412.

EL REO

 De todos los casos que mi larga vida (tengo ochenta y siete años) me ha concedido ver, existe uno que dejó hondas cicatrices en el interior de mi endurecido corazón. Tendría unos cuarenta y tantos, cuando en la ciudad de Sevilla me tocó asistir a un juicio singular. Estoy seguro de que cualquier otro miembro de mi orden hubiera afrontando la tarea como una más entre las muchas que jalonan la vida de un hombre consagrado a este particular servicio de Dios. Sin embargo, a la postre, el breve proceso concluyó para mí con consecuencias más terribles que aquéllas a las que me tenían acostumbrado los monótonos juicios. Era primavera. Lo recuerdo porque Sevilla queda envuelta en un hálito especial cuando esa estación eclosiona con toda su potencia y porque siempre me ha afectado enfermizamente ese aflorar tan carente de equilibrio con que la naturaleza parece reírse de nosotros, taciturnas criaturas sumidas en este valle de lágrimas. Se me antoja una más de las dolientes burlas de Satanás. Por eso, precisamente, Sevilla fue para mí una ciudad menos hospitalaria de lo que se suele proclamar. Aseguraría que cuando avisté el humilladero y enfilé el último tramo de mi largo viaje, el tibio frescor que emanaba de la urbe, y que llegaba hasta mí envuelto en exóticos perfumes florales, me provocaba deseos de escapar. Honrado es confesar que no pasaba mi existencia por los mejores momentos. Algunos asuntillos en Toledo y determinadas intrigas de baja estofa junto al superior de la orden habían nublado mis últimos meses de estancia en la corte. Por otro lado, recuerdo que la mala calidad de mi silla de montar era la causante de que el espinazo de la muía que cabalgaba se me clavara en ciertos recovecos de mi cuerpo. Por más que se lo ofrecí a Nuestro Señor como mortificación por mis muchas culpas, la carne se empecinaba en recordarme continuamente la baja y débil materia de la que estamos hechos. Me alojé en unas estancias especiales preparadas dentro del Castillo de San Jorge Allí sólo se aposentaban huéspedes de rango inferior o medio como yo; de otro lado el tener debajo del catre los calabozos de los reos no me pareció el mejor remedio para superar mi melancolía. Parecían señales que auguraban (lo comprendí posteriormente) el final nada feliz del proceso que iba a tener allí su escenario. No obstante, me dispuse a juzgar con ecuanimidad y rigor las vicisitudes de un caso que, por irrelevante que fuese, merecía tanta dedicación como cualquier otro. Al día siguiente, una vez celebrada la Santa Misa y las oraciones habituales y después de una extensa conversación con los hermanos, descendí a los calabozos en compañía de los otros miembros del tribunal, fray Jerónimo y fray Juan. Tras atravesar un sinfín de lóbregos corredores y marearme en un dédalo de confusos pasadizos llegamos junto al reo. Ofrecía el aspecto normal de quien ha sido sometido a los medios acostumbrados para confesar infamias, si bien el verdugo nos había informado de que sus primitivas intenciones de valor habíanse pronto trocado en ruegos de clemencia seguidos de todo tipo de detalles delatores de sus actividades, lo que había evitado la aplicación exhaustiva de tormento. No parecía persona curtida ni hecho a privaciones o adversidades. Su rostro era fino; sus modales y porte se adivinaban señoriales tras la espesa cortina de dolor y sufrimiento que siempre marcan los cuerpos de los acusados. Era Gaspar de Sotomayor, descendiente de marranos (muy converso sí, pero marrano al fin), que había amasado su fortuna gracias al comercio con las Indias. Pretendió engañar la buena fe de sus vecinos simulando una existencia decente y conforme a los mandamientos de Nuestro Señor y de su Santa Madre la Iglesia. Sin embargo sus actividades e inclinaciones habían sido descubiertas por buenos cristianos, un tanto envidiosos de sus riquezas, cierto es, pero útiles. Saber aprovechar las debilidades humanas para el buen servicio de Cristo es una de las paradojas del oficio de inquisidor; aunque en opinión mía, este hecho es muestra de la infinita sabiduría del Creador, que ha conseguido darle profunda validez a las pruebas de la falibilidad del hombre. Alguien más avezado que yo para las letras y, sobre todo, con más tiempo por delante en el sendero de su vida, debería escribir un tratado sobre este particular, pues para mí tengo que sería una buena justificación de las maldades humanas y expondría a la tibia luz de los mortales la inabarcable bondad del Salvador. Bien podría titularse De utilibus vitiis, seu dissertatio de optima sapientia Dei. Gaspar de Sotomayor (por nada del mundo se me olvidará el nombre) confesó estar en tratos con el Diablo y ejercer de brujo en las recónditas sinuosidades que había mandado excavar por los sótanos de su casa. Allí practicaba la alquimia y otras artes de escasa utilidad para el Reino de Dios. El delator fue un vecino, el notario de la Casa de Contratación, don Martín Diéguez, cristiano viejo y castellano de Burgos. Estaba cansado de oír raros estruendos que tenían su origen en la casa del