541.

Parece que ya se han olvidado las víctimas españolas que el Frente Polisario provocó durante los años en que el Sáhara Occidental era una colonia. Tras la entrega a Marruecos esos mismos que mataban españoles se convirtieron en lamentadores de su destino e invocaron en su ayuda a aquellos que hacía poco eran objeto de sus armas. En todo este embrollo lo peor no es la actitud tan típica de los árabes y musulmanes de hacerse los ofendidos tanto si se les ataca como si son ellos los que atacan, sino la pusilanimidad de España y Occidente ante esos reclamos. Así que España y su corte de burguesitos con mala conciencia acuden en auxilio del asesino con la mejor de las intenciones. Igual sucede en Siria. Oyes a un analista de nombre árabe que trabaja (claro, de otro modo lo habrían ejecutado) en EE.UU. decir que Occidente debía intervenir en el feudo de Bashar El Asad. ¿En qué quedamos? ¿Occidente es un asqueroso explotador o un benéfico auxilio? Tu opinión: que los dejan a su aire. A unos y a otros. De aquellas tierras sólo deberían interesarnos dos aspectos. La supervivencia de Israel, como enclave occidental, y el suministro de materias primas imprescindibles. De todos modos, pase lo que pase, mande quien mande allí, seguirán odiando nuestra prosperidad y su ineptitud.

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540.

Hace muchos años, tu suegro se presentó un día en casa con un estropeado legajo en sus manos. Te pidió que le pasaras a ordenador el contenido y que lo imprimieras. Estabas ocupado y le aseguraste que lo harías poco a poco. Cuando lo abriste y comenzaste a leerlo, advertiste que era la hoja de servicios de un capitán de infantería. Se trataba del padre de tu suegro, ejecutado en los primeros días de la Guerra Civil en Sevilla por el bando franquista. Parece ser que no tenía veleidades políticas y que aquella muerte se debió a inquinas personales o profesionales. Dejó viuda y nueve hijos en la mayor indigencia. El asunto, entonces, fue variando desde una simple tarea de amanuense, fastidiosa por el momento, a una aventura en el seno de un hombre que había asistido a la historia de España como peón en su línea de fuego. Aquellas hojas iban desgranando la existencia de un español que se había alistado de soldado raso y había alcanzado el grado de oficial a fuerza de méritos. Casi toda su vida la había pasado en Marruecos, desde principios del siglo XX. Y, como era de esperar, vivió el desastre que aquel general ambicioso y prepotente llamado Manuel Fernández Silvestre causó en las escarpaduras y hondonadas del Rif por estas mismas fechas hace noventa años. En aquella hoja de servicios se mencionan los avatares y la supervivencia del capitán Luna en una tierra adusta y pedregosa, llena de hombres dispuestos a defenderla de los invasores. Todo esto te ha venido a la memoria en la lectura de una noticia. Se afirmaba que, por fin, el gobierno de España ha concedido la Cruz Laureada de San Fernando, máxima condecoración, al Regimiento de Caballería “Cazadores de Alcántara”. Esta unidad fue diezmada tras cargar repetidas veces en el entorno de Annual para proteger la retirada caótica y desorganizada de unas tropas aterradas. No entras aquí en consideraciones postcoloniales sobre aquel tiempo. Sin duda, nos hubiera ido mejor dejándole aquel roquedal a los franceses. Tampoco te gusta el compadreo corrupto, la ineficiencia, el egoísmo de una buena parte de los militares, la altanería mísera e interesada de las élites de una nación exhausta metida en ajetreos que la superaban. Ni aquel modo de agenciarse carne de cañón sólo entre quienes no podían pagar el dinero que eximía del servicio militar. Pero en medio del pandemónium, hubo héroes. Y merecen el recuerdo. Más en estos tiempos donde los héroes nunca sacrifican más allá de algunos euros de una densa cuenta corriente.


539.

