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La metafísica nace con un pecado original del que no se ha librado en sus dos mil quinientos años de existencia. Todo surge de darle contenido semántico a un término cuya característica es, precisamente, carecer de significado. El verbo “ser”, como es sabido por cualquier lingüista o filólogo, tiene como única función convertir un sintagma nominal en oración. Nada más. Esto es así en las lenguas de origen indoeuropeo, una de las cuales es el griego. De hecho, es frecuente que el verbo “ser” se omita porque el hablante-oyente no lo necesita para entender que se está ante una proposición. Lo que hizo Parménides y con él toda la metafísica posterior, es conferirle significado, obviando el importante hecho de que lo significativo no es el verbo sino los atributos. El verbo “ser” es inconcebible sin sus atributos. Podrías decir que, de hecho, la verdad se halla en los atributos, hay que desvelarla escudriñando en los atributos. Tal vez por esa razón, la metafísica se ha enredado siempre en un envolvente y enredoso juego de palabras. Porque, sencillamente, el “ser” está vacío.

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