726.

José Ángel Valente y José Lara Garrido escriben en Hermenéutica y mística: San Juan de la Cruz sendos capítulos y compilan un conjunto de artículos sobre el santo y las relaciones entre la exégesis textual a la postmoderna y la mística. El interés del libro vino más por aquello de la mística que por lo de hermenéutica. La segunda palabra, aun cuando de jugoso contenido en la tradición, no abrigaba más que sospechas de logorrea incontinente y vacua. Así ha sido en algunos capítulos; pero en otros, ha habido aclaración de conceptos y aportaciones a tu comprensión del aspecto formal de la experiencia mística. O mejor dicho, del intento de expresar a través del poema (o de la prosa en los propios comentarios del santo) ese fenómeno tan inexpresable como es la sensación de trascendencia experimentada en un momento concreto de la existencia. Separando la paja del grano, libro interesante.

José Ángel Valente & José Lara Garrido (eds.), Hermenéutica y mística: San Juan de la Cruz, Madrid, Tecnos, 1995


725.

rosa_amarilla

EL JARDÍN DE GRAVA

PRIMAVERA

rosa de luz
el instante se apaga
ante tu brillo


724.

El rey persa Ciro ha conquistado Sardes, la capital de Lidia, y apresado a Creso, su rey. En su generosidad de vencedor, Ciro le perdona la vida y los bienes. Sólo lo obliga a desentenderse de cualquier asunto relacionado con la guerra. En el curso de una entrevista inmediatamente después de la derrota, Creso le narra a Ciro cómo su falta de atención al oráculo délfico de Apolo lo condujo a la desgracia.

πέμπω κα περωτ τν θεν τί ν ποιν τν λοιπν βίον εδαιμονέστατα διατελέσαιμι· δέ μοι πεκρίνατο, σαυτν γιγνώσκων εδαίμων, Κροσε, περάσεις. [21] γ δ’ κούσας τν μαντείαν σθην· νόμιζον γρ τ ῥᾷστόν μοι ατν προστάξαντα τν εδαιμονίαν διδόναι. λλους μν γρ γιγνώσκειν τος μν οόν τ’ εναι τος δ’ ο· αυτν δ στις στ πάντα τιν νόμιζον νθρωπον εδέναι. [22] κα τν μετ τατα δ χρόνον, ως μν εχον συχίαν, οδν νεκάλουν μετ τν το παιδς θάνατον τας τύχαις· πειδ δ νεπείσθην π το σσυρίου φ’ μς στρατεύεσθαι, ες πάντα κίνδυνον λθον· σώθην μέντοι οδν κακν λαβών. οκ ατιμαι δ οδ τάδε τν θεόν. πε γρ γνων μαυτν μ κανν μν μάχεσθαι, σφαλς σν τ θε πλθον κα ατς κα ο σν μοί. [23] νν δ’ α πάλιν πό τε πλούτου το παρόντος διαθρυπτόμενος κα π τν δεομένων μου προστάτην γενέσθαι κα π τν δώρων ν δίδοσάν μοι κα π’ νθρώπων, ο με κολακεύοντες λεγον ς ε γ θέλοιμι ρχειν, πάντες ν μο πείθοιντο κα μέγιστος ν εην νθρώπων, π τοιούτων δ λόγων ναφυσώμενος, ς ελοντό με πάντες ο κύκλ βασιλες προστάτην το πολέμου, πεδεξάμην τν στρατηγίαν, ς κανς ν μέγιστος γενέσθαι, [24] γνον ρα μαυτόν, τι σο ντιπολεμεν κανς μην εναι, πρτον μν κ θεν γεγονότι, πειτα δ δι βασιλέων πεφυκότι, πειτα δ’ κ παιδς ρετν σκοντι· τν δ’ μν προγόνων κούω τν πρτον βασιλεύσαντα μα τε βασιλέα κα λεύθερον γενέσθαι. τατ’ ον γνοήσας δικαίως, φη, χω τν δίκην.