Antonio Muñoz Molina es un autor que frecuentas a veces. Debes reconocer que su escritura es atractiva y que su estilo te gusta. La temática en ocasiones te interesa y en ocasiones no. Acabas de leer El viento de la luna. El asunto está bien traído y trabado. En su localidad ya casi mítica de Mágina (trasunto de su Úbeda natal), un adolescente de trece años se inicia en los pliegues de la existencia al tiempo que el ser humano pone el pie por primera vez en la luna, en aquel julio de 1969. Entreverada con el alunizaje y sus peripecias, la vida del joven se desarrolla entre la perplejidad por la aparición de la sexualidad, la vida triste y amarga de las aulas, la pérdida de la fe, las costumbres agrarias de su familia en una España que cambiaba velozmente hacia otra sociedad y, no podían faltar, las alusiones a la Guerra Civil. En general, te ha enganchado la novela porque te evoca tu propia adolescencia y la vivencia de aquel cambio en la sociedad española desde una tradicional en sus aspectos materiales y espirituales, cuyos estertores llegasta a vivir, a la moderna. Cansino y agotador, como es habitual, los recuerdos de la Guerra Civil donde los republicanos aparecen como almas benéficas y dignas. Deberían saber los progres que hubo muchos más falangistas pobres que ricos. Y que de haber ganado los otros, los campos de concentración no se hubieran desmantelado a los pocos años. Ni hubiera habido ese desarrollo material que la segunda parte del franquismo propició. Harto estás de todo ese meneo, pero es un peaje para transitar un buen libro.    

Antonio Muñoz Molina, El viento de la luna, Barcelona, Seix Barral, 2008.


538.

Tu desapego a esta tierra donde vives bien pudiera tener ciertos anclajes en tus experiencias infantiles. Tuviste la fortuna de que tu padre naciera en Galicia. Este origen te vinculaba durante los veranos a un entorno muy diferente del que vivías el resto del año y a la vecindad con otra cultura también muy distinta. Galicia fue durante muchos veranos el contrapunto del calor asfixiante del verano, de la rutina opresora que sufrías en Sevilla todo el año, fundamentalmente por culpa del colegio aquel al que odiabas. Galicia era frescor, colores verdes, entonaciones musicales en la voz de tus parientes. Era otra manera de hablar que entendías fácilmente y que te subyugaba. Un tío tuyo, persona culta al que no se le hacía mucho caso, solía aprovechar tu presencia para desahogar sus ansias de ser oído y entretenía vuestras horas con viejas leyendas gallegas que te narraba con dramatización incluida. De él oíste los primeros compases de música clásica. Tu docilidad no era sólo el motivo de aquellas sesiones. También lo era el embaucamiento que te invadía. Hasta que no maduraste y conociste mejor la historia no pudiste rebatir aquella frase que te dijo una tarde y que durante mucho tiempo fue dogma de fe en el cuerpo de tus creencias: “Quien ama la música clásica no puede ser malo.” Aquel mes en Vigo, en Pontevedra, en Ribadavia. Aquella jornada en que tu hermana y tú os quedabais en Vigo mientras tus padres y tus tíos pasaban a Portugal para comprar café, toallas, sábanas. El olor de la confitería de tu tío en cuyos pisos superiores tenía la vivienda y donde os alojabais. ¡Qué privilegio despertarte oliendo a pasteles y bollos recién salidos del horno! Siempre había excursiones por otros muchos rincones. La obligada visita a la tumba del Apóstol en Santiago, con todo el día para recorrer sus callejas. La cercanía de aquel mar tan frío que te dolía la piel cuando te sumergías. De vez en cuando te viene a la memoria aquel verano en que toda la familia alquiló una casa a pie de playa en un pueblecito. Fue la primera vez y la última en que dormiste con el susurro del mar muriendo en las arenas y el saludo en la alborada de las gaviotas. Y mil experiencias más. Había otra cara de la moneda. Familiares difíciles y relaciones enrevesadas. Tanto que ya no te sientes unido a ellos, la mayoría de los cuales hace tiempo que murieron. Tampoco te atrae ya el ambiente enrarecido con que los nacionalistas han contaminado aquella tierra. Cuando aprobaste las oposiciones, en aquellos años en los que no había autonomías, pudiste haberte ido al instituto más antiguo de Vigo. La cobardía te retuvo aquí. Hoy piensas que fue una buena elección. Con todo, Galicia es otro más de los pilares que el paso de los años ha depurado de las sombras para dejar sólo la luz en tus ya lejanas infancia y adolescencia.


537.

