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Cuentan las crónicas que el último gobernador británico de una colonia africana en la ceremonia de traspaso de poder durante el proceso de independencia, le comentó al flamante nuevo presidente que tenía delante de él a la Suiza de África. “Estoy de acuerdo; pero, por favor, tráigame a los suizos” dicen que dijo el a buen seguro aprendiz de dictador. Ilustrativa como ninguna esta anécdota pretendidamente veraz y, en todo caso, verosímil y certera. Lo que hace la prosperidad de los países no son los recursos naturales, ni los climas benévolos, sino sus gentes. Cualquier ideología sana, propugne unos caminos u otros, regalará en tales lugares sus mejores frutos. Por contra, las mejores ideas sucumbirán a la ruina y la miseria entre pueblos escasamente dotados para sacar de sí lo mejor de la naturaleza humana. Ya se ha estudiado y hay propuestas de explicación de la razón de tales divergencias en la especie. No las conoces a fondo. Pero da igual. Lo más interesante del asunto está claro desde el inicio.

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