507.

Hoy estás hasta las narices de los intelectuales. Estás cansado de agoreros de cambios climáticos, de hechiceros que exorcizan al capitalismo, de brujos que aspergen agua bendita sobre la sociedad de consumo, los plásticos, las vacunas, el petróleo, el gas licuado, los metales en los empastes dentales, los bancos, los mercados, los especuladores. Estás harto de ecologistas, economistas, escritores, sociólogos, psicólogos, profesores de universidad que te atosigan desde sus púlpitos con el inminente y definitivo holocausto, con el fin de los tiempos, con el armagedón de nuestra sociedad. El fin del mundo está cerca, arrepentíos, pecadores y convertíos a la verdadera fe. ¿Qué fe? ¿La suya? Ni siquiera tienen  la coherencia de tener una fe identificable. Sólo un magma compuesto de lamentos, quejas, reproches, ira, resentimiento, ceguera. Mientras en esta tierra envejecida y agotada, solar otrora de la civilización más fecunda de la historia, sus clérigos agitan ante tus ojos sus ídolos contrahechos, en otros rincones del planeta, otros seres humanos se sienten los dueños del futuro. Ya lo dijo Toynbee, las sociedades en decadencia creen que su final es el final absoluto. E inventan el Apocalipsis. Cuando los turcos ya se habían adueñado de Constantinopla, aquellos pocos sobrevivientes que habían creído inminente el fin de todo, que habían abjurado entre insultos de su siglo, que habían olisqueado la llegada del Juicio Final, se percataron de que no había terminado el mundo, sino, solamente, su mundo. Y de que no era Cristo quien se aparecía en plena majestad, sino un sultán.   

 

 

 


506.

Sándor Márai fue un descubrimiento hace algunos años. Fue con El último encuentro. Desde entonces, le has sido fiel. Aunque él no lo haya sido a ti. Ha habido libros que has dejado sin terminar. Lo recoges en este blog. Otros han entrado de lleno en el panteón de tus favoritos. El escritor es siempre el mismo. Él sí es fiel a su estilo y sus rasgos esenciales. Pero a veces te llega y a veces no. En esta ocasión, la lectura de Liberación te ha dejado un sabor incierto. Te engancha con el asunto: la espera de la supuesta liberación de Budapest por las tropas soviéticas en el año 1945. Tanto el título como el acontecimiento traumático que marca el final son metáforas hirientes de lo que le espera a Hungría tras la derrota de Alemania. Casi toda la acción transcurre en los refugios. Pero su meollo es una corriente de observaciones del autor puesta en la mente de la protagonista, Erzsébet. No hay trama apenas. Los personajes no se involucran más que tangencialmente en unos acontecimientos que no pasan de ser meras excusas, ligeras excusas, para describir sin más las emociones que aquellos hechos provocan en la cabeza de la muchacha. La has terminado de leer, aunque con ganas de que acabase. Gracias al estilo directo, cortante, pero adecuado y justo, es posible pasar la última página. Pero algo le falta. Peor lo tuviste con aquella otra que tenía a Casanova de protagonista. Aquella se te cayó directamente de las manos.

Sándor Márai, Liberación, trad. Mária Szijj & J.M. González Trevejo, Barcelona, Salamandra, 2012.


505.

Vuelves a casa. Es domingo por la mañana, soleado mes de Mayo. Algunos paseantes, muchos con aspecto de turistas, vagabundean por delante de la antigua Fábrica de Tabacos, hoy Universidad de Sevilla. El taxi bordea la avenida a la que intentan cobijar en la distancia los Jardines de Murillo. Vuelves a casa. Tomarás el tren en la estación de Santa Justa. La Fábrica de Tabacos. Lleva en ese lugar algunos siglos. Los suelos que pisan las ruedas del taxi fueron suelos hollados por cientos de generaciones a lo largo de miles de años. Y tú no eres más que un ligero temblor en la piel de esta tierra. Como esos congéneres en la derrota que son los paseantes mañaneros en una Sevilla de primavera. Naves sometidas a los vientos sorpresivos de la existencia. A no mucho tardar, otros se sentirán dueños de esto que ahora contemplas con intentos de desapego. Y nosotros nos creemos dueños de esos sitios que pisamos con la mente ensortijada en otros menesteres. Nosotros nos creemos amos de nuestro tiempo, de nuestros objetos, de nuestros seres. Y no somos propietarios de nada. Nada nos pertenece. Ni nuestros propios días. Tampoco nuestra respiración, ni nuestro corazón, ni nuestros órganos. Todo es un inmenso animal que surca las ventiscas del ser ajeno a quienes se bandean en su interior. Ilusos. Nos creemos terratenientes de la vida y no somos sino hambrientos jornaleros en busca de un mendrugo que espante algo nuestras horas de amargor. A no mucho tardar, el taxi llegará a la estación y te irás hasta el próximo fin de semana. Uno menos.


