682.

LA DESPEDIDA DE HÉCTOR

Se ha asustado. Apártalo un poco de mí. Pobre criatura. Tanto metal, tanto ropaje, tanta crin de caballo, tanta cacharrería con olor a muerte. Apártalo un poco más de mí. Ya lo he estrechado y le he dicho adiós. Es tan pequeño. No creo que nunca se acuerde de cómo se asustó al ver a su padre vestido con toda la panoplia poco antes de marchar para enfrentarse al enemigo más cruel de Troya. Mi amada Andrómaca, sé que no volveré. Estos serán nuestros últimos momentos. El beso que te dé cuando me despida, será el último beso de nuestras vidas. Ya no habrá más. Como tampoco habrá más amaneceres aferrado a tu cuerpo, sintiéndome inundado de tu olor, perfumado con tu respiración, sintiéndome poseedor del mayor de los secretos del ser humano. Tampoco habrá ya más atardeceres en los que, alumbrados por el fuego, podamos hablar de nuestras cosas; yo, de mis obligaciones guerreras y políticas; tú, de tus afanes en el hogar. No habrá más paseos al anochecer por la llanura del Escamandro, como antes de la guerra; ni por las murallas, ahora que la crueldad de Ares nos tiene a todos sumidos en el pesar y en el lamento. Todo eso será pronto pasto del recuerdo, por no decir que desaparecerá para siempre de esta tierra en la que el destino nos situó al nacer. Porque luego, cuando nos veamos en el Hades, nuestras sombras no serán sino vagos fantasmas que habrán olvidado el calor ardiente que envolvía nuestros miembros en el momento del amor y las noches en vela hablando sin cesar, sabiéndonos unidos no sólo en el cuerpo sino también en nuestro corazón. Se supone que no debería sentir nostalgia de algo que todavía existe, pero la fugacidad de este presente es tan intangible que ya puedo entenderte como parte de una vida que ha tocado a su fin. Te quiero, Andrómaca, y te he querido. Eres y has sido lo único que he amado profundamente en mi vida, por encima de mi patria y de mi familia. Y he querido a nuestro hijo. Sin embargo sabes bien que ninguno de esos sentimientos cuenta para nada si tengo que partir hoy hacia el campo de batalla. Lo que cuenta es la obligación exigida por el deber. Es inevitable, es el destino que el deber esté antes que el amor. Y, justamente, es ese deber el que me provoca otras sacudidas en mi corazón escondidas hasta ahora y que sólo ansío confesarte en este momento de la despedida. Estoy cansado, muy cansado de todo. Es agotador saber que el destino de tu patria descansa sobre tus hombros, pero los dioses me hicieron hijo de Príamo, un anciano con días de gloria en su existencia, pero incapaz en la actualidad de afrontar solo el peso de la guerra. Me hicieron también hermano de Paris, ese infame niñato, chulesco y malcriado, cuya convicción acerca de sus valores personales es tan enorme como mínima la realidad de los mismos. Desde pequeño sólo fue para mí fuente de problemas que yo debía resolver continuamente. Esta guerra no es sino el resultado de un padre anciano y de un hijo arrogante y sin cerebro. También estoy cansado de este pueblo al que supuestamente dirijo. Se dejó llevar por el patrioterismo vano de las palabras pronunciadas por mi padre cuando vio aparecer a Paris con la adúltera. Todos sabíamos que esa huida de la corte de Esparta iba a provocar un conflicto; pero los troyanos aclamaron con pasión los discursos de los notables cuando enarbolaron motivos como la patria, el honor, la dignidad del país. Los detesto tanto como a los aqueos que nos asedian. Al menos ellos luchan por un motivo justo. Nosotros luchamos por la incontinencia de un joven sin escrúpulos ni inteligencia y por el furor amatorio de una perdida. Estoy cansado, amor mío, de tantas batallas, de tanta sangre, de tanto fuego, de tantas ruinas, de tanta estupidez, de tanta palabrería. Con todo, nadie podrá reprocharme nunca que me comporté de forma indigna. A pesar de mis pensamientos, he avanzado el primero en la contienda, he defendido con todas mis fuerzas estos muros y a los ignorantes que se abrigan en su interior. Nadie me puede reprochar nada. Hasta puede que haya quien en siglos futuros hable de mí y me convierta en algo parecido a un héroe. Son las cosas de la gente. Siempre necesitan mirarse en el espejo de seres inaccesibles cuyas hazañas les salvan de la mediocridad de sus vidas. Esas hazañas van a darse pronto por concluidas. Aquiles es más fuerte, más hábil, más astuto, más experto, más joven, más apasionado, más fiero y se cree hijo de una diosa. Yo bien sé que soy un simple mortal cuya misión no es sino actuar como juguete en manos de unos seres superiores que nos manejan a su antojo. Pero es nuestro destino, mi amor. Nacemos mortales y el final de nuestros días está fijado. Por todo esto, no me resisto y me entrego a la batalla y a la muerte con serenidad. Tengo miedo, ¿por qué no revelártelo? Pero no es miedo a la muerte. Es miedo a mi miedo. Temo que en algún momento el pánico me haga retroceder, escapar. Emborronaría todo el curso de mi vida con esa acción y eso sería la mayor de las desgracias. En medio de esta desolación que es la guerra, como lo es la propia vida de cualquiera de nosotros, el permanecer con los pies firmes en el suelo, la cabeza alta, el pecho sacado y el ánimo dispuesto a recibir con orgullo el golpe final, es lo único que nos queda. Rogaré a los dioses no que me den una muerte rápida, ni siquiera una victoria que sé imposible, sino un final digno de mi vida. No quiero que estimes como herencia mi legado en bienes materiales, las riquezas, el palacio, los esclavos, no. Quiero que recibas como herencia mi mirada altiva en el momento de morir. Ojalá los dioses me concedan el cumplimiento de ese deseo. Ya tengo que irme, Andrómaca. No llores por mí, llora por esta triste ciudad y por sus tristes ciudadanos. Y ten siempre en tu corazón que te he amado, incluso cuando los dioses designen destinos más oscuros que el vivido por ti en estas horas. Siento perderte a ti y a nuestro hijo, pero si he decirte algunas palabras de consuelo, haz que imagine tu amor cómo se aproxima para mí el momento de descansar, al fin.

