637.

Ya has tratado de él. Se trata de Nikos Kazantzakis. Al igual que don Miguel de Unamuno, es un alma en búsqueda con dos Ítacas: su patria y Dios. El español se movió poco; el griego, mucho. Coincidieron en Salamanca en aquellos días de 1936, cuando don Miguel ya había dado la campanada y esperaba sin saberlo su cálida muerte al amor de un brasero. Hoy traes aquí uno de los libros de Kazantzakis: Capitán Mijalis, Libertad o muerte. Por unos días has revivido la pasión antigua por Grecia que consumió tus horas. Kazantzakis es un torbellino, un arrebato de pasiones por Creta, su patria originaria, por Grecia y por el ser humano. Puede parecer su temática trasnochada en estos tiempos de nulos ideales. A ti te ha avivado algunos rescoldos nostálgicos. Pero la obra responde a un espíritu vivo en aquellos tiempos que pretendían liberar Creta del dominio turco y entregarla al Reino de Grecia. A pesar del patriotismo cerril y la brutalidad de aquella sociedad que recoge el autor, Kazantzakis deja paso también a una humanidad que no podía pasarle inadvertida a quien dedicó su vida a la pesquisa de lo más esencial de hombre: el sentido. Son pocos trazos, pero los hay, hundidos entre sangre, muerte y palabras altisonantes. Al final, tu espíritu queda, como siempre, perplejo. Los ideales de aquellos griegos son los mismos de quienes aquí y ahora pretenden destrozar tu país. Y, de otro lado, recuerdas una significativa historia que te señala cómo la libertad se gana día a día, cómo los liberticidas acechan siempre ataviados con toda clase de ropajes. A fines del siglo XVIII y principios del XIX, vivió un personaje que es precursor de la lucha por la liberación de Grecia. Se llamaba Rigas Velestinlís (rebautizado como Rigas Fereos por los clasicistas). Escritor, traductor, combatiente y mártir por la libertad de Grecia, compuso una canción patriótica titulada Thourios (Θούριος) unos de cuyos versos dice: Es mejor una hora de vida libre / que cuarenta años de esclavitud y cárcel (Καλλιῶναι μιᾶς ὥρας ἐλεύθερη ζωή, / Παρὰ σαράντα χρόνοι σκλαβιὰ καὶ φυλακή). Pensaba en los turcos. En 1973, otro cantante la cantó en Córcira. Esta vez el enemigo no vestía turbante o fez, sino la gorra de plato de los coroneles.

 Nicos Casandsakis, Capitán Mijalis. Libertad o muerte, trad. de Carmen Vilela Gallego, Madrid, Cátedra, 2012. (Nota: la transcripción del nombre del autor difiere de la que usas aquí).

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636.

ESTAMPAS ANDALUZAS

También ellos se han ido. El paseo nocturno por un pueblo desierto te revela la última verdad de esta tierra oculta bajo un manto de ajado folclorismo y fementida alegría. A ellos se los han llevado, como se ha ido la esperanza, la gravedad de lo responsable, la obra bien hecha y la adusta sinceridad. Durante tu paseo por una población en la noche, sin nadie a tu alrededor salvo tu hija, ves el portal de Belén vacío. Todos los años el ayuntamiento lo instala en el parque. Con sus luces y sus cánticos. Pero el escenario estaba vacío. No había imágenes. Sólo el portal desolado, el riachuelo sin agua, el puente sin transeúntes. El pesebre sin la pareja, el niño y los animales. No hay pastores ni ovejas. Todo tan triste como un teatro sin actores. Hace un par de años, vándalos destrozaron el Belén aprovechando la noche. En aquel momento, la autoridad puso reja en el pesebre. Esta medida no arredró a los bárbaros. El portal siguió siendo devastado. Este año, a partir de una hora de la noche, viene un empleado y se lleva las figuras. Esto es Andalucía, esto es España, tierra devastada y desolada. Por sus propios moradores, mutados en los peores enemigos. El portal como metáfora. También ellos se han ido, como se han ido los mejores. Los ingenieros, los médicos, los abogados, los científicos. No están dispuestos a dejarse aniquilar por la horda.


635.

