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El pecado original de los separatismos españoles radica en la falta de unanimidad del pueblo que habita los territorios. No se puede pasar por alto que al menos, en los mejores momentos del secesionismo, la mitad de la gente que integra la región no comparte la Idea. Aunque en hipotético referendo la mitad más uno de la población optara por la separación y se obtuviese, dentro del nuevo país cohabitaría una importantísima porción que no comulgaría con el  nuevo escenario político. Esta carencia de partida obliga a los nacionalismos a radicalizar su mensaje, por cuanto deben crear más súbditos del nuevo estado. Y el único mensaje que el nacionalismo tiene a su alcance en este contexto es el odio al enemigo secular. Sin fomentar ese poderoso odio, sin aumentar hasta el ridículo el fomento del victimismo, se corre el riesgo de que la parte no afecta persevere en su error y la Idea nunca descienda redentora de las mentes de sus ideadores. No te extraña, pues, la deriva nazistoide que los catalanistas, vasquistas y demás cohorte aplican a su proyecto. No otra cosa subyace en esas apelaciones a la “unidad del pueblo” que los catalanistas han aireado a voces recientemente. El motivo es esa ley del gobierno nacional de España que pretende que las autoridades regionales paguen en colegios privados a aquellos ciudadanos cuyos hijos no quieran escolarizarse en las escuelas públicas de Cataluña donde el español está proscrito. Eso te suena: Ein Volk. El Reich lo tienen en mente con los Países Catalanes. Sólo les falta el Führer.

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