Mando unos emisarios y pregunto al dios qué debo hacer para pasar el resto de mi vida del modo más feliz. Y él me respondió: “Conócete a ti mismo, Creso, y serás feliz”. [21] Cuando hube oído el oráculo, me alegré, porque creía que el dios me había concedió la felicidad mediante una orden muy fácil. Es posible que de los demás a unos los conozcas y a otros no, pero creía que cualquier ser humano sabe sobre sí mismo quién es. [22] A partir de ese momento, mientras gocé de tranquilidad, ningún reproche le hice a la fortuna tras la muerte de mi hijo. Sin embargo, fui persuadido por el rey de Asiria de emprender una campaña contra vosotros y en aquella ocasión incurrí en toda clase de peligros. Me salvé, bien es cierto, sin recibir ningún mal. Ni siquiera acuso al dios de esos hechos. Porque una vez reconocí gracias al dios que yo no tenía suficiente capacidad de enfrentarme a vosotros, nos retiramos con seguridad tanto yo mismo como mis hombres. [23] Reblandecido en esta ocasión otra vez por la riqueza presente, por quienes me pedían que fuera el comandante en jefe, por los regalos que me dieron y por los hombres que aduladoramente me decían que si yo aceptaba ser el jefe, todos me obedecerían y sería el más grande de los hombres, hinchado por tales palabras, cuando los reyes que me rodeaban me eligieron comandante en jefe para la campaña, acepté el cargo de general en la idea de que era capaz de llegar a ser el más grande. [24] En mi ignorancia sobre mí mismo, creía que era capaz de enfrentarme a ti. Pero en primer lugar, tú tienes un origen divino; luego, has nacido en una familia de reyes y, finalmente, te estás ejercitando en la excelencia desde niño. En cambio, tengo oído que entre mis antepasados, el primer rey lo fue al tiempo que ganó su libertad. Como ignoré tales hechos –dijo- me veo sometido justamente a la justicia.  

Jenofonte, Ciropedia, VII 20-24.


723.

RESUEÑOS

 Hoy en día las madres no mandan a sus hijos a la tienda de ultramarinos para que compren esa lata de aceitunas que les falta para la ensalada, ni a la mercería por un carrete de hilo azul necesario para terminar esa falda que espera la boda de tal o cual primo y que sea del mismo color que la muestra porque Finita parece ciega; ni a la frutería para que traiga un kilo de naranjas y cuidado de que no te engañen en el peso y fíjate bien para que no te cuelen de rondón alguna que esté podrida. Probablemente, ni siquiera existan hoy en día ya tiendas de ultramarinos, ni mercerías, ni fruterías como las que conocimos. Hoy en día las madres tienen, tenemos, a los hijos entre algodones, preocupadas de que lleven al día sus clases de inglés, de judo o de informática después del colegio; pendientes del calendario de vacunaciones o de que no salgan solos a la calle, que hay mucho coche despepitado y mucho maníaco suelto por esos mundos que se extienden fuera de los cuatro muros protectores del piso. En mi infancia, en nuestra infancia, las cosas eran diferentes. Primero, porque vivíamos en un pueblo y segundo, porque en aquellos días no había coches por las calles ni salvajes ocultos detrás de los árboles para secuestrar, violar y matar. Era otro mundo. Podíamos estar jugando hasta la madrugada en verano sin mayor problema que la molestia de una madre preguntando a los vecinos si habían visto a su niño, y siempre había alguien que daba buena cuenta del paradero de la criatura. Nunca pasaba nada y si el destino se convertía en una alimaña para alguno de nosotros, era por la mala suerte de una tos mal curada o de alguna enfermedad irreversible o de una caída fortuita desde un árbol por hacer malabarismos tan insensatos como esperables en esos personajillos sin conciencia que éramos todos a esas edades. Eran otros tiempos. No había televisores y nuestra mitología personal se inspiraba en tebeos y cuentos donde princesas llenas de tules rosados se enamoraban de príncipes realmente azules. De aquella edad recuerdo uno de los momentos más agradables. Está impreso con intensidad en mi memoria. Era cuando parábamos a la vuelta de los mandados, cuando iba acompañada de mis amigas, también de Pilar. Veníamos cargadas de bolsas. Tendríamos diez u once años. Nada que ver con lo que hoy vemos. Hoy en día ninguna madre hace llevar a sus hijos bolsas repletas de frutas o de lentejas o garbanzos o verduras desde la plaza. A nosotras sí nos encargaban esas tareas y las cumplíamos protestando no por una supuesta infracción de un código de derechos que nadie en aquellos tiempos conocía ni imaginaba, sino porque interrumpía un juego o una conversación que ya empezaban a protagonizar los muchachitos que nos rodeaban. Veníamos soportando el peso cuesta arriba. Porque hay que ver las cuestas que tiene el pueblo. No se me ha olvidado el esfuerzo que debíamos hacer al regresar de la plaza o de la tienda ascendiendo sin parar y con el cargamento. Por esta razón, antes de llegar a nuestras casas mis amigas, entre las que estaba Pilar, y yo nos deteníamos unos momentos ante el portal de Encarnita. Era una mujer mayor, casada y sin hijos que adoraba a los niños. Su puerta, como todas entonces, estaba entornada y sin cerrar. Pasábamos sin llamar porque sabíamos que a Encarnita no le importaba; es más, estaba deseando vernos irrumpir para agasajarnos con algún refresco y algunas golosinas que siempre nos tenía reservadas. Luego, nos sentábamos un ratito en una especie de tresillo de madera y anea que dormitaba plácido en el patio central de su casa y cuya función parecía ser la de acogernos en nuestros descansos. Nunca vi a nadie sentado allí salvo nosotras. Entonces, nos poníamos a fantasear. Hacíamos resueños. Los resueños eran el producto de los revoloteos de nuestra imaginación. La más atrevida en sus ocurrencias era Pilar, siempre Pilar. Nos contábamos unas a otras las historias que nos gustaría vivir y en las que aparecían plagiados los argumentos y motivos de los cuentecitos que leíamos. Había palacios deslumbrantes, príncipes maravillosos, carrozas y caballos. Nos sentíamos protagonistas de historias sólo adivinadas a través de las viñetas o de los párrafos de aquellos tebeos que nos cambiaban en el quiosco de Fermín a cambio de unos céntimos. Hacíamos resueños, maravillosos resueños tiunfantes de amor y castos besos, de sedas y encajes, de confituras y pasteles. Una vez agotado nuestro depósito de resueños, le decíamos adiós a Encarnita y concluíamos el resto de nuestra etapa. Llegábamos a casa y nuestras madres revisaban con ceño fruncido el contenido de las bolsas para dejarnos claro que las lentejas parecían tener más piedrecillas que legumbres, o que las manzanas eran muy pequeñas. Al final, volvíamos a la calle a jugar y a hacer resueños. También Pilar tenía sus resueños, como todas nosotras. Luego, la vida nos puso a cada una en nuestro sitio. Nuestros resueños quedaron en poco o en nada. Es lógico que fuera así, pero estaréis de acuerdo conmigo en lo injusta que ha sido la vida con Pilar. Al final, el palacio de sus resueños se convirtió en un hogar insufrible, el príncipe azul en un marido asesino y la carroza dorada en un coche fúnebre sin más color que el negro.