 

 

 

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681.

Aquella mañana de un otoño húmedo acudías a la biblioteca del Genadion en Atenas. Tenías una especie de beca para asistir al Centro de Investigaciones Bizantinas de Atenas buscando materiales para tu tesis doctoral.  Y viste en el frontón de su entrada la leyenda: Ἕλληνες καλοῦνται οἱ τῆς παιδεύσεως τῆς ἡμετέρας μετέχοντες (se llaman griegos quienes participan de nuestra formación). Te sentiste conmovido. Cuando tuviste tiempo, indagaste el origen de una sentencia que tenía todo el aspecto de pertenecer a un texto clásico. Lo hallaste en un discurso de Isócrates, el capítulo 50 del Panegírico, pronunciado en honor de las viejas glorias de la ciudad protegida por Atenea:

τοσοῦτον δ᾽ ἀπολέλοιπεν πόλις ἡμῶν περὶ τὸ φρονεῖν καὶ λέγειν τοὺς ἄλλους ἀνθρώπους, ὥσθ᾽ οἱ ταύτης μαθηταὶ τῶν ἄλλων διδάσκαλοι γεγόνασι, καὶ τὸ τῶν Ἑλλήνων ὄνομα πεποίηκε μηκέτι τοῦ γένους ἀλλὰ τῆς διανοίας δοκεῖν εἶναι, καὶ μᾶλλον Ἕλληνας καλεῖσθαι τοὺς τῆς παιδεύσεως τῆς ἡμετέρας τοὺς τῆς κοινῆς φύσεως μετέχοντας.

 Tanto ha destacado sobre los demás hombres nuestra ciudad en su capacidad para reflexionar y expresarse que sus discípulos se han convertido en maestros de otros; y ha hecho que el nombre de “griego” ya no pareciera propiedad de una raza sino de una forma de pensar y que se llamara “griegos”más a los que participan de nuestra formación que de un origen común.

Sin duda, tú también eres griego. De los de antes, claro.


680.

Pocos placeres hacen tu vida más agradable. Pocos placeres como enredarte en una novela que te exige mayor y mayor atención a cada página que pasas. Cuando sucede esa epifanía, las horas son pocas; las ansias, desmedidas; las esperas, odiosas. Tragas con glotonería líneas y líneas ávido de saber cómo se desenvuelve la trama de esos personajes cuya ausencia, al terminar el libro, te hundirán en cierta desazón curtida de nostalgia por la convivencia animal con sus peripecias. Tumbado en la cama, en el sillón, en el baño, en el tren, cualquier espacio se hace ámbito de recepción del milagro que dan a luz autores diestros, geniales en el arte esquivo de someter la voluntad lectora a su maestría. Y abandonarás tus afanes, serás negligente con tus deberes, obviarás las perezosas angustias de tu mediocre existencia redimido por esas páginas. Si Dios existiera, le darías las gracias no tanto por una vida que nunca pediste, sino por esos escasos placeres, como la lectura de una buena novela, que la hacen un poco menos escarpada.


679.