504.

ALMA MATER

 Ser profesor universitario no es fácil cuando uno tiene el prurito de cumplir con lo que se demanda de semejante posición social. Tampoco es fácil cuando se desea mantener la propia dignidad profesional ante uno mismo o, simplemente, cuando se tiene pavor a quedar en ridículo por no haber leído el último artículo de tal o cual gurú de la especialidad. A todas estas circunstancias bien se puede añadir el pánico a la cara de idiota que emerge del profesor universitario cuando alguien le pregunta por un dato cuyo conocimiento se considera imprescindible y que el interesado ignora sin remisión. En aquel departamento era bien conocida la anécdota de un muy prestigioso catedrático de griego, alemán de nacimiento, profesor en una universidad muy afamada allá por el siglo XIX, datos todos que llevan a un ambiente donde la erudición era el combustible que hacía funcionar los pistones universitarios. Aquel señor padeció una severa depresión que casi lo lleva al suicidio porque durante una conversación informal con alumnos y otros colegas no supo responder a una pregunta formulada sin ninguna intención perversa, sino, antes bien, con el más humilde espíritu de conocimiento: “¿Por cierto, Herr Professor, sabría usted decirme cómo se dice “boñiga” en griego antiguo?”. Todos estos lúgubres avatares los había experimentado aquel joven profesor desde que decidió encauzar su vida profesional por la vía de la universidad y hubo de afrontar los primeros encuentros con aquellos seres que pasaron de ser maestros a ser colegas por mor de un papel con la firma del rector y el sello de la universidad. Llegar a profesor titular no le fue difícil. Bastaron quince años actuando como camarero del catedrático, llevándole café con diligencia cada vez que el prohombre lo exigía a voces desde su mesa. También se incluyó en su cursus honorum camino de la titularidad su actuación como encubridor cuando el jefe sacaba de dudas a la nueva y exuberante becaria (le gustaban rollizas al prócer) en el interior de su despacho. Otras tareas como profesor interino consistían en llevarle el maletín durante los congresos y acarrearlo de vuelta al hotel de lujo tras la borrachera subsiguiente al enorme banquetazo en restaurante de cinco tenedores, con el que los organizadores solían agasajar a los más eminentes de los congresistas. Alguna que otra vomitona sobre la chaqueta del interino no tenían más relevancia que la de una simple anécdota intrascendente. Le había escrito reseñas, artículos y capítulos de libros, producciones que luego aparecían bajo el nombre del todopoderoso capitoste. Era precisamente la presencia de aquel nombre con prestigio lo que salvaba esas obras de una crítica certera que revelara su auténtica mediocridad. La capacidad de trabajo de aquel interino quedó de manifiesto por el hecho de que, a pesar de tan ajetreada labor en el departamento, consiguió hacerse con un currículo decentito que le permitió una justificación suficiente para presentarse a la plaza de funcionario titular convocada por el cubículo donde goteaba el dispendio de sus horas. Como era de esperar, el tribunal tumbó al único opositor que pugnaba por la misma plaza sin padrinos ni recomendaciones. Se trataba de un iluso profesor de instituto que había llevado treinta años de su existencia robándole horas a su vida íntima y dinero a su patrimonio particular para construir trabajosamente un currículo de triple tamaño y calidad respecto al de su oponente. La celebración fue grande en el departamento, ya que no por esperado, era menos importante el fallo del tribunal. Pasó a ser así un flamante profesor titular que muy pronto probó en sus propias carnes los efectos de los odios e inquinas que se trae entre manos esa élite intelectual que configura el profesorado universitario. Cualquier enemigo de su jefe o cualquiera que ignorase hasta dónde podía tocar con sus manos en el escalafón, podía dejarlo en ridículo y acabar con su prestigio. Por más que estudiaba, sus cortas luces y la inmensidad de su materia le hacían imposible presentarse con seguridad ante una clase o en un congreso. Cuanto más aprendía, más apreciaba que su ignorancia se incrementaba proporcionalmente. Angustiado, creyó un buen día haber dado con la solución a su problema mediante una artimaña que se le ocurrió durante una tarde de zozobra, la víspera de un importante congreso internacional donde iba a presentar una ponencia. Pertenecer a una especialidad de humanidades era una enorme ventaja. La solución a sus pesares hubiera sido imposible si tuviera entre manos disciplinas tales como la física o la ingeniería. Afortunadamente, todo lo que aquellas tienen de exactas y racionales, lo tienen las disciplinas humanas de evanescentes y casquivanas. Su decisión quedó afirmada al terminar aquel congreso, durante el cual un Herr Doktor de la universidad de Heidelberg consiguió que dijera lo contrario de lo que había sostenido en su ponencia mediante el recurso de deducir las consecuencias de determinadas afirmaciones suyas. Y todo esto ante un público de eminencias internacionales. Sus colegas del departamento intentaron animarlo y argumentar contra el teutón utilizando diferentes razonamientos, el más sesudo de los cuales fue aquél elaborado por un compañero que zanjó la polémica afirmando del profesor germánico: “lo que le pasa es que folla poco”. De este modo, procedió a la definitiva solución de sus problemas. Se inventó un autor del siglo XVIII cuya escasa obra fue destruida, poco después de su salida a la luz, en un incendio de la imprenta que publicó sus originales. De aquella obra sólo quedaban unos pocos ejemplares que cayeron en manos del profesor titular. A partir de ahí fue trabajando concienzudamente en dos líneas paralelas. De un lado, iba creando la vida, documentos y peripecia del autor fantasma y, de otro, iba redactando una bibliografía sobre el mismo integrada por artículos, conferencias y libros. Como nadie sabía más que él del autor, ya que era producto de su caletre, nadie pudo jamás ponerlo en ridículo ni sacarle los colores con preguntas capciosas sobre el motivo de sus investigaciones. Llegó a convertirse en el único especialista mundial en la obra del autor inventado y ascender a catedrático. Lo supo hacer tan bien que fue convocado desde las más prestigiosas universidades para impartir su saber. La superchería sólo se descubrió tras su muerte, provocando un alboroto que causó un efecto totalmente indiferente en el catedrático fallecido, como suele ocurrirles a quienes ya transitan por los senderos de la otra orilla y más aún si pensamos que su invención le permitió gozar de una desahogada vida profesional y personal. Fue, sin lugar a dudas, un escándalo, pero apenas trascendió de los ámbitos universitarios, en parte porque la relevancia social de tal clase de estudios es escasa y, en parte, en una mayor parte, porque toda una legión de colegas saltó a la palestra con un nada disimulado interés por que aquel fraude no trascendiera más allá de las paredes de los departamentos universitarios.