reo y cuyas sacudidas no velaba lo escondido de las estancias donde elaboraba sus ingenios y mantenía tratos con Satán. En las estanterías de su biblioteca, además, fueron hallados durante un posterior examen libros de Erasmo de Rotterdam, Juan de Valdés, Miguel Servet y algunos otros herejes, iluminados y demás gentes de raras doctrinas. Una vez de regreso a la superficie de la tierra y tras respirar con gusto el aire fresco (al menos me era dado apreciar el vivificador talante de la brisa del río, junto al cual se levanta el Castillo de San Jorge), leímos con atención las actas que levantara fray Jerónimo en la sala de confesiones. También recuerdo que la pierna de cordero servida para la ocasión y regado con tinto de no sé qué cepas dejó tan agradables huellas en mi estómago que alivió momentáneamente la indisposición de mi alma. El acusado, en suma, era culpable por propia confesión y merecía la hoguera. Poco había que discutir. Todo estaba claro. Así decidido, firmamos la sentencia. Pensé que asunto tan baladí quizás no hubiera merecido el largo y agotador viaje. Pero el deber se imponía y aquéllas eran mis obligaciones. Mi partida estaba prevista para dos o tres días después. Me decidí, entonces, a descansar antes de echarme de nuevo al polvoriento camino que conduce hacia la corte y hacia las zafias conjuras con que se ve adornada su perezosa existencia. Para hacer más llevadero el tiempo que restaba y dado que no era de mi apetencia pasear por Sevilla, me enfrasqué en la lectura de un manuscrito que había sido confiscado al reo y donde, al parecer, quedaba constancia de sus enredos con el Diablo. Poco tiempo me ocuparon sus anotaciones, que eran escuetas. Primeramente, me resultó risible pretender, como él exponía con apretada letra de reminiscencia y complejidad similares a la griega, que con el vapor que exhalan las ollas al cocer se pueden mover objetos. Luego de sonreír, me invadió una infinita ola de pesar, al caer en cuenta de la inacabable miseria que vierte el maligno. Pobres compensaciones da a sus esclavos por entregarle sus almas: que los vapores de una olla perdieran a un nombre y que esto fuera el supremo beneficio para quien desea poseer la comprensión total del milagro de la Creación, resulta, cuando menos, digno de lastima. Antes de dormir, con la vela ya apagada y mis ojos cerrados en la confianza de la misericordia del Señor, mi mente comenzó a volar y a rememorar como en mi niñez fui testigo de las graves heridas que una tapadera sin gobierno había causado a una de las sirvientas de mi casa. La infeliz había cubierto una olla y había depositado encima una tabla de madera para que, sin posible escape de vapores, pudieran cocerse ante  no recuerdo qué legumbres o aves. Con tanta fuerza expidió el recipiente los dos objetos que cubrían el guiso que la pobre muchacha acabó con una escandalosa brecha en la frente. La desmesurada pérdida de sangre (ver fluir su sangre es uno de los recuerdos más indelebles de mi vida) la condujo a la muerte, ya que los médicos no supieron cerrar la herida y detener la hemorragia. Recuerdo que aquella noche pensé mucho y que sentí miedo. Era el Diablo quien me introducía esas perversas ocurrencias en la mente y quien revolvía el arcón mohoso de mis recuerdos para ganarme a su pérfida causa. Deseché mis pensamientos y me propuse dormir con el rezo del rosario. Mas la suerte estaba ya fijada. Desde entonces raramente volví a sentir melancolías, es menester decirlo; aunque sí dolor por mis pecados. He llevado sin cesar el manuscrito de Gaspar d Sotomayor, el marrano que ardió en la hoguera, junto a mi y en ciertas ocasiones, siempre que la soledad acompañaba mis deseos, he perseguido las investigaciones que él pergeñara en su obra. Al cabo de casi cuarenta años desde aquel acontecimiento y con una incontable multitud de ajusticiados a mis espaldas por haber cumplido inevitablemente con mi deber, he logrado fabricar un mecanismo que, aprovechando la fuerza del vapor, puede desplazar sin problemas un pequeño carro en miniatura a través de un camino que esta limitado a sus dos costados por dos varas paralelas de hierro sobre las que corren las cuatro ruedas del vehículo. Creo que aumentar su reducido tamaño y fabricarlo en unas dimensiones que permitieran el acomodo de personas y su transporte no seria muy difícil. Es una tarea que, sin embargo, ya no me ha sido concedido a mí continuarla. Quedan numerosas nimiedades por resolver para concluir algún día con el proyecto de Gaspar de Sotomayor. Yo he ayudado en algo, mas, desgraciadamente, mi tiempo se acaba. Mañana voy a arder también yo. Y mi secreta esperanza es que alguien, tan vendido al Diablo como yo (bien sabe Dios que a mi pesar), se cuide del manuscrito que sigue a esta breve introducción y corone con sus desvelos la labor de muchos años y de dos míseros pecadores ajusticiados. Sólo aspiro a que Dios me perdone y comprenda mi debilidad, esta imperdonable debilidad que me obliga a confiar en que el producto de mis tratos con el Diablo siga perpetuándose entre los hombres.