El mundo de la izquierda no cesa de proclamar con pompa de atambores y trompetería que la causa de la crisis económica que sufrimos es debida al capitalismo. Vieja cantinela con casi dos siglos de antigüedad que suele ir escoltada por frases sicarias tales como que cada vez los ricos son más ricos y los pobres son más pobres, o que el fin de ese capitalismo criminal está próximo. Como si hoy se viviera peor que en el siglo XIX. Todo, como es substancial en esa rama de la teoría política, es un fraude, un timo. Falsedades teñidas de un voluntarismo humanista que oculta un espíritu violento y revanchista. No está de más observar a este respecto que la razón del derrumbe bancario y especulativo viene dada en el sector más regulado por el estado que existe: el monetario. En ese sector no hay libertad de comercio y si hay algo es capitalismo de estado, algo que es del gusto de la izquierda. Parece ser que hay varios hitos como el abandono del patrón oro, el permiso a que la banca tradicional pudiera meterse en follones ajenos a su tradición y la máquina, no ya de imprimir billetes, sino de apuntar cifras en cuentas bancarias que nunca tuvieron respaldo ni siquiera en papel. En todo está la larga mano del estado metido en faenas que le deberían ser vetadas. En España, lo que hay, además, es una crisis institucional. Lo que ha fallado es esa banca pública que la izquierda ahora pretende reinventar. Y lo que tiene atenazado al pueblo es la maquinaria de la burocracia estatal en todos sus infinitos y ruinosos niveles, cuyo efecto más devastador es la deuda soberana. Por eso, el cambio de modelo debe ir en la dirección opuesta a la que señala la izquierda: estado mínimo y sociedad abierta.


536.

A ESTRENAR

 “Tampoco es un drama” se consoló Isabel. Estas cosas hay que hacerlas por quien se ama. Marcos estaba empeñado en casarse por la iglesia. No es que fuera creyente su novio. Con esa actitud respondía a las presiones que le venían desde su casa, especialmente, desde su madre. A Isabel no le apetecía. Su deseo hubiera sido irse a vivir juntos, sin papeles y sin celebraciones. Todo lo más, una invitación a cenar con los respectivos padres cuando hubieran pasado algunos meses. Isabel era una atea convencida, pero en absoluto militante. “Cada cual se las arregla como puede” era su frase favorita, y mostraba una tolerancia inabarcable hacia la inmensa variedad de recursos que emplea el ser humano para poder afrontar cada amanecer. Con esa tolerancia jugaban Marcos y su familia, se temía. Como no se trataba de una cuestión de principios ni de ideología, pasar por el cura no constituía una afrenta, sino una incomodidad. Su suegra no era tampoco una harpía desencajada y con rostro avinagrado, sino una dulce señora con pelo blanco y escasa estatura que la recibía siempre con dos besos y la cogía de la mano para conducirla al lugar donde se dirigieran. Podía tratarse del salón de su casa o de la mesa que habían reservado en alguna de esas ventas de campo que tanto le gustaba frecuentar un domingo al mes y donde disponía con fruición lo que todos debían comer. En la cuestión de la boda, su suegro se inhibía y sus padres no contaban en los deseos de Isabel. Desde pequeña había sido muy independiente y su voluntad era ejercida sin aspavientos, pero con firmeza. No había, pues, que dramatizar. Sería una ceremonia corta, sin sermón del cura y con el posterior banquete. Marcos y ella estaban de acuerdo en no gastar mucho dinero. Las economías familiares eran las habituales en dos familias de clase media y, afortunadamente, nadie estaba dispuesto a tirar la casa por la ventana. En este ambiente de recogida alegría, Marcos llegó una tarde junto a su novia con una de esas publicaciones donde se vende toda clase de artículos de segunda mano, desde una plancha hasta un apartamento en la playa. “Vendo traje de novia a estrenar”, rezaba el anuncio. A la frase le seguían la cifra de 300 €, un número de teléfono y un nombre: Cecilia. Otra cualquiera hubiera puesto el grito en el cielo ante la perspectiva de usar un traje ajeno en ese día tan especial, máxime si pertenecía a una extraña. Pero Isabel estaba hecha de otra materia y la idea de adquirir ese traje le pareció fabulosa. Tampoco sería un desdoro, sino una muestra de sensatez, el que nadie que preguntase tuviese que embaularse una mentira. Todo el mundo sabría que el traje de novia de Isabel era de segunda mano, pero sin estrenar. Quedaron en que Isabel se encargaría de la compra. Llamó al número, preguntó por Cecilia y acordaron una cita en casa de ésta para ver el estado, las telas y el estilo del traje. Cecilia resultó ser una mujer en torno a los treinta años, delgada, con cierta elegancia en sus gestos y en su ropa. Poseía un apartamento en una zona residencial de las afueras, un barrio tranquilo en cuyo centro se elevaban algunos bloques de pisos circundados por series de casas adosadas. Cecilia e Isabel pronto se sintieron cercanas. Tras mostrarle el vestido, se sentaron y tomaron el café que la vendedora había hecho. Era un traje sin ostentaciones, de color más bien marfil, sin tules ni encajes, de una sobriedad precisa y elegante. Le gustó a Isabel y le dijo a Cecilia que se lo quedaba. La entrevista continuó durante el resto de la tarde. Cuando salió del apartamento, la futura novia llevaba envuelto en un saco de plástico y doblado sobre el antebrazo su vestido de novia. Caminaba lentamente, reviviendo la historia que Cecilia le había contado, las razones que la habían impulsado a huir de la boda justo antes de la celebración dejando prácticamente ante el altar a su novio, a las familias y a los invitados. Brujuleaba en su cabeza la escapada de Cecilia desde su ciudad a ésta, en la que ahora vivía, en su búsqueda de un trabajo y en la vida que llevaba. El traje de novia, protegido por el plástico, crujía persistentemente al rozar con su cuerpo. Depositado en el asiento de atrás de su coche, seguía llamando su atención durante el trayecto al apartamento de alquiler donde Isabel había estado viviendo sola. Una soledad que tenía la fecha de caducidad en el momento en que tras la boda se mudase al piso que habían comprado. Finalmente, el traje dejó de hacer notar su presencia. En su lugar, dentro del apartamento sólo se oía el ruido que Isabel producía al teclear en su ordenador. Había entrado en la página de internet de una de esas publicaciones donde se vende toda clase de artículos de segunda mano, desde una plancha hasta un apartamento en la playa. “Vendo traje de novia a estrenar”, rezaba el anuncio que estaba escribiendo. A la frase le seguían un número de teléfono, un nombre: Isabel. Y una cifra: 500€. Por el susto.


