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Hay otro aspecto mucho más importante y radical. El humanismo, en su esencia, es crítica: crítica de textos y crítica de ideas. Empieza por restablecer los textos en su pureza original, expurgándolos de los defectos de que estaban plagados por la ignorancia de generaciones de copistas, y sigue ejerciendo este espíritu de crítica aplicándolo a las ideas expresadas en estos textos. La crítica textual se prolonga en una crítica ideológica y en este camino no perdona a nada ni a nadie: la Biblia está sometida a examen y revisión lo mismo que una edición de Virgilio; las interpretaciones tradicionales pasan por una revisión despiadada; todo, al fin y al cabo, puede ser el objeto de discusión. La filología, ciencia por antonomasia de los humanistas, es ante todo crítica y por lo tanto, subversión. Tarde o temprano, la actitud debeladora y demoledora de la crítica humanística tenía que tocas los fundamentos de la sociedad estamental, el señorío, la nobleza heredada o adquirida. 

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Aquellos autores que, a finales de la Edad Media, iniciaron la renovación intelectual, característica de los tiempos modernos, pretendieron cultivar lo que ellos llamaban “letras de humanidad” o “letras humanas”. Letras, es decir, no literatura, sino conocimientos científicos ; letras humanas, o sea, ciencia profana, por oposición a las letras sagradas, a la ciencia de Dios. Los humanistas proclamaron así la autonomía de la ciencia profana, digna de ser estudiada en sí misma y no como mera introducción a la teología, y emanciparon la cultura de la tutela de la religión.

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El humanismo es esencialmente crítica y espíritu crítico: se trata de someter a examen todas las ideas establecidas que los doctores de toda clase, los expertos encerrados en su especialidad, presentan al público como otros tantos dogmas que habría que acatar sin discusión. (…) En el siglo XVI, los expertos eran los doctores escolásticos; hoy serían todos los especialistas que, atrincherados detrás de un saber técnico pretenden detener la verdad e imponer su dictamen a una opinión pública que consideran incapaz de entender los problemas porque no se toman la molestia de darle las explicaciones necesarias en un lenguaje apropiado. (…) Lo primero que exigen los humanistas a los doctores es que no traten de escudarse detrás de un lenguaje esotérico, una jerigonza inaccesible, no sólo al común de los mortales, sino al hombre medianamente culto.

 Joseph Pérez, Humanismo en el Renacimiento español, Madrid, Gadir, 2013, pp. 108-109, 128 y 131.

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