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AGRADECIMIENTO

 Viernes por la mañana. Eso significa supermercado. Significa lista de la compra, coche, atasco, aparcamiento en subterráneo y largas líneas de estanterías donde seleccionar lo que siempre se compra. Viernes es sinónimo de cola para pagar y cajera joven con sonrisa forzada, un día; otro día, empleada madura sin sonrisa. Ni forzada, ni sin forzar. Viernes por la mañana significa regresar a casa con los congelados y esperar a que por la tarde traigan el envío. Eso quiere decir una hora y media de organización. Una familia de marido y dos hijos, una casa de dos plantas con sótano en un barrio dormitorio de las afueras y un perro pastor alemán requieren esas labores. A la tarde, cuando todo haya pasado, habrá espacio para un rato de televisión, de relajación, de descanso en un día ajetreado. Y tan semejante a todos como todos los viernes de los últimos veinte y cuatro años. Este viernes por la mañana ha vuelto a suceder. Quizá el atasco era menos espeso. Lo que no ha obedecido a la costumbre es que ante la estantería de las cajas de leche aquel desconocido se le ha acercado. Iba bien vestido. Una gorra marcaba cierto punto de disonancia. Porque no era invierno, porque en el supermercado hacía algo de calor y porque debajo se percibía claramente que no había rastro de cabello. “Luisa” ha dicho el hombre. Edad indefinida. Tal vez porque su rostro maltratado hacía impredecibles sus años. Luisa lo ha mirado y ha arqueado las cejas. Sin palabras. “Soy Andrés. Andrés Salas. Agosto de 1981, Galicia, Miño”. Luisa con sus manos prendidas a la barra del carrito no ha apartado su mirada de la mirada del extraño. No tan extraño ya después de abismarse en el fondo de sus recuerdos y alzar penosamente la memoria de unos acontecimientos recónditos bajo el pesar de los años. Sí. Pero, es él realmente aquel Andresito. Pobre, qué aspecto tiene. Luisa no sabe qué quiere aquel perdido amor de su primera juventud, típica pasión de un verano, de previsible naufragio tras algunas cartas en septiembre y unas nunca repetidas vacaciones en Miño. Andresito Salas. No fueron sus primeros besos, pero sí el primer estallido en plenitud de sus cuerpos. De los dos. “Perdona que te aborde aquí. Te he buscado y seguido durante mucho tiempo sin atreverme a decirte nada. Y mira que ha sido aquí donde me he armado de valor. No te molesto. Perdona, pero no podía dejar de hacerlo. Sólo quiero decirte una cosa y me voy. Y te dejo. Sólo esto: gracias por aquel momento, por aquella noche.” Andrés Salas le sonrió, bajó la cabeza, se dio la vuelta y se alejó dando torpes pasitos con la muleta.       

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