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Hace muchos años visitaste Florencia. De allí te trajiste algunos recuerdos, algunas fotos que se quedaron en tu antigua casa porque en ella aparecía la que entonces era tu mujer, cuya figura fue sometida a una damnatio memoriae que incluía la exclusión de aquellas cartulinas plastificadas. Y, lo que es más importante, te trajiste una edición de bolsillo de la Divina Commedia del Dante. Incluso recuerdas el aspecto de la librería donde entraste a preguntar por el libro. Desde entonces, de vez en cuando, vas a tu biblioteca, lo abres y te pones a leer los endecasílanos en voz alta. No es difícil para un hispanohablante reproducir los caracteres de la pronunciación italiana. No siempre comprendes el sentido, pero no es el contenido lo que vas buscando. Buscas el canto, la sonoridad del viejo dialecto toscano cincelado con amor por el Dante. Sólo eso basta para el disfrute. Del mismo modo, a veces tomas viejas ediciones de los dramaturgos del Grand Siècle francés y entonas en voz alta los alejandrinos. Hace tiempo que llegaste a la conclusión de que, entre los idiomas que te resultan más o menos familiares, sólo el italiano y el francés suenan bien para la poesía. No hay nada que decir del griego y el latín porque no sabemos cómo se pronunciaban realmente. Y las lecturas modernas son pastiches, cuando no salidas más o menos airosas del paso. El inglés y el griego moderno te dejan indiferentes. Igual que el español, cuya sonoridad se te escapa en su aspecto puramente formal porque el contenido te desvía forzosamente la atención de lo musical. El alemán suena a martillazos. Como te decía un conocido, cuando dos germanoparlantes hablan parece que se están peleando. Por más que se estén declarando amor eterno. Del portugués te faltan datos. Has oído a veces poemas chinos y tienen la melodía propia del idioma. Pero creo que te desorienta su total lejanía. Y del japonés nunca has entendido dónde se halla el ritmo. Con todo, nada como los versos del Dante, nada. Ahora mismo dejas esto y corres a la estantería para abrir al azar las páginas de aquel viejo tomo y gozar, gozar unos segundos.

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