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Uno de los riesgos que corre el adepto al zen y al budismo en general es la sumisión absoluta al maestro. El proverbial desprecio del zen por los libros canónicos, su adhesión a una libertad completa en la búsqueda del camino y la esencial simplicidad de sus preceptos, hacen que cualquier aprovechadillo con cara dura y labia pueda embaucar a un grupo de seguidores que quedan boquiabiertos cuando responde a la pregunta de algún seguidor diciendo obviedades o sandeces. Al menos en las otras corrientes budistas, el maestro precisa de un conocimiento de los textos que no son exigibles al maestro zen y que podría dar testimonio si no de pureza ética, al menos de dedicación académica. Pero no divagues. Vamos al grano. Ayer, en una visita al Ayuntamiento de este pueblo fuiste iluminado y vislumbraste la prueba definitiva para poder discernir entre el impostor y el auténtico maestro zen. El sujeto debe presentarse en la oficina de este consistorio a las once de la mañana y acudir a la sección de tasas e impuestos. Ha de preguntar por X (al interesado, si se presenta, le diré el nombre completo de la dama). Cuando se le diga que ha salido a desayunar (suele hacerlo allá sobre las 10.00 horas), debe acudir al lugar anexo donde una masa de ciudadanos espera el advenimiento de X. Aquí comienza la prueba. Debe el aspirante contemplar cómo van pasando uno por uno esos ciudadanos y se entretienen con X un buen rato cada uno. Debe soportar los bufidos contenidos de sus acompañantes en la sala, las críticas en voz baja y la mirada displicente de otros funcionarios que pasan por allí en sus frecuentes excursiones. Debe encajar la insistencia de las miradas de los otros a través de la cristalera que separa el despacho de X del resto de la humanidad doliente para percatarse de que X está hablando con alguien por teléfono del resfriado de su niña. Si durante la prueba y a la llegada de su turno, el pretendiente a maestro ha mantenido una actitud serena, silente, abismada en la meditación sobre el vacío y sobre el contenido de algún Sutra, dicho aspirante puede ser confirmado como maestro. Si no, es un farsante.

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