535.

Aquella tarde fuisteis a una manifestación. No era costumbre vuestra. Las circunstancias obligaban por mucho que no gustasen las congregaciones masivas de gente. Fuisteis con los niños. Uno pequeño y la otra en su carrito. No teníais ganas de gritar, ni de vociferar. Ni consignas en contra, ni expresiones de rabia, ni siquiera aquellas frasecitas de ursulinas, bien pensantes y modernitas que distinguían unos de otros en aquel pueblo todavía apegado en su genética a las rocas, a la sangre de los sacrificios humanos y al arte rupestre. Solo vuestro silencio y la tristeza. También una interminable, eterna, infinita, inconmensurable ansia de justicia. Habían asesinado a Miguel Ángel Blanco en un rincón oscuro (sí, oscuro; nada de verde floresta ni azul mar) de este mapa tan cruzado de sangre y de cobardes renuncias. Debajo de todo aquel vórtice de sentimientos, también se hacía paso a empellones, en el hontanar de vuestros corazones, un ligero resplandor de esperanza. Quizá después de tanto horror, esta víctima propiciatoria abriría definitivamente los ojos de todos, y aquel tropel de verdugos con máscara de ejecutores pasaría a ser en la mente de la inmensa mayoría lo que realmente eran por esencia. Esperanza de que, por fin, todos en esta sociedad abotargada dieran un paso al frente, unida por entero, para acabar con ellos. La dura realidad de tu patria se fue abriendo paso lentamente, desde el inmediato día siguiente. Y ahora estamos donde siempre: en la peor cara de la vida. Hoy, ellos van ganando. Los malos, los otros, los que deben ser erradicados. Porque ellos son los malos sin matices. Y nosotros, los buenos. Aunque sea una bondad de rebaño de ovejas, apegadas al pasto y mirando siempre al suelo.