La memez de la corrección política no sólo lleva a multar a quienes niegan el Holocausto judío, o a prohibir Mein Kampf. No sólo lleva a censurar partes de la tradición occidental, a soliviantar las lenguas, a desfigurar las manifestaciones artísticas. Lleva a la negación de las esencias, a la renuncia de la libertad de expresión y de los valores de tu civilización. Y te molesta que la ofensiva de la corrección política se cebe en símbolos que amas. Las aventuras de Tintín forman parte de tu mitología personal desde que un lejano día de tu infancia descubriste unos de sus álbumes (El secreto del Unicornio, por más señas) en la casa de uno de tus amigos. Durante mucho tiempo, coleccionar sus álbumes, leerlos y releerlos fue tu consuelo, tu evasión. Montaste un club con un amigo y os autonombrasteis presidente y vicepresidente. Obligabais a tu hermana, primas y amigos a pasar un exigente examen para ser admitidos. También los obligabais a inscribirse en el club. Tiranía perfecta como sólo los niños saben imponer. Te alegras cuando te enteras por la prensa que los tribunales belgas y franceses han rechazado las denuncias de un congoleño afincado en Francia contra uno de los álbumes, Tintín en el Congo, por racismo. Pretendía el susodicho y una asociación de afines que el libro fuera retirado o, si no, que fuera considerado parte de la creación para adultos con  la constancia expresa en una nota de que su contenido era perjudicial para la infancia. No deja de ser relevante que la justificación de la sentencia no se base en la libertad de expresión, sino en que el contenido no es racista. Los jueces, además, desgranan razonamientos diversos sobre la maldad de los blancos y la bondad de los negros. Víctimas de la corrección política también los togados. La reacción de los jueces parece que llega algo tarde. Cuando toda la movida comenzó, hubo librerías en el Reino Unido que exiliaron el título a la sección de adultos. Cuánta imbecilidad reina en Europa y en Occidente. Con todo, aunque la batalla parece ganada, no estamos libres de que algún juez multicultural acceda a las peticiones del congoleño y censuren a tu amado Tintín. Te confirmas en tu idea de que la corrección política es la epifanía moderna de la vieja inquisición y sus debilidades por la censura. Tintín en el Congo no es Mein Kampf ni el Manifiesto comunista y ninguno de los tres debe ser retirado de ninguna parte.


634.

exc-uspallata

EL JARDÍN DE GRAVA

INVIERNO

como el arroyo
brusco fugaz rocoso
así la vida


633.

La aparición de los libros electrónicos y de sus soportes ha aportado incontables ventajas a los lectores. Puedes prescindir de aquellos tochos que agotaban muñecas y brazos, de los costes prohibitivos de mudanzas provocados por la acumulación de cajas y más cajas llenas de libros, del espacio devorado en los pisos minimalistas de nuestro tiempo, de las asechanzas de la humedad y el polvo. Y mil provechos más que no es cuestión de detallar. Entre todos esos beneficios hay uno que estimas el más munificente para la humanidad lectora. Ya puedes prestar libros sin el temor a que nunca te sean devueltos. Ya no vas a sufrir esos despiadados combates contigo mismo reprochándote tu cobardía al ceder con una sonrisa aquel tomo a un amigo o conocido sabiendo que lo perdías para siempre. Decía un cura que te daba Latín durante el Bachillerato que la gente más honrada, la que sería incapaz de quedarse con una peseta ajena que viera tirada en la calle, se apropiaba sin remordimientos de los libros prestados. Afortunadamente, ahora basta con que los mandes por correo electrónico o les pases una copia. Ventajas del progreso.


632.

NIÁGARA

  Não queiras, Lídia, edificar no ‘spaço
que figuras futuro, ou prometer-te
amanhã. Cumpre-te hoje não esperando.
   Tu mesma és tua vida.
Não te destines, que não és futura.
Quem sabe se, entre a taça que esvazias,
e ela de novo enchida, não te a sorte
interpõe o abismo.*

