704.

En esta línea de razonamiento, encontramos un apreciable punto de diferencia entre la consideración que hacen de la filosofía los antiguos y los modernos. Mientras las teorías en la Antigüedad no están férreamente jerarquizadas, ni forman un todo compacto -de hecho, muchas “teorías” filosóficas antiguas no arman propiamente una “teoría”-, gran parte de las éticas modernas toman como ideal el modelo de la derivación y la deducción formales como base para exponer el pensamiento y, presumiblemente también, para protegerlo de la crítica. Descartes, Leibniz y, muy en particular, Spinoza confían buena parte del éxito de sus cogitaciones a la solidez y garantía del argumentar more geometrico.

Aunque pueden encontrarse precedentes ilustres –verbigracia en Platón- en los que la estructura del saber científico (matemática, para más señas) actúa a modo de pauta y patrón de la exposición filosófica, después de Aristóteles serán pocos los filósofos que sigan la senda metodológica del paradigma científico puro. El motivo es muy simple: para la ética antigua, el modelo especulativo y teórico de conocimiento no es directamente aplicable al saber práctico. Es más, la moral apunta hacia un horizonte referencial de pensamiento y acción en el que ambas instancias -la teórica y la práctica- son inseparables. La perspectiva de la praxis resulta de esta forma inspirada en la techne, es decir, en la destreza práctica y la conducta efectiva, y no tanto en la episteme. Buena parte de la polémica entre los sofistas y Sócrates / Platón tiene como principal base argumental, justamente, la oposición techne / epísteme.

Por el contrario, y considerando el asunto en términos generales, la prioridad ética en los modernos es más teórica que práctica. Para éstos, el sujeto moral es un “agente moral”; no tanto una persona que determina lo que es correcto, a fin de llevarlo a cabo, cuanto la persona que concibe la determinación de lo que es correcto al objeto de justificar en temimos de reglas y principios, qué decisiones y acciones deberían tomarse y recibirse. Surge, de esta manera, una fascinación – casi diríamos, una obsesión, que recorre buena parte del pensamiento moderno y contemporáneo- por la fundamentación de la moral hasta el punto de estimarla como el elemento característico y definitorio de toda investigación moral. Este énfasis en la fundamentación de la moral ha llegado en muchos casos a oscurecer la sustanciación de la misma, lo que representa una particular expresión de cómo la forma puede llegar a humillar a la materia.

Fernando Rodríguez Genovés, Marco Aurelio. Una vida contenida, Madrid, Evohé, 2012, pp. 17-19.

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703.

SOBRE EL PODER

y II

Cuando el espíritu de Roma se apoderó del cristianismo, esa oscura religión de unos disidentes judíos pasó de ser una posible idea de hermandad universal a un concepto que dividió la humanidad entre los creyentes (sometidos) y los no creyentes (rebeldes). Y como secuela, aparecieron los hipócritas y los fariseos que fingían someterse sin hacerlo más que para sacar beneficios o, simplemente, sobrevivir. En los tiempos modernos, el respeto a la naturaleza, por poner uno de los innumerables ejemplos, cumple un papel similar. Nadie en su sano juicio rechazaría el cuidado del entorno natural. Pero cuando el poder ve en ese concepto una buena idea para someter a los demás y surge el ecologismo, vemos de nuevo el proceso de degradación en marcha. Aparece la perversión del concepto al ser utilizado como arma de sumisión y obediencia o de marginación y opresión. Y, de igual modo, se erigen los hipócritas que se ufanan de ser ecologistas, pero sólo de palabra o ante la presencia de los inquisidores.


702.

SOBRE EL PODER 

I

El poder precisa de conceptos para mover a la sumisión. La gente no obedece porque sí. La infinita ansia de libertad del ser humano requiere no sólo la fuerza bruta para ser domeñada, sino también unas ideas que justifiquen la obediencia en el sumiso y la represión del rebelde. Una vez el poder capta la virtualidad dominadora de un concepto se inicia un proceso que tiene dos consecuencias fundamentales. La primera es la perversión del concepto. Buenas nociones se emplean como armas. Porque a partir del instante en que el poder considera relevante dicho concepto, se erige la barrera que distingue los buenos de los malos, es decir, los que se someten y los que se oponen a la sumisión. Un buena idea, así, una vez en manos del poder acaba convertida en un instrumento de prebendas frente a opresión; o de tranquilidad mostrenca frente a incomodidad en el más liviano de los casos. La segunda consecuencia es la hipocresía. Siempre habrá sectores más o menos amplios de las turbas que obedecerán sólo por la presión del poder, no por convencimiento.


701.

