614.

Estás leyendo Los ángeles que llevamos dentro, de Steven Pinker. Tropiezas con este párrafo en el que un autor que nada sabe de nuestros momentos aclara el núcleo de lo que nos acontece en Cataluña y el País Vasco:

 Einstein dijo que el nacionalismo es “el sarampión de la especie humana”. Esto no siempre es verdad -a veces es sólo un resfriado-, pero el nacionalismo puede volverse violento cuando es comórbido con el equivalente grupal del narcisismo en el sentido psiquiátrico, a saber, un ego grande pero frágil con una inmerecida reivindicación de preeminencia. Recordemos que el narcisismo puede provocar violencia cuando el narcisista está enfurecido debido a una señal insolente de la realidad. Si combinamos el narcisismo y el nacionalismo, tenemos un fenómeno funesto que los científicos políticos denominan ressentiment (resentimiento): la convicción de que la nación o la civilización de uno tiene un derecho histórico a la grandeza pese a su estatus modesto, lo que sólo se puede explicar recurriendo a la malevolencia de un enemigo interno o externo.

El resentimiento crea las emociones de dominación frustrada –humillación, envidia y furia- a las que son propensas los narcisismos. Historiadores como Liah Greenfield y Daniel Chiror han atrbuido las guerras y los genocidios más importantes de las primeras décadas del siglo XX al resentimiento de Alemania y Rusia. Ambos países sentían que estaban haciendo realidad su legítimo derecho a la preeminencia, que los pérfidos enemigos les habían negado. Los observadores de la escena contemporánea se han dado perfecta cuenta de que tanto Rusia como el mundo islámico conservan resentimientos sobre su inmerecida falta de grandeza, y que estas emociones son verdaderas amenazas.

Apuntando en otras direcciones, hay países europeos como Holanda, Suecia y Dinamarca que abandonaron el juego de la preeminencia en el siglo XVIII y vincularon su autoestima a logros más tangibles aunque menos vibrantes, como ganar dinero y procurar a sus ciudadanos un buen nivel de vida. Como sucede con países que de entrada nunca tuvieron interés en el esplendor, como Canadá, Singapur o Nueva Zelanda, su orgullo nacional, aunque notable, es proporcional a sus éxitos, y en el ámbito de las relaciones interestatales no crean problemas.

 Más claro, agua.

Anuncios


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s