casualidad de haber visto a Atenea desnuda. Pero ya sabemos que la vida humana no es sino un hueco recipiente donde los Olímpicos vacían todas sus ansias. Luego, me obligaron a pasar los decenios siendo varón y hembra, para poder apreciar hasta qué punto a las diferencias en los cuerpos también les corresponden divergencias en el grado de dolor. Dicen que mi transformación se debió a la cólera de Hera por reconocer ante Zeus que el varón goza la décima parte del placer que la mujer en el momento del amor. ¿Tan importante era mantener el secreto de su capacidad? Las diosas se han portado duramente conmigo, no han tenido jamás compasión. Porque no interpretarás como beneficio que la hija del Padre de dioses y hombres, la inteligente Atenea, me concediera como compensación a mi ceguera el don de la profecía, el puesto de intermediario entre los dioses y los hombres. Sólo amarguras me han dispensado mis oídos cuando interpretaban los cantos de los pájaros, o cuando mi olfato apreciaba que las víctimas no se quemaban correctamente en el altar del sacrificio. Hube de hacerle ver a Edipo la humillante condición de su destino y me vi obligado a advertir, inútilmente, al obstinado de Creonte. Los pasos de mi existencia se han dado sobre un reguero de cadáveres y de lamentos. Pero lo peor, Odiseo, mi astuto visitante, es que aun en el Hades mis recuerdos siguen vivos. Las almas que me rodean apenas son un susurro y desgarran mis oídos con sus lamentos continuos. Echan de menos algo que apenas recuerdan, las leves evocaciones de un pasado donde brillaba el sol, la gente reía y los días se dejaban ir en medio de una blanda espuma de placeres. Los ilusos han olvidado las amarguras, los dolores y sólo perciben sobre la piel de su memoria las brumas de su auténtica realidad pasada. Porque conocía la derrota de la memoria en los muertos, cuando atravesé los cipreses que anuncian la entrada en el reino de las sombras, sentí, iluso de mí, una fresca sensación de alivio. Creía que, por fin, mi mente se nublaría, mis recuerdos desaparecerían, mi vida quedaría sumida en las tinieblas de un pasado que jamás volvería a martirizar mis horas. Pero los inmortales me tenían preparado el naufragio final. No puedo gozar en esta general negrura del definitivo velo sobre mi memoria. Sigo siendo Tiresias aquí abajo, sigo sabiendo de mi vida, sigo estando vivo porque la vida no es más que la memoria y la mía es tan larga, tan larga…

 

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2 comentarios on “401.”

  1. Antonio Montes dice:

    ¡Estupendo relato, don Emilio!, que demuestra lo inagotable del mito para el que, como Vd., lo ha acogido en carne propia. Gran imagen, humana, de Tiresias, y grandes verdades: entre otras la de la memoria. ¡Pobre adivino que recibe con el don la maldición! Me ha encantado, felicidades.

    Un abrazo.

    • Emilio dice:

      Gracias por sus palabras, don Antonio. Se reciben como provenientes de alguien que, como Vd., ha trabajado a fondo el mito y lo ha exprimido en sus excelentes versos. Y a seguir en esta senda, que se le puede sacar más jugo al asunto.


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