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Hay un par  de razones esenciales por las que tu simpatía hacia el budismo no ha cuajado nunca en la adscripción a un colectivo concreto de practicantes. Una es tu reticencia hacia los grupos. A veces has cedido ante la presión ambiente y te has afiliado. Pero tu paso ha sido con frecuencia efímero, en pocas ocasiones relevante y casi siempre improductivo para tu personalidad e intereses. Junto a esta inclinación hacia el individualismo y la soledad hay, en el caso del budismo, otro motivo. Tu experiencia directa con alguna congregación e indirecta a través de lecturas, internet y medios de comunicación te ha llevado a la conclusión de que el budismo que practican en Occidente los grupos humanos ha recogido lo menos aprovechable de su origen y lo menos original de aquí. No se ha desenganchado de los rituales, las mitologías, las jerarquías. Pero ha obviado el desinterés originario por el devenir de la sociedad para sumirse en ecologismos, alternativismos, medicinas llamadas naturales, indignados, anticapitalismo, antioccidentalismo y demás parafernalia de la progresía europea y americana. Lo que algunos ven como una lacra del budismo, la carencia de una doctrina social, tú lo ves como el elemento más útil a nuestro momento en Occidente. El Buda pretendía ser un médico del alma. Y el alma (o la mente) nunca es colectivo, sino personal de cada individuo.

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