Dijeron que querían visitar la India. Pero, conforme a sus ideas, nada de ir en grupos organizados por agencias de viajes. Tampoco tenían inquietudes espirituales como para acudir a un ashram o a frecuentar algún gurú. Nada de eso. Mochila a la espalda e inmersión entre la auténtica gente de aquel fascinante país. Trenes, autobuses, casas de huéspedes. Y han regresado echando pestes de aquello. Los espirituales hindúes no veían en ellos más que sacos de dólares o de euros. La vida diaria era una guerra contra todos. Y no querían ni hablar de las diarreas y los cólicos. No volverán nunca, afirman enojados. Al menos lo hippies eran auténticos.


700.

Hay otro aspecto mucho más importante y radical. El humanismo, en su esencia, es crítica: crítica de textos y crítica de ideas. Empieza por restablecer los textos en su pureza original, expurgándolos de los defectos de que estaban plagados por la ignorancia de generaciones de copistas, y sigue ejerciendo este espíritu de crítica aplicándolo a las ideas expresadas en estos textos. La crítica textual se prolonga en una crítica ideológica y en este camino no perdona a nada ni a nadie: la Biblia está sometida a examen y revisión lo mismo que una edición de Virgilio; las interpretaciones tradicionales pasan por una revisión despiadada; todo, al fin y al cabo, puede ser el objeto de discusión. La filología, ciencia por antonomasia de los humanistas, es ante todo crítica y por lo tanto, subversión. Tarde o temprano, la actitud debeladora y demoledora de la crítica humanística tenía que tocas los fundamentos de la sociedad estamental, el señorío, la nobleza heredada o adquirida. 

*                  *              *

Aquellos autores que, a finales de la Edad Media, iniciaron la renovación intelectual, característica de los tiempos modernos, pretendieron cultivar lo que ellos llamaban “letras de humanidad” o “letras humanas”. Letras, es decir, no literatura, sino conocimientos científicos ; letras humanas, o sea, ciencia profana, por oposición a las letras sagradas, a la ciencia de Dios. Los humanistas proclamaron así la autonomía de la ciencia profana, digna de ser estudiada en sí misma y no como mera introducción a la teología, y emanciparon la cultura de la tutela de la religión.

*                  *              *

El humanismo es esencialmente crítica y espíritu crítico: se trata de someter a examen todas las ideas establecidas que los doctores de toda clase, los expertos encerrados en su especialidad, presentan al público como otros tantos dogmas que habría que acatar sin discusión. (…) En el siglo XVI, los expertos eran los doctores escolásticos; hoy serían todos los especialistas que, atrincherados detrás de un saber técnico pretenden detener la verdad e imponer su dictamen a una opinión pública que consideran incapaz de entender los problemas porque no se toman la molestia de darle las explicaciones necesarias en un lenguaje apropiado. (…) Lo primero que exigen los humanistas a los doctores es que no traten de escudarse detrás de un lenguaje esotérico, una jerigonza inaccesible, no sólo al común de los mortales, sino al hombre medianamente culto.

 Joseph Pérez, Humanismo en el Renacimiento español, Madrid, Gadir, 2013, pp. 108-109, 128 y 131.


699.

cerca7

EL JARDÍN DE GRAVA

PRIMAVERA

la primavera
o la insolencia pálida
de los cerezos


698.

Joseph Pérez, con esa mezcla tan exótica de nombres, es uno de los hispanistas franceses más renombrados. Lees su recopilación Humanismo en el Renacimiento español. Con mucha frecuencia es repetitivo porque el libro nace de la recopilación de artículos diversos. Pero justamente esa reiteración hace que te queden claros unos conceptos de un modo que nunca antes habías hallado respecto al humanismo. Así, acabas sabiendo que el humanismo fue cosa más de aristócratas que de burgueses; que el humanismo emplea la filología para hacer una crítica de textos que se traslada a la crítica de los contenidos, de ahí su actividad iluminadora de nuevos horizontes intelectuales;  que la exigencia de claridad en el estilo escrito va contra el oscurantismo de los doctores de las letras sagradas, lo que junto al cultivo de unas letras profanas, que debemos entender por lo que hoy llamamos “ciencia”, da un giro al conocimiento humano. El humanismo no fue antirreligioso, sino reformador de la religión para recuperar su esencia. Y lo que más te llamó la atención, a partir de la ausencia del elemento religioso en La Celestina, Pérez extiende el análisis hasta recuperar la existencia de una corriente intelectual atea entre los judíos y los conversos, de la que brotaría Spinoza. Libro breve e interesante.

 

Joseph Pérez, Humanismo en el Renacimiento español, Madrid, Gadir, 2013.