596.

ESTAMPAS ANDALUZAS

Puri está indignada. En la panadería comenta algo con su vecina Mari. Antonio, el marido de Puri, funcionario jubilado, ha ido a someterse a la revisión habitual de su próstata. El urólogo le ha vuelto en enviar al analista. Antonio, con su volante en la mano, acudió al analista de toda la vida. Y José Manuel le ha dicho que no puede hacerle la analítica. “El laboratorio donde le envío las muestras dice que la Junta le debe tres millones de euros y que está en la ruina. No pueden comprar los reactivos. Estoy buscando otro que me lo haga, pero hasta ahora no ha habido nadie que me responda. Así que aquí me tienes. También yo voy a la ruina a este paso.” Antonio queda en que llamará esta semana a José Manuel para ver si ha hallado solución al problema. En última instancia, acudirá a otro lugar. Pero deberá desplazarse fuera del pueblo. Puri cambia de tema cuando su otra vecina Amelia le comenta alegre que se ha apuntado a las clases de inglés que la Junta está pagando a todos los que quieran, siempre y cuando sea mayores de cuarenta años y amas de casa. “Y hay muchos más cursos, mujer, muchos más cursos”. La conversación sigue animada porque esa tarde Juan y Medio en Canal Sur va a traer a una nueva tanda de viejos a su programa y se aproxima la verbena de la Virgen de…

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595.

Compraste y leíste la novela porque, según las críticas, abordaba la Guerra Civil española desde otro punto de vista. Andrés Trapiello juega con los monólogos de los personajes y te despliega la peripecia de un profesor universitario de Historia Contemporánea que tras su divorcio se traslada a su León natal. Ingresa en un departamento en el que pululan como buitres la miseria y corrupción habitual en tales antros. En este caso, la carroña son las prebendas que a lomos de la “Memoria Histórica” hacen ricos y famosos a quienes saben acercarse al cadáver. El autor da una visión del conflicto acorde con tus planteamientos. Desvela los intereses de los aprovechados, la tristeza de los descendientes de las víctimas, la incomodidad de quienes fueron élite durante el gobierno del general y ahora se pretende apestados, la asfixia de los conciudadanos en una población pequeña donde todos se conocen, la irracionalidad generalizada, la locura, la crueldad sin parangón de aquellos españoles manejados por sus instintos más bajos y por quienes desde fuera instigaban un enfrentamiento de más larga vista. En suma, un fresco que se antoja próximo a la realidad de esta España tuya que tan zarandeada es por sus castas dirigentes y tan dócil es en su base a tales sacudidas. “Para mí no es la guerra,” dice el protagonista de la historia “sino saber por qué somos sus víctimas sin haberla hecho, por qué nos han mentido”. Justamente.

 Andrés Trapiello, Ayer no más, Barcelona, Destino, 2012. La cita es de la página 288.


594.

EL CRUCERO

Sin duda tenía un punto de enigmático. Su porte era de aristócrata, aunque declaró haber sido banquero. Fumaba los habanos más aromáticos, bebía los vinos y licores más añejos, elegía siempre los platos más exquisitos. Sus ropas, a todas luces, eran de una factura selecta. Todo en él era clase y refinamiento. Se le suponía en torno a sesenta años. O al menos eso aparentaba. Viajaba solo en una de las mejores suites del transatlántico y se codeaba con destreza y simpatía entre los viajeros más estirados y los más llanos. Siempre con una sonrisa, siempre con la palabra adecuada, siempre con el gesto más ajustado al momento y a la persona. Una semana después de que el buque zarpara del puerto, los clientes se disputaban discretamente su compañía en la piscina, en el comedor, en el salón de juegos, en las tiendas, en los pasillos y en los bailes, a los que ciertas damas acudían con la esperanza de hallarlo sentado a una mesa, saboreando un habano y bebiendo una copa del mejor Courvoisier. El capitán llegó a invitarle a la cabina de mandos, donde la destreza de los marinos bregaba con ese pandemónium de lucecitas, clavijas y mandos. Así transcurrió el crucero entre risas, silencios, sol, delfines, nubes, luna y estrellas. Justo cuando el imponente barco enfilaba la entrada al puerto de Nueva York, algunos pasajeros pudieron verlo salir a cubierta vestido de smoking, resplandeciente como solía estarlo en sus mejores momentos. Y también vieron cómo se lanzaba al mar después de apurar un habano y de dedicarles una sonrisa a sus espectadores.