503.

Tίς δ᾽ ὁ νόμος ὁ θεῖος; [28] τὰ ἴδια τηρεῖν, τῶν ἀλλοτρίων μὴ ἀντιποιεῖσθαι, ἀλλὰ διδομένοις μὲν χρῆσθαι, μὴ διδόμενα δὲ μὴ ποθεῖν, (…) [32] ‘πότε οὖν Ἀθήνας πάλιν ὄψομαι καὶ τὴν ἀκρόπολιν;’ τάλας, οὐκ ἀρκεῖ σοι ἃ βλέπεις καθ᾽ ἡμέραν; κρεῖττόν τι ἔχεις ἢ μεῖζον ἰδεῖν τοῦ ἡλίου, τῆς σελήνης, τῶν ἄστρων, τῆς γῆς ὅλης, τῆς θαλάσσης;

¿Cuál es la ley divina? [28] Mantenerse en lo propio, no reclamar lo ajeno, aprovechar lo que se nos da y no añorar lo que no se nos da. (…) [32]  “¿Cuándo veré Atenas de nuevo, y la Acrópolis?” Desgraciado, ¿no te basta lo que ves a diario? ¿Qué espectáculo mejor y mayor tienes que el sol, la luna, las estrellas, la tierra toda, el mar?

Epicteto, Discursos II  16.27-28, 32.

*                  *                *

Ὅπου γὰρ ἂν τὸ ‘ἐγὼ’ καὶ τὸ ‘ἐμόν,’ ἐκεῖ ἀνάγκη ῥέπειν τὸ ζῷον.

Porque donde esté el “yo” y “lo mío”, por allí necesariamente se inclina el animal.

 Epicteto, Discursos II 19.

