487.

Hace muchos años visitaste Florencia. De allí te trajiste algunos recuerdos, algunas fotos que se quedaron en tu antigua casa porque en ella aparecía la que entonces era tu mujer, cuya figura fue sometida a una damnatio memoriae que incluía la exclusión de aquellas cartulinas plastificadas. Y, lo que es más importante, te trajiste una edición de bolsillo de la Divina Commedia del Dante. Incluso recuerdas el aspecto de la librería donde entraste a preguntar por el libro. Desde entonces, de vez en cuando, vas a tu biblioteca, lo abres y te pones a leer los endecasílanos en voz alta. No es difícil para un hispanohablante reproducir los caracteres de la pronunciación italiana. No siempre comprendes el sentido, pero no es el contenido lo que vas buscando. Buscas el canto, la sonoridad del viejo dialecto toscano cincelado con amor por el Dante. Sólo eso basta para el disfrute. Del mismo modo, a veces tomas viejas ediciones de los dramaturgos del Grand Siècle francés y entonas en voz alta los alejandrinos. Hace tiempo que llegaste a la conclusión de que, entre los idiomas que te resultan más o menos familiares, sólo el italiano y el francés suenan bien para la poesía. No hay nada que decir del griego y el latín porque no sabemos cómo se pronunciaban realmente. Y las lecturas modernas son pastiches, cuando no salidas más o menos airosas del paso. El inglés y el griego moderno te dejan indiferentes. Igual que el español, cuya sonoridad se te escapa en su aspecto puramente formal porque el contenido te desvía forzosamente la atención de lo musical. El alemán suena a martillazos. Como te decía un conocido, cuando dos germanoparlantes hablan parece que se están peleando. Por más que se estén declarando amor eterno. Del portugués te faltan datos. Has oído a veces poemas chinos y tienen la melodía propia del idioma. Pero creo que te desorienta su total lejanía. Y del japonés nunca has entendido dónde se halla el ritmo. Con todo, nada como los versos del Dante, nada. Ahora mismo dejas esto y corres a la estantería para abrir al azar las páginas de aquel viejo tomo y gozar, gozar unos segundos.


486.

Hay días que te levantas como si tu mente fuera un nublado. Y hoy te ha dado por criticarte. Bueno, nada hay nuevo en este zurrarse con los látigos de la conciencia. El meollo del asunto es que no deberías pontificar sobre política. Comprendes que es extremo de tu competencia en cuanto ciudadano español y contribuyente. El problema no descansa en tales pilares, sino en el contenido de tu parecer. ¿Tienes derecho a pensar como un liberal y a decirlo en voz alta y a proclamarlo? Hoy crees que no. Que deberías callarte. Y ser coherente. Vives gracias a ese estado de cosas que tanto criticas. Te jubilaron con 44 años por una depresión. Realmente, te echaron. Lo viste claro. En la empresa privada cuando sobras, te despiden. Si eres funcionario y les das motivos, cuando no sirves, te jubilan. Luego te sobrevino la enfermedad. Desde entonces vives sobre las espaldas de tus compatriotas. De los contribuyentes, que no son los más adinerados, por cierto. Muchos se levantan al alba para trabajar y ganar penosamente un sueldo del que el estado detrae un buen mordisco para, entre otros menesteres, permitirte a ti una buena vida. Eres un parásito. De acuerdo que las secuelas de tu enfermedad te harían difícil trabajar cara al público. Pero hoy en día se puede uno ganar la vida desde casa. Sentado, sin tus prótesis de plástico y con ese cuarto de baño, que tanto estimamos los colectomizados, cerca. Te consuelas a veces pensando que nadie te preguntó cuando cotizabas si estabas de acuerdo en mantener a los ancianos y a otros que estaban como tú o peor. Simplemente, pagaste los impuestos. Era una especie de contrato sin anuencia que no había más remedio de cumplir. Pero hoy te sientes mal. ¿Qué haces? ¿Renuncias a tu pensión y te buscas un trabajo desde casa? Hay veces que intentas justificar tus ideas aduciendo que en una sociedad económicamente más libre, las posibilidades laborales son mucho más amplias. Incluida la gente con minusvalías diversas. Vale. Lo que quieras. Pero la realidad es la realidad. Y lo peor es que pareces un progre cuando vives bien gracias a lo que criticas.


485.