593.

EL JARDÍN DE GRAVA

OTOÑO

llora la luna
melancólicas sendas
sobre su rostro


592.

Acudes gozoso a la librería a comprarte el último libro de Luis Landero. Le eres fiel desde hace muchos años. Aguardas sus novedades con ansia de devoto. Y no te defrauda. Encuentras en la novela esos personajes suyos tan inverosímiles en la forma, como verosímiles en el fondo. Gentes cuya peripecia sólo la maestría del escritor hace creíble gracias a que su búsqueda es la tuya y la del género humano. Lino es un culillo de mal asiento que acaba encontrando su camino después de unas aventuras tan extrañas como cautivadoras. De nuevo la plasmación de aquella palabra que tan querida es a Landero: el afán. La necesidad de hacer algo que dé sentido a nuestras vidas. Pero expuesto de forma original, algo que distingue al artista del artesano. Y del impostor. También disfrutaste con su prosa sencilla, directa, rica, oportuna. Te leíste la novela de un tirón, como merecía.

Luis Landero, Absolución, Barcelona, Tusquets, 2012.

 


591.

Atardece. Fuera está lloviendo. Hace el suficiente frío como para que apetezca la mesa camilla con el brasero. No es de esas tardes de febrero en las que nada puede calentar estas inhóspitas casas del sur, tan escasamente preparadas para el invierno. Te haces un té. Twinings Breakfast Tea, el que te gusta. A pesar del nombre pomposo, la lata no llega a los cinco euros. Ante ti, una página con la Tercera Filípica de Demóstenes. En griego, por supuesto. Nadie pasa por la calle. Nadie vive en el bloque excepto tú. Eso quiere decir silencio. Ahora mismo, nada hay en tu cuerpo que indique que existe. Dentro de un rato, encenderás incienso, extenderás tu alfombra, pondrás tu banqueta y meditarás durante media hora. Cuando termine de trabajar, ella vendrá. Y a las nueve de la noche, hablarás, como todas las noches, con tu hija por teléfono. ¿Decir esto en una sola palabra? Sí. Felicidad.


590.

Tu profesora de inglés llega asustada a clase. Ya son varios los alumnos de instituto de sus clases particulares que le han augurado la inminencia de otra guerra civil en España. Las razones giran en torno a la ilegitimidad de un gobierno que está legislando contra el pueblo. Más o menos, ya que dudas de que el término “ilegitimidad” entre en el acervo lingüístico de un alumno contemporáneo de secundaria. Tú la calmas. Ni España ni el contexto internacional son los mismos del primer tercio del siglo XX. No te inmiscuyes en la conversación con tus opiniones políticas porque dudas que un cerebro británico pudiera entender lo que le dijera un español en ese tema. Por muy buen inglés que hables, que no es el caso. No parece convencerse mucho. Cuando se va, te quedas pensando. Todo esto es la germinación bacteriana de ese caldo de cultivo que es la hegemonía ideológica absoluta en los institutos y en la universidad del Sindicato de Estudiantes, réplica de un partido estalinista de los de gulag y checa. No te extraña que entre los jóvenes caiga maduro un fruto cultivado durante los casi cuarenta años de eso que llamamos comúnmente “democracia”. Sumas el predominio del pensamiento izquierdista en la sociedad española machacado desde casi todas las tribunas y medios de comunicación, infiltrado hasta en los más pequeños resquicios de la sociedad. Especialmente, desde los centros de poder de la instrucción pública: directivas, inspectores, pedagogos, asociaciones de padres, sindicatos verticales (CCOO y FETE-UGT). Esto es también fruto de la Memoria Histórica, de la frivolidad a la hora de reanimar fuegos que deberían estar apagados, de la pretendida superioridad de la izquierda y de la continua deslegitimación de cualquiera en el poder que no sea de los suyos. Bien, parece que lo tienen conseguido. Tras este tropel de reflexiones, decides escribirle inmediatamente un correo a tu profesora pidiéndole que excuse tu abuso de confianza y que sea tan amable de ir reservando un hueco en su país para el caso de que sea preciso exiliarse. Aunque esa petición eche por tierra todo lo que dijiste para calmarla.