Nunca me gustó la literatura. Más que cualquier otro género, me resultaba inalcanzable e incomprensible la poesía. Soy hombre de certezas, de simetrías, de regularidades. De las artes, sólo la arquitectura y la música me pueden llegar a conmover, porque detrás de la forma que percibimos por los sentidos hay una estructura matemática que hace posible erigir edificios, ya sean de piedra, madera o ladrillo, ya sean de sonidos. Es lógico que olvidara entonces el nombre de aquel poeta. Mi esposa me leyó algunos de sus versos la víspera de mi viaje a Estados Unidos, aunque esa aparente indiferencia ante el recitado ocultaba un casi imperceptible e íntimo arañazo. A la luz de las lámparas de nuestras mesillas de noche, comentábamos el inminente vuelo hacia Nueva York. Otro más de los muchos viajes que mi trabajo me forzaba a realizar. Soy ingeniero en el departamento de investigación y desarrollo de una multinacional. Aquella noche me apetecía la posibilidad de abandonar este trasiego de aviones, hoteles y reuniones de trabajo. Estaba cansado. Necesitaba, aunque fuera sólo por una temporada, disponer de una jornada laboral que me permitiera cenar todas las noches junto a ella y mis hijos. Enlazando con mis remotos deseos salió a relucir uno que siempre me había cautivado: atravesar el Atlántico en barco. Nada de navegante solitario, ni en navío particular. Nada de semejantes locuras. Simplemente, deseaba recorrer sin prisas esta ruta que tantas veces he cubierto en avión, pegado al reloj, temiendo el cambio de horario y sus secuelas, con la ansiedad de querer alcanzar el máximo de mis capacidades profesionales en el menor tiempo posible. Deseaba viajar sin tensión, sin angustia, al mismo escenario que en numerosas ocasiones me había provocado aceleraciones agotadoras. Era un proyecto que, a tenor de como marchaban mis asuntos laborales, lo veía relegado casi a mi jubilación. Se me antojaba que un requisito imprescindible para su pleno cumplimiento era la certeza de que sería la última vez que atravesaría el océano. Lo imaginaba como una especie de reconciliación conmigo mismo y con mi vida. El poema del portugués, leído en su lengua original por Marta y luego traducido, no me afectó en aquel momento. Por ser mujer y por ser profesora de literatura tiene más sensibilidad. Y con ese poema quiso presionarme sutilmente, y tal vez sin muchas esperanzas de lograrlo por aquella impotencia mía ante el goce literario, para acelerar una petición a la empresa, la de mi cambio de departamento, aunque fuera provisionalmente. Al día siguiente, subí al avión y me instalé en mi asiento, resignado ante el denso número de horas que me aguardaba. A mi lado se sentó ella. Luego supe que tenía veintidós años. No era llamativamente hermosa, pero su juventud, sus facciones, sus gestos me provocaron un ligero desasosiego. Su mirar melancólico y la manera casi infantil con que se aferraba a su bolso de mano acabaron de atraerme. No soy mujeriego. Nunca he sido infiel a mi mujer, aunque oportunidades he tenido. Cuando mis colegas terminaban las reuniones de trabajo, había, con cierta frecuencia, quien intentaba animarme a acabar la noche con mujeres. Siempre rechacé la oferta. No por ningún sentido del deber conyugal. Simplemente, jamás me ha apetecido tanto como para ponerme a mí mismo en una situación incómoda con relación a Marta. Cenaba, tomaba una copa testimonial y, cuando llegaba el momento del alterne, me iba a mi hotel. Esta confianza en mi propia fidelidad hizo que la inquietud no me desbordara ante la atracción que la muchacha ejercía sobre mí. Tan sólo me desconcertaba que el poema de la noche anterior retumbara insistente en mi cerebro. La larguísima travesía del Atlántico facilitó, como era obvio, que la conversación prendiera entre nosotros. No soy muy hablador. No me cierro a la charla con los compañeros fortuitos de viaje, pero tampoco me apetece estar colgado de un diálogo todo el camino. Prefiero dormir, leer, ver algo la televisión, preparar el trabajo y otras cosas. Si coincido con alguien ameno, cedo a la relación coyuntural; si no, me recojo sobre mí mismo y me aíslo hasta el aterrizaje. Pero con ella fue distinto. Estuvimos charlando durante todo el vuelo. Juntos comimos y juntos nos levantábamos para estirar las piernas. Poco a poco fueron encendiéndose en mí sensaciones hacía mucho tiempo perdidas y un pellizco en el estómago me alertó de un inusitado peligro. Si me atraía su aspecto, la historia que guardaba terminó por seducirme. Había terminado de estudiar magisterio. Pensaba buscar un puesto de trabajo a partir del próximo otoño, fuera donde fuera. En principio, su vida era la normal de una chica normal. Tenía cuatro hermanos y en su casa siempre hubo una tía soltera. Su madre había muerto hacía un par de meses. Le siguió pronto su padre y yo achacaba la tristeza de su cara a la reacción ante la pérdida sucesiva y reciente de ambos. Algo de este sufrimiento había. Pero su pena se incrementaba por otra razón, más dolorosa aún, en la que incidía especialmente la veneración que sentía por su padre: “Lo único que hizo mi padre durante toda la vida hasta poco antes de su muerte, fue trabajar, dejarse la piel por la familia”. Sus palabras se esparcían con serenidad y me apresaban sin solución. “Era maestro” continuó. “En casa nunca faltó nada esencial, pero sentíamos las estrecheces. Éramos demasiados