 

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6 comentarios on “412.”

  1. Ma. Elena Torres dice:

    A veces me pregunto donde estaríamos hoy de no haber existido una religión como la católica (entre otras) que con su fanatismo lograron aterrorizar a las almas primarias e ignorantes ante la idea de ofender al creador estorbando así el instinto de creación que también tiene el ser humano.
    Por supuesto que no conozco los otros cuentos que participaron pero por mi parte te habría dado el primer lugar, por la historia y por esa sugerencia de la creación de la locomotora de vapor (por mi parte eso entendí y espero estar en lo cierto).

  2. Emilio dice:

    Hoy en día quizá no hubiera escrito este cuento. En aquella época era más beligerante contra el catolicismo. Visto al lugar que llevan quienes atacan con ceño el cristianismo, me muestro más reservado en el asunto. Queramos o no, nuestra civilización es cristiana. Aunque sea del modo que se ha entendido el cristianismo tras la intervención de San Pablo y la posterior consolidación como institución humana. Y frente a otras religiones que llevan en su seno la violencia (el islam es el prototipo), el cristianismo lleva en su seno la bondad. Aunque el mensaje originario se haya enmascarado, siempre podrá citarse un texto evangélico que apoye los valores más humanos frente a otras religiones donde es prácticamente imposible hallarlos. Por otro lado, tanto el liberalismo en su faceta de libertad, tolerancia y derechos individuales, como el socialismo en su pugna por la igualdad absoluta de los seres humanos son emanaciones modernas del cristianismo. Volviendo al relato. para salvarlo personalmente hoy en día, preferiría que se tomase su trama no como un reproche al supuesto oscurantismo de la Iglesia Católica, sino como un modo de tratar algo familiar (Sevilla, el Siglo de Oro, la Inquisición) unido a algo moderno y, de paso, seguir las normas del concurso. En el siglo XVI nadie en todo el orbe podía ser acusado de intolerante ya que la intolerancia era un valor positivo. Para terminar, la intención de estas dos entradas tiene dos vertientes. De un lado, la corrupción que reina en todos los niveles en España y, de otro lado, cómo la excelencia en un terreno puede (y suele) ir acompañada de la miseria en el terreno ético. Gracias, con todo, por tus amables palabras.

  3. Ma. Elena Torres dice:

    Veo que normalmente no comprendo tus relatos con la intención que plasmas en ellos, pero con tus explicaciones estoy aprendiendo.
    Gracias a ti y te mando un afectuoso abrazo.

  4. Antonio Montes dice:

    Dª Mª Elena, si me permite, le respondo a su pregunta. Sin el catolicismo de españoles (en la época ese nombre comprendía a los portugueses), austríacos, húngaros, polacos, etc. estaríamos en la sharía en toda Europa, gracias a turcos y norteafricanos, ya sabe: lapidaciones y corte de manos, entre otras cosas. Sin el catolicismo de españoles (y portugueses), en América se seguiría con los sacrificios humanos y la antropofagia.

    El ser humano tiene una «creatividad» digamos que «natural» en cierto sentido, que no siempre es para el bien. Lo que Vd. dice contiene la idea tan extendida del mito del buen salvaje, idea dañina donde las haya, aunque no es momento ahora de que me extienda sobre ella. Un fraile bastante desmedido (dejémoslo en eso), llamado Bartolomé de las Casas y que anduvo por Chiapas (paisano, por cierto, de nuestro dilecto don Emilio) contribuyó a esta idea, y sobre todo a la propaganda de la dichosa Leyenda Negra.

    Un saludo muy cordial.

  5. Luis Maria Venegas Laguens dice:

    Emilio me alegra mucho haberte reencontrado. Me ha fascinado el relato de El Reo. No sabia nada de ti practicamente desde el colegio, aunque, de vez en cuando, me encuentro a tus padres, que me cuentan algunas cosillas. Me parece curiosisimo el contenido de tu blog, y te envidio que tengas tiempo para escribir y sobre todo para leer, que tambien es una de mis pasiones. No tengo mas remedio que buscar la obra por la que te direon el premio nacional de traduccion y, por supuesto, leerla.
    Hasta pronto.

    Luis M. Venegas Laguens

    • Emilio dice:

      Me alegra tener noticias tuyas después de tanto tiempo y te agradezco tu interés tanto por las circunstancias de mi vida como por lo que escribo. En cuanto a la traducción de “La Alexíada”, te será difícil encontrarla porque está descatalogada. La tengo escaneada en formato imagen, pero sólo para que no se pierda, ya que es bastante incómoda de leer de ese modo. Te advierto, de todas maneras, que la podrías encontrar interesante si te atraen las historias medievales. La obra cuenta la vida idealizada de un emperador bizantino contada por su hija. Gracias por todo y también hasta pronto.


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