ZURICH

 Me daba 3000 € por el trabajo. ¿Sabes cuántos viejos tengo que lavar y mover y atender para ganar esa cantidad de dinero? La agencia es un garito de negreros. Y después de estudiar tres años y tener mi título de enfermería, zascandilear por la ciudad dedicado a la limpieza de particulares avanzados en edad no era precisamente una tarea estimulante. La perspectiva de los billetes me daba un cante que sonaba a gloria. Así que me lo estuve pensando. Uno no las tenía todas consigo y recurrí a un viejo compañero de bachillerato que estaba en el último año de Derecho. El viejo era un tipo normal. Había sido dueño de una mercería. En ella había trabajado con su mujer hasta que se jubiló y la traspasó. No tenía aspecto su hogar de nadar en la abundancia, pero tampoco de pasar penurias. Su vida consistía en la televisión, el periódico, las visitas de su familia y  las horas muertas charlando con otros colegas de las clases pasivas en los bancos del parque. La viudez no parecía haberle pasado una factura muy alta. Apenas habló durante aquellos días de su esposa. Ni de sus hijos. Salvo para temer que obstaculizaran su propósito. No se podía quejar de ellos. Los tres (dos hombres y una mujer) no parecían tratarle mal. Y algún que otro de sus nietos le quería bien. Me pidió que le ayudase en aquella tarea. Decía que necesitaba alguien con inglés y que era torpe en eso de viajar. Nunca había salido de la ciudad salvo en unas pocas ocasiones. Su viaje de bodas a Galicia, el casamiento del mayor, que fue en Barcelona. Alguna escapada a Madrid para celebrar algo. Y el consabido viaje de pensionistas a Benidorm, de donde, decía con orgullo, no volvió con alfombra, cubertería ni vajilla. No, no esperaba compañía, ni ánimos, ni consuelo. Sólo una especie de intérprete y de perro lazarillo. Se quedó asombrado cuando le dije que apenas me defendía con el inglés. El muy ingenuo creía que todos los jóvenes salimos del instituto paliqueando. Llamó a la agencia pidiendo un enfermero. Enfermero, no enfermera. Quería un hombre a su lado. Y nos fuimos a Suiza. Lo previó y lo pagó. Allí se quedó, en el lago. Bueno, no él. Sus cenizas. Y entre las cenizas, los restos  del tumor que le habían localizado. Aquí quedaron sus nietos y sus hijos con una escueta carta al mayor. Y no sé si su pena o su cabreo por la faena. Porque se fundió todo su dinero. ¿La clínica? Una pasada. Orden, limpieza y efectividad. Como un reloj suizo, tío, como un reloj suizo.


484.

 

EPITAFIO DE CARITÓN, HIJO DE CÉFALO,
MUERTO DE AMOR POR EUCLEA

Cae la lluvia mientras agonizo.
Besan sus gotas mis labios inertes.
Este consuelo le otorga la diosa
a quien buscando amor halló la muerte.


483.

Dices a tus conocidos que para vivir necesitas amor, algunas comodidades elementales y silencio. Es, justamente, el odio al silencio uno de los rasgos de esta tierra que más costoso se te hace soportar. Cuando tuviste noticia del libro de Sara Maitland titulado A Book of Silence te arrojaste a sus páginas electrónicas. La autora es una extraña mezcla de cristiana, feminista y divorciada de un sacerdote anglicano con nostalgia del catolicismo. En un momento de su vida sintió la necesidad de sumergirse en el silencio y experimentarlo. Buscó una casa aislada y vivió en ella durante varias semanas. El libro da cuenta de sus pensamientos y acciones durante esa época al tiempo que desgrana la literatura existente sobre el asunto, toda ella leída y asimilada en el transcurso de su soledad. A veces te ha resultado un poco prolijo, pero la tónica general es de un interés abrumador que te atrapa con su estilo directo y llano, típicamente inglés (el idioma, claro). Hay cuenta de una visita al desierto tras los pasos de su investigación y la pesquisa por hallar un lugar perdido donde asentarse definitivamente. Los que amamos el silencio tenemos en este libro una pequeña joya. Y te quedas, entre otros párrafos, con estos dos, el primero de los cuales refiere una experiencia de iluminación.

 And there, quite suddenly and unexpectedly, I slipped a gear, or something like that. There was no me and the landscape, but a kind of oneness: a connection as though my skin had been blown off. More than that –as though the molecules and atoms I am made of had reunited themselves with the molecules and atoms that the rest of the world is made of. I felt absolutely connected to everything. It was very brief, but it was a total moment. I cannot remember feeling that extraordinary sense of connectedness since I was a small child.

