751.

EL GENIO GRIEGO

Σωκράτης·

ὦ φίλε Πάν τε καὶ ἄλλοι ὅσοι τῇδε θεοί, δοίητέ μοι καλῷ γενέσθαι τἄνδοθεν· ἔξωθεν δὲ ὅσα ἔχω, τοῖς ἐντὸς εἶναί μοι φίλια. πλούσιον δὲ νομίζοιμι τὸν σοφόν· τὸ δὲ χρυσοῦ πλῆθος εἴη μοι ὅσον μήτε φέρειν μήτε ἄγειν δύναιτο ἄλλος ἢ ὁ σώφρων.

 Sócrates:

Amigo Pan y cuantos otros dioses aquí moráis, desearía ser bello en mi interior; y cuanto tengo en el exterior me sea compañero de lo interior. Desearía considerar rico al sabio y que para mí fuera una fortuna en oro todo aquello que nadie excepto el hombre sensato pueda cargar ni llevar.

 Platón, Fedro, 279b-279c

Anuncios

750.

ODISEA

Le impresionó desde su infancia. Siempre recordó aquella edición infantil en la que un texto ahormado a la edad del lector supuesto se enardecía con ilustraciones en blanco y negro. Mutados en dibujos, aquellas Sirenas hiladas en finas líneas, aquellas Circe y Calipso, aquellos pretendientes, aquella Penélope enredada en una tela eterna dejaron paso a una versión completa de la obra. Rozaba los catorce años y la enajenación continuaba, se agrandaba. Estudió griego para poder escalar a las palabras originales. Entre las peripecias de Odiseo pasó la vida, imaginó sus horas como una travesía rumbo a una Ítaca soñada de la que nunca partió pero a la que esperaba regresar en un giro inverosímil de la lógica existencial. Forzó el encaje de sus experiencias, padecimientos, reveses y placeres en el molde de una Odisea pretendida en su imaginación. Sólo en el momento de morir supo que aquella Ítaca a la que volvía era la misma Nada de la que había zarpado setenta y cinco años antes.


749.

PLANETA

Las sondas habían estado informando durante años sobre las características del planeta. Escasa vegetación, agua y atmósfera. Vida también. Ciertos animales recorrían la superficie y era de sospechar la existencia de insectos y, lógicamente, organismos unicelulares. No eran descartables seres inteligentes, como se confirmó cuando la nave Argos descendió y tomó tierra en un paraje bautizado como Meseta CG-201. La tripulación se esmeró durante el tiempo del que disponían hasta la próxima conjunción del pasillo cuántico 23-H. Aquellas personas se parecían a los humanos, si acaso más delgados, más oscuros y de piel más endurecida. Llamó especialmente su atención el régimen de vida, que complicó el acceso a su estudio por el científico social de la expedición. No había ciudades, ni pueblos. Los hombres erraban toda su vida buscando la mujer con la que convivir hasta que quedara preñada, diera a luz y pasara un año. Luego, movidos por el instinto, partían a la búsqueda de una nueva pareja. Las mujeres eran sedentarias, cultivaban la tierra y criaban a unos hijos que en una determinada edad, siguiendo el curso de la naturaleza, se alejaban del hogar. A la hora de partir, los ruegos de los compañeros no impidieron que el científico se hiciese con un morral, unas pieles y se echase a caminar por aquel planeta.


748.

BREVÍSIMA HISTORIA DE LAS IDEAS POLÍTICAS

Año 538 dC. Al borde de su resistencia, los romanos piden a Belisario una batalla decisiva contra los sitiadores godos. Habla el general de Justiniano, que prefiere otra estrategia:

 ἐγὼ γὰρ πάλαι οἶδα δῆμον ὅτι πρᾶγμα ἀβουλότατόν ἐστι, καὶ οὔτε τὰ παρόντα φέρειν πέφυκεν οὔτε τὰ μέλλοντα προβουλεύεσθαι, ἀλλ̓ ἐγχειρεῖν μὲν εὐπετῶς ἀεὶ τοῖς ἀμηχάνοις, διαφθείρεσθαι δὲ ἀνεπισκέπτως ἐπίσταται μόνον.

Me consta desde siempre que el pueblo es algo de lo más irreflexivo y que por naturaleza ni soporta el presente ni es precavido ante el futuro. Sabe, antes bien, acometer con ímpetu sólo lo que no tiene solución y destruirse sin pensarlo.

Procopio de Cesarea, Historia de las guerras, VI 3.24.


747.

EXPIACIÓN

No hay chimenea en el apartamento para los papeles, las carpetas, los cuadernos. En su lugar, el hombre, tijeras alzadas, los desmenuza parsimoniosamente. Es la mejor manera de reducir a la inconsistencia las expresiones de su creatividad literaria. Con el ordenador fue mucho más fácil. Bastó con la tecla, la orden oportunas y el cosmos de palabras quedó sumido en el limbo de lo que jamás existió. Todo resulta tan simple. Aniquilar es un objeto más cómodo que la erección de monumentos cuya pretensión alberga una perennidad mayor que el bronce, pero que acaban viéndose resueltos en una fragilidad más volátil que el humo. No se salvan los dibujos, cuyo destino soñado fueron otras miradas, igual que los escritos, y que nadie nunca apreció lo suficiente como para dar algo por ellos. Y no piensa en dinero, sólo en un mínimo reconocimiento. No se salva de la fiereza esa música moldeada con febrilidad que padeció siempre similar conclusión de singladura, unos bajíos traicioneros o unos puertos cerrados. Cuarenta años de creación estéril yacen en el olvido o en las trizas. En adelante y como ha sido desde que nació, el hombre sufrirá, pero  en silencio.


746.

SCHOOLBUS

 Primer día de clase tras las vacaciones, y la chavalería atrona el pasillo. Primer día para el conductor, y rictus en unos labios que irán contrayendo su hastío lentamente, jornada a jornada, hasta la punta de la larga cadena de meses. Primer día, y madres que van despidiendo desde la acera uno por uno, parada tras parada, a los niños en el día de un nuevo septiembre. Sus manos se airean en despedida al otro lado del parabrisas posterior con idéntica velocidad que los recuerdos de la playa, del pueblo de la abuela o del salón con aire acondicionado, ventiladores y abanico. La figura de cada mujer se va desvaneciendo en el frescor de la mañana y en el interior, pastoreada por una maestra joven de entusiasmo inexplorado, la chavalería se desvela alegre. Son los mismos que vienen encontrándose desde párvulos, se conocen y conocen sus mutuas peripecias. Hay tantas novedades en los meses ya perdidos, tanto que narrar en las historias tejidas con las puntadas del instinto. En la fila última de asientos, la ventanilla, una mirada lejana y un