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En aquellos lejanos tiempos en los que creíste, vanamente, que la Universidad podía ser una escapatoria para la miseria del instituto, llegaron a tus oídos ciertos comentarios. Es sabido que la única manera de acceder al confortable sillón de un departamento es sumergirse en el tráfago del pasillo. Así, como ya has contado, intentaste actuar, pese a las escasas cualidades con que la naturaleza te ha dotado en la menesterosa faena del merodeo. Estabas en una clara inferioridad de condiciones. Trabajabas fuera de los sacros muros y tus contactos no pasaban de una o dos personas que habían sido antiguos compañeros de carrera y que, felizmente, moraban entre las cobijas del Alma Mater. Llegaron, efectivamente, algunos comentarios a tus oídos. Procedían de los becarios y de algún profesor asociado, aquellas pobres ánimas en pena que soportaban con chirrido de dientes y acíbar en las entrañas el fusilamiento de sus trabajos por parte de los patricios, los encargos de labores manuales, las sonrisitas de sensual superioridad sobre sus espaldas y demás escollos (inimaginables para los profanos) que el cursus honorum facultativo exige de su laboriosidad de hormiga aspirante a la ociosidad de cigarra con plaza fija.  Poco tiempo después de tu fracaso, tus reflexiones te condujeron a no entender la razón de sus comentarios. Tenían, con paciencia y perseverancia en la sumisión, el despachito asegurado. Supiste que los ponía un poco nerviosos que tú hubieras salido de los matorrales y acecharas el rebaño. Finalmente, tu compasión  te hizo saber que tú hubieras actuado igual de estar en su piel y sus huesos. Quizá tuvieran derecho a reprocharte que, teniendo un buen trabajo fijo, fueras tan codicioso que quisieras quitarles su puesto a ellos, proletarios de biblioteca y cafelito al jefe. Como conclusión a esta especie de espectáculo propio, por lo carpetovetónico de la historieta, del bombero torero y sus adláteres, se te ocurre una pregunta: ¿es la Universidad una oficina recogedora de desempleados finos, o debe ser el receptáculo de la élite intelectual de un país? Quizá buena parte de la explicación de la miseria moral española resida en la respuesta.

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