para un solo sueldo. Trabajaba durante todo el día en dos colegios y dando clases particulares. No descansaba ni en verano. Mi padre y mi madre tuvieron una vida muy dura. Su única dedicación fue, prácticamente, sacarnos adelante”. La historia que me contaba no tenía apenas disonancias con la que siempre han protagonizado innumerables personas en el mundo. Todos hemos sido testigos directos o indirectos de las dificultades que ha sufrido mucha gente para salir adelante en la vida. Nada conmovedor había en ese relato, salvo en su parte final: “Yo era la favorita de mi padre, ¿sabe?” aún guardábamos la fórmula de respeto en el tratamiento; enseguida caería de nuestros labios “y antes de morir me encargó un trabajo. Siempre había tenido una ilusión, un proyecto que, desgraciadamente, nunca llevó a cabo: ver las cataratas del Niágara. No me pregunte de dónde le vino esa ocurrencia, ni por qué precisamente esas cataratas entre las miles de cosas que hay en la tierra. Era su ilusión y no la pudo ver realizada. No hay más. Pero me encargó que yo las viera por él. Casi fue un ruego. Esperaba la jubilación para volar a Estados Unidos, pero tuvo que retrasarla lo más posible porque su pensión no daba para mantenemos a los que todavía vivíamos en casa. Poco a poco mis hermanos fueron haciendo su vida y fueron marchándose. Cuando parecía que iba a ver sus cataratas, mi madre cayó enferma. Estuvo a su lado sin descanso hasta que murió. Y todos sabemos que al morir ella, sus ganas de vivir se murieron también. Se fue consumiendo rápidamente y en poco tiempo tuvimos dos entierros en la familia”. Contaba sus desgracias con parsimonia y seguridad. Aunque sus ojos brillaron en alguna ocasión, las lágrimas no se asomaron al borde de sus párpados y mantuvo una compostura que me asombró. La compasión que sentía se iba transformando en una admiración realzada por su juventud. “Podría haber esperado” continuó “para realizar este viaje. Me dicen que tengo la vida por delante. Pero logré reunir el dinero recaudándolo entre toda la familia y me compré el billete lo más pronto que pude. Voy sólo a ver las cataratas, a mirar un momento el agua y a empaparme de sus sonidos. Y me volveré. No me gustaría tener que esperar a mi jubilación para saldar esta cuenta con mi padre”. Cuando el avión tomó tierra en Nueva York, la ayudé a recoger su escaso equipaje. Consistía en una maleta pequeña y su bolso de mano. Nada más. Tomamos un mismo taxi y la dejé en su hotel. Al día siguiente subiría a otro avión rumbo a su destino. No se iba a entretener conociendo la ciudad durante aquella escala obligada, ni disfrutándola siquiera un poco. Viajaba sola porque deseaba evitarle gastos a su familia, pero también para que nadie la tentara y convirtiera su peregrinación en algo placentero. Nos despedimos dándonos la mano. A estas alturas, también ella estaba al tanto de las circunstancias de mi vida. Aquella noche no dormí bien. Tuve pesadillas, unos sueños recurrentes. La angustia provocada por el cambio de horario y por mi trabajo se mezclaba con las palabras del poeta y la agonía del padre de la muchacha. Por unos momentos creí sentir en el sudor que empapaba mi frente, la humedad del Niágara. En el centro de todo este entramado de confusiones, cuatro figuritas salían y entraban del escenario: mi mujer, mis dos hijas y ella. Sabía cuándo iba a presentarse en los miradores y la barandilla exacta. Sabía que nunca había fallado a mi empresa ni a los míos. Sabía que me perdonarían mis colegas americanos si por una vez en muchos años les pedía tiempo para hacer un pequeño encargo. Sabía que debería buscar una excusa para que Marta no sospechara de unos movimientos tan inusuales y de los que, tal vez, se enteraría. Temía que mi conciencia se estuviese preparando para someterme durante no sé cuánto tiempo, quizá toda la vida, a su pasión favorita. Pero yo iba a estar a su lado cuando mi muchacha, mi decidida muchachita, cumpliera con su misión. Sólo eso. No pretendía más. Ésa era la coartada y la íntima justificación con las que salí en su búsqueda. La encontré a la hora y en lugar que se había fijado a sí misma. Me acerqué por su espalda. Se volvió. También sabía ella que acudiría a su lado. No había apenas turistas y, en todo caso, la intimidad del gesto que llevaba a cabo era tan profunda que incluso en medio de una turbamulta de visitantes, ella y yo nos hubiéramos sentido los únicos habitantes del planeta. Iba vestida igual que durante el viaje, dispuesta a regresar inmediatamente. En ese instante, sólo quería abrazarla y besarla después de su silencio ante el estruendo de las cataratas. Me decía a mí mismo que no deseaba más. Me lo repetía una y otra vez. Con la mano libre me cogió del brazo y me acercó a su lado. Ambos rozamos la barandilla. Su otra mano agarraba una pequeña arca de madera. ¡Dios! Sólo deseaba abrazarla y besarla. Nada más. Sólo eso. Me miró con unos ojos en los que se leía la más intensa determinación con la que pueda contar un ser humano. Me soltó y abrió la caja. Mi único deseo era contemplar su cara, sus gestos. “Mira, papá” le dijo a la caja abierta” las cataratas del Niágara”. Sorprendido por esas palabras, bajé mi vista a la caja y vi en su interior un montón de cenizas. Aquel verano hicimos mis hijas, mi mujer y yo la travesía del océano a bordo de un trasatlántico y en compañía de algunos libros de versos.