 Y allí, de forma totalmente repentina e inesperada, di un bandazo (?) o algo parecido. No había un yo y un paisaje, sino una especie de unidad, una conexión como si mi piel hubiera sido arrancada. Más todavía, como si las moléculas y átomos de los que estoy hecha se hubieran unido a las moléculas y átomos de los que el resto del mundo está hecho. Me sentí absolutamente conectada con todo. Fue muy breve, pero fue un instante total. No puedo recordar haber sentido ese extraordinario sentido de conexión desde que era una niña pequeña.

 I am increasingly persuaded that the worrying increase in mental health problems and the demonstrations of antisocial, even violent, behaviour in younger people in the West at present must be related to a lack of silence and a lack of training in how to use the silence.

Estoy cada vez más convencida de que el preocupante incremento de los problemas de salud mental y las manifestaciones actuales de conducta antisocial, e incluso violenta, de los jovenes en Occidente deben ser relacionadas con la carencia de silencio y la carencia de un entrenamiento en el modo de emplear el silencio.

 Sara Maitland, A Book of Silence,

http://www.amazon.es/A-Book-Silence-Sara-Maitland/dp/1847081517/ref=sr_1_2?s=foreign-books&ie=UTF8&qid=1335254643&sr=1-2

Posiciones 1161 y 4690

Nota: Tras diferentes pesquisas en internet, al final, ignoras cómo se traduce la expresión to slip a gear. Por tanto, debe tomarse tu versión como posiblemente errónea.


482.

Del mismo modo que la inmortalidad del alma es asunto individual e intransferible, la libertad es también afán de cada uno sin posible trasposición a otros entes. Lo dices porque todos aquellos que afirman con sesuda prolijidad que el alma es inmortal y que tras la muerte se subsume en el Ser cósmico no dejan de parecerte extraviados sicofantes de la esperanza a toda prueba. Para ser inmortales, nuestras almas deben ser plenamente conscientes de serlo. La nada es igual que una inmortalidad sin conciencia de la misma. Pero, volviendo al asunto, la libertad es cosa de individuos. No de pueblos, ni de colectivos. De ahí la radical incapacidad del socialismo para entender qué sea eso de la libertad. Porque el socialista no entiende al ser humano sino como elemento de un colectivo. Quizá porque las masas sean más fácilmente aborregables que los individuos. No hay personas, sino mujeres, homosexuales, jóvenes, viejos, negros, inmigrantes, sindicalistas de clase, los que viven de alquiler, los catalanistas, galleguistas y vasquistas, obreros y otros tales.  Que son los buenos. Después están los empresarios, los autónomos, los funcionarios, los heterosexuales, los varones, los de mediana edad, los profesionales liberales, los currantes no sindicados, los blancos, la clase media, los que tienen propiedades, los que se sienten simplemente españoles y otros tales. Que son los malos. Tu libertad no es personal, sino que se enmarca en la capacidad de influir en el presupuesto del estado del colectivo al que estés adscrito. Porque, al final, hecho polvareda el muro berlinés, lo que único que le queda al socialista de su antigua utopía es derrotar al supuesto enemigo metiendo mano en su cartera.


481.

Vuelves gozoso a don Miguel de Unamuno. Han caído esta vez Abel Sánchez; San Manuel Bueno, mártir; Solitaña y Mi religión. Las dos útimas obras son breves. Un cuento sobre un manso, en el sentido evangélico del término, y una aclaración sobre la fe del autor. Las primeras son dos de sus novelas clásicas. Ya las leíste hace tiempo, pero las has retomado con gusto. Y te reafirmas en la visión agonal de la vida de don Miguel. Una agonía/lucha en el acecho de lo divino donde queda sólo el contenido del enfrentamiento y la constancia de la voluntad de creer. Si Schopenhauer habló de la voluntad de vivir, Nietzsche de la voluntad de poder, don Miguel habla sin mordaza de la voluntad de creer. Aunque en ello vaya la vida y la coherencia. En cuanto a Abel Sánchez, estás ante otro estudio más de caracteres puros en el sentido de Teofrasto que de fotografías de la realidad. Irónico, como el autor, ese último golpe, sutil y ácido, a la envidia de Joaquín: su amigo/enemigo le robó hasta el título de la obra de la que es protagonista.  

Miguel de Unamuno, Abel Sánchez; San Manuel Bueno, mártir; Solitaña y Mi religión.
Bajo los títulos respectivos en:
http://www.librodot.com/searchresult_author.php?authorName=U