La película te llevó a la novela que, casualmente, estaba traducida al español y publicada en una edición de bolsillo. La hora final es el título tanto de una como de otra, aunque su nombre original es On the Beach y su autor Nevil Shute. El director de la película es Stanley Kramer. Ambas te impresionaron. Eran tiempos de tu adolescencia en los que la ciencia ficción llenaba tus fantasías. Ahora, vista de nuevo, no ha cambiado tu opinión sobre la película. A tu juicio, no ha pasado el tiempo por ella. Los actores son los estupendos profesionales que siempre fueron, maestros en hacer creíbles y verosímiles los personajes que interpretan y sólo te chirría un tanto ver a Fred Astaire ya anciano haciendo el papel de un científico aficionado a los coches de carreras. Hay detalles que ahora te han llamado la atención y que pasaron inadvertidos en la primera visión. Sobre todo el tono British, aunque la acción esté situada en Australia. El fin del mundo se acerca y la gente sigue con su actividad flemática de siempre. No hay saqueos ni caos. Las colas aguardan serenamente a que se les suministre unas pastillas que evitarán la muerte por radiación. Y un par de ancianos miembros de un típico club inglés sólo se preocupan por el hecho de que no les dará tiempo a terminarse las cuatrocientas botellas de Jerez que hay en las bodegas. Melancolía, tristeza y orden. Todo es reflejo de aquellos años de la Guerra Fría en los que el fin del mundo se veía tan cercano como en el año 1000, pero mucho más absurdo porque éste se debía a Dios y aquél a la estupidez de la especie humana.


678.

ESTAMPAS ANDALUZAS

 El individuo entra calmo a la oficina de correos. Con parsimonia saca un llavero de su bolsillo. Rebusca y abre con una un apartado de correos. Mira a su alrededor sonriendo. Toma sus cartas, cierra el apartado y oye cómo en el exterior alguien toca la bocina de su automóvil. El individuo cambia su sonrisa en rictus y exclama “¡Ya voy, coño!” Con idéntica tranquilidad abandona la oficina. A través de la puerta de cristal adviertes que sube a un coche que estaba detenido justo delante de la entrada. Previamente, con un gesto típico exige calma de quien aguarda impaciente que el dueño del vehículo que obstaculiza el tránsito aparte el trasto de la calle. Se escuchan comentarios entre los parroquianos que están en el local. “La gente no tiene paciencia”, “Por dos minutos, ¡cómo es la gente!”, “Los hay con prisas. Pues que se calmen que les va a dar un infarto”, “¿Se han creído que esto es Barcelona?”, y demás palabras de tal jaez. Y piensas que en este pueblo con mucha frecuencia, el intento de atravesarlo en  coche requiere de una salud mental propia del Santo Job. Cada cincuenta metros, alguien se para y se pone a charlar con un transeúnte. Cuando quien te precede considera que ya está bien de conversación, continúa la marcha. Al poco, otro coche se para, baja una mujer y entra en la tienda de ropa al borda de la acera. ¿Para qué pitar? Primero porque es inútil y luego porque la ira colectiva puede caer sobre tu cabeza. Por supuesto, tras un buen rato, la señora sale de la tienda con  su bolsa, sube al coche y su marido arranca complacido. Delicias de la vida rural.


677.

El final de la carta enviada por la Plataforma Antidesahucios a UPyD te evoca viejas estampas de la historia de España. La actitud de los redactores y exigentes de esa misiva se te antoja idéntica a la de aquellos sacerdotes que acompañaban a los conquistadores en sus asendereadas correrías por las Américas. Se sabe que en el momento de topar con indígenas, la costumbre no era entrar a saco y degollina, sino que el páter les soltara una cariñosa recomendación en latín para que se convirtieran a la verdadera religión y aceptaran voluntariamente ser súbditos del rey de España. Caso de que el indígena consintiera, todo eran parabienes. Al principio, claro; que luego vendrían la viruela y la encomienda. Caso de que el indígena se negara, entonces sí acontecía la degollina y el saqueo. Los progres no hacen continuamente sino darte razones para identificar la progresía con el viejo espíritu católico. Con dos diferencias notables. Es siempre mejor la copia que el original. Y cuando el cristiano es coherente, abandona todo y se entrega a los demás sin pedir nada a cambio; cuando un progre es coherente, se convierte en un burócrata para el que millones de asesinatos son una anécdota sin relevancia.


676.

La metafísica nace con un pecado original del que no se ha librado en sus dos mil quinientos años de existencia. Todo surge de darle contenido semántico a un término cuya característica es, precisamente, carecer de significado. El verbo “ser”, como es sabido por cualquier lingüista o filólogo, tiene como única función convertir un sintagma nominal en oración. Nada más. Esto es así en las lenguas de origen indoeuropeo, una de las cuales es el griego. De hecho, es frecuente que el verbo “ser” se omita porque el hablante-oyente no lo necesita para entender que se está ante una proposición. Lo que hizo Parménides y con él toda la metafísica posterior, es conferirle significado, obviando el importante hecho de que lo significativo no es el verbo sino los atributos. El verbo “ser” es inconcebible sin sus atributos. Podrías decir que, de hecho, la verdad se halla en los atributos, hay que desvelarla escudriñando en los atributos. Tal vez por esa razón, la metafísica se ha enredado siempre en un envolvente y enredoso juego de palabras. Porque, sencillamente, el “ser” está vacío.