485.

ZURICH

 Me daba 3000 € por el trabajo. ¿Sabes cuántos viejos tengo que lavar y mover y atender para ganar esa cantidad de dinero? La agencia es un garito de negreros. Y después de estudiar tres años y tener mi título de enfermería, zascandilear por la ciudad dedicado a la limpieza de particulares avanzados en edad no era precisamente una tarea estimulante. La perspectiva de los billetes me daba un cante que sonaba a gloria. Así que me lo estuve pensando. Uno no las tenía todas consigo y recurrí a un viejo compañero de bachillerato que estaba en el último año de Derecho. El viejo era un tipo normal. Había sido dueño de una mercería. En ella había trabajado con su mujer hasta que se jubiló y la traspasó. No tenía aspecto su hogar de nadar en la abundancia, pero tampoco de pasar penurias. Su vida consistía en la televisión, el periódico, las visitas de su familia y  las horas muertas charlando con otros colegas de las clases pasivas en los bancos del parque. La viudez no parecía haberle pasado una factura muy alta. Apenas habló durante aquellos días de su esposa. Ni de sus hijos. Salvo para temer que obstaculizaran su propósito. No se podía quejar de ellos. Los tres (dos hombres y una mujer) no parecían tratarle mal. Y algún que otro de sus nietos le quería bien. Me pidió que le ayudase en aquella tarea. Decía que necesitaba alguien con inglés y que era torpe en eso de viajar. Nunca había salido de la ciudad salvo en unas pocas ocasiones. Su viaje de bodas a Galicia, el casamiento del mayor, que fue en Barcelona. Alguna escapada a Madrid para celebrar algo. Y el consabido viaje de pensionistas a Benidorm, de donde, decía con orgullo, no volvió con alfombra, cubertería ni vajilla. No, no esperaba compañía, ni ánimos, ni consuelo. Sólo una especie de intérprete y de perro lazarillo. Se quedó asombrado cuando le dije que apenas me defendía con el inglés. El muy ingenuo creía que todos los jóvenes salimos del instituto paliqueando. Llamó a la agencia pidiendo un enfermero. Enfermero, no enfermera. Quería un hombre a su lado. Y nos fuimos a Suiza. Lo previó y lo pagó. Allí se quedó, en el lago. Bueno, no él. Sus cenizas. Y entre las cenizas, los restos  del tumor que le habían localizado. Aquí quedaron sus nietos y sus hijos con una escueta carta al mayor. Y no sé si su pena o su cabreo por la faena. Porque se fundió todo su dinero. ¿La clínica? Una pasada. Orden, limpieza y efectividad. Como un reloj suizo, tío, como un reloj suizo.

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