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La muerte nos humilla hasta extremos inimaginables. No sólo nos abate, no sólo sume en la inutilidad todos nuestros esfuerzos, no sólo convierte en humo nuestras ilusiones y nuestras frustraciones (nuestras, a pesar de todo). No sólo inunda de duelo a quienes nos aman. No sólo nos hace iguales a quienes no se merecen nuestra atención y nuestra presencia. Como última y punzante humillación, nos desnuda ante los demás. Deja al descubierto nuestros papeles, nuestros documentos, nuestras ropas, nuestros libros, nuestros deseos más íntimos expresados en aquella carta que nunca enviamos y que conservamos durante decenios por no lanzar a los abismos del olvido una esperanza jamás cumplida. Quienes quedan atrás entrarán con sus mejores intenciones en tus cajones, en tu ordenador, en tu biblioteca, en tus discos, en tus cuentas corrientes, en tu cartera, y husmearán, con las mejores intenciones, para dejar al aire libre tu espíritu. Y de ti sólo quedará ruina tras su paso.

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