*               *               *

Ἄνθρωπε, τὸ προκείμενον ἦν σοι κατασκευάσαι σαυτὸν χρηστικὸν ταῖς προσπιπτούσαις φαντασίαις κατὰ φύσιν, ἐν ὀρέξει ἀναπότευκτον, ἐν δ᾽ ἐκκλίσει ἀπερίπτωτον, μηδέποτ᾽ ἀτυχοῦντα, μηδέποτε δυστυχοῦντα, ἐλεύθερον, ἀκώλυτον, ἀνανάγκαστον, συναρμόζοντα τῇ τοῦ Διὸς διοικήσει, ταύτῃ πειθόμενον, ταύτῃ εὐαρεστοῦντα, μηδένα μεμφόμενον, μηδέν᾽ αἰτιώμενον, δυνάμενον εἰπεῖν τούτους τοὺς στίχους ἐξ ὅλης ψυχῆς “ἄγου δέ μ᾽, ὦ Ζεῦ, καὶ σύ γ᾽ ἡ Πεπρωμένη”.

Hombre, tu propósito era proporcionarte a ti mismo la capacidad de usar las imágenes (representaciones) que sobrevengan conforme a la naturaleza, sin fracasar en tus deseos, sin caer en tus aversiones, sin ser infeliz nunca, sin ser infortunado nunca, libre, sin impedimentos, sin ser forzado, adaptado a los criterios de Zeus, obediente a éstos, complaciéndote en éstos, sin hacer reproches a nadie, sin acusar a nada, pudiendo decir este verso con toda tu alma: “guiadme, Zeus y vosotros, los Hados”.  

Epicteto, Discursos II 42.


502.

DE GRECIA (HOY)

y III

Cuando lees las declaraciones del capo del partido Syriza, el comunista Alexis Tsipras, captas la vieja y herrumbrosa filotimía. Y lo que es más peligroso, unida al comunismo. El partido tiene, parece ser, las mejores expectativas para las próximas elecciones. El sujeto es un aprendiz de estalinista que, una vez más (¡qué contumacia, Señor, qué contumacia en el error!) pretende erigir una sociedad colectivizada al modo clásico del socialismo real. Su discurso ante el cerniente apocalipsis sostiene que Europa no debe dejar caer Grecia ni el euro en ella. No le conviene. Así que, por la cuenta que le trae, tiene que seguir financiando el estado griego, seguir dando dinero, aflojando la guita, aliviando el bolsillo, soltando la pasta. Regalando plata, si queremos utilizar términos que evocan otro enclave de filotimía, tan chantajista, corrupto e insalvable como Grecia. Y se queda tan tranquilo. O sea, que esa Europa del norte tan despreciable, esos paganos que desembolsan con una sonrisa en la boca, tiene que seguir trabajando duro para que los griegos se permitan seguir defraudando al fisco o pagando pensiones de muertos. Arcadi Espada en un comentario aparecido el sábado día 19 de mayo en el diario El Mundo, a raíz de las impresiones de un periodista norteamericano sobre la Grecia pre-olímpica (la de 2004, of course),  revela que éste se quedó asombrado al comprobar que los griegos, simplemente, no hacían cuentas. ¿Para qué? Ellos son los mejores y hay que mantenerlos porque sí. Ellos son griegos. Tienen filotimía.  


501.

DE GRECIA (HOY)

II

Uno de los rasgos que te atrapó de aquella Grecia de buzuki, dolmades y sirtaki fue que usaban todavía muchas palabras que encontrabas en los antiguos. Una de ellas es φιλοτιμία (filotimía). Recuerdas una conversación en un coche mientras entrabas a Atenas. Uno de los interlocutores (griega ella) decía que el mayor fallo de los griegos es, precisamente, su elevada filotimía. El término está compuesto de filo- que resultará familiar al culto lector que frecuenta estas líneas en su sentido de amistad, amor, afición; y de –timía, que es un derivado de timé (o timí: τιμή), cuyo significado parte de precio, valor, valoración  para pasar a honor, estima, veneración terminando en cargos, magistratura, autoridad, munificencia. Todos términos antiguos y modernos, en esa continuidad de tramoya y pandereta que la vieja lengua griega parece prestarle a la herrumbre contemporánea. La filotimía es el amor propio, el orgullo de ser uno quien es y como es, el aprecio por el propio honor. Filotimía tenían los viejos hidalgos castellanos que espolvoreaban las migajas que no tenían para simular que paseaban una barriga satisfecha. Acercarse a ese término y su sentido ayuda a comprender qué está pasando en Grecia hoy en día.