*  No quieras, Lidia, edificar en el espacio / que figuras futuro, o prometerte / mañana. Cúmplete hoy no esperando. / Tú misma eres tu vida. / No te destines, que no eres futura. / ¿Quién sabe si, entre la copa que vacías, / y ella de nuevo llena, la suerte no te / interpone el abismo? Trad. de Ángel Campos Pámpano (Fernando Pessoa, Odas de Ricardo Reis,  Pre-Textos, Valencia, 1995, pág. 42-43).


631.

Visitabas San Sebastián con un par de amigos. Principios de los años ochenta. Ibais de camping en aquel primer coche tuyo, un Renault 5 blanco, con la intención de pasar el mes de julio por Francia, Suiza, Austria y Alemania. Uno de tus amigos pertenecía a una familia de alta alcurnia y fondos económicos bien nutridos, aunque él, personalmente, para nada daba a entender por su aspecto y conducta que pertenecía a esa clase social. Los padres de este amigo tenían conocidos en la ciudad y fuimos a verlos. Especialmente, uno. Un cura. Pertenecía a alguna orden. Quizá fuera jesuita, no lo recuerdas. Vivía en un edificio de planta noble y majestuosa del centro. El hombre, ya mayor. Fue un excelente anfitrión. Nos hizo visitar los mejores lugares de San Sebastián y alrededores. De aquella visita, te quedan sólo unos pocos recuerdos. El ambiente asfixiante e insultante de los etarras sumiendo el entorno urbano en su pestilente propaganda, la comida en un restaurante del puerto de Guecho, a la que nos invitó el sacerdote, y una anécdota en boca suya. Mientras paseabais por un parque, contó el hombre que siendo niño, un día en ese mismo lugar, caminando con un amigo, un guardia civil se les acercó y los abofeteó pública o ostensiblemente. La razón fue que iban hablando en vascuence. No fue necesario que tus neuronas trabajasen más de lo habitual para entender la razón de una historia tan ajena a la conversación cordial que manteníais. Las razas viejas, puras, nobles sólo pueden lavar su honor mancillado con la sangre el ofensor.