722.

La democracia moderna es un invento anglosajón. Ésa de la separación de poderes, de la seguridad jurídica, del estado de derecho, de la libertad y demás. Ésa de la responsabilidad individual y del civismo. Y sólo ha florecido entre los pueblos de mentalidad anglosajona. Por afinidad religiosa y de otro tipo, ha logrado extenderse tras la II Guerra Mundial a otros territorios de abolengo germánico. Y ya está. Los pueblos mediterráneos europeos no llevan la democracia en sus mentes. Las razones quedan para otro momento. E incluyes a Francia, cuyo experimento revolucionario fue una escabechina, por más que sus apologistas la ensalcen. Con parecidos objetivos, piénsese, en comparación qué moderadamente, cómo revolucionaron los ingleses en el siglo XVII y los norteamericanos en el siglo XVIII. En cuanto a España, aquí no hay demócratas. Esos que presumían, una vez muerto el General, de haber luchado por la democracia no pretendían sino quitar una dictadura para poner otra más cruel. Por eso, el espectáculo que contemplamos hoy en España es normal. La democracia en nuestro país es un artefacto tan ajeno como pretender escribir nuestra lengua con ideogramas chinos. Así, que arreando que es gerundio y a apañárnoslas como podamos con un delicioso sucedáneo.


721.

Se te antoja que el truco es el siguiente. Primero, el sabio toma la realidad rastrera de cada día que atormenta a la par que da algún somero placer a cualquier mortal. En segundo lugar, el prócer inventa un lenguaje lo más abstruso posible para exponer esa realidad. En tercer lugar, el gurú ofrece tal mejunje al colectivo de personas consideradas cultas. Éstas desgañitarán, estrujarán, retorcerán sus neuronas para entender el galimatías. Cuando, al final gracias a los eones empleados en el frotamiento con la neolengua, el lector sagaz consigue descifrar el engendro, su alegría es tal que el simple hecho de haber triunfado sobre la oscuridad ensombrece la radical obviedad del contenido. Creerá haber descubierto la cosa en sí, cuando sólo ha logrado descifrar esa especie de lengua en cuneiforme. A partir de ahí, si el interesado se vuelve partidario, utilizará la neolengua para seguir trillando obviedades y ello le facilitará un hueco en la secta. Y ponencias en congresos (o sea, hoteles de cinco estrellas, restaurantes de cinco tenedores), artículos en periódicos, tal vez televisión y radio, fama, prestigio y oráculos. De ese modo, solemnes embaucadores pasan por eminencias del pensamiento. En otras palabras, contemporaneidad a todo trapo.


720.

membrillo_florido

 EL JARDÍN DE GRAVA

PRIMAVERA

verdes luciérnagas
el membrillo despierta
tras el invierno