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A veces te lamentas de no creer en Dios. Añoras la fe de tu infancia y la que hubiera podido ser de tu adolescencia, juventud y madurez. Aquella creencia perdida hace tiempo. En tu nostalgia no hay, este amanecer entre las sábanas cuando todavía falta un tiempo para levantarte, la angustia de la nada que se abisma ante el descreído. Ni el ansia por unas normas que orienten esa brújula desvencijada que es tu vida a la hora de divisar un horizonte de valores. No. Este amanecer desearías la fe para poder retirarte a un monasterio y vivir tu vida entre el ora et labora de los monjes. Cantar gregoriano varias veces al día, asistir a los oficios, labrar la huerta, estudiar en el scriptorium, reflexionar sobre cómo ser absorbido por la totalidad de ese todo que es Dios. Callar y oír el silencio exterior e interior. Es una pena que no creas en Dios, porque en vez del mundo caótico, ruidoso, inhóspito que te aguarda tras estas paredes, podrías estar ya levantado hacía un buen rato y podrías haber alabado tu amor ya en varias ocasiones. En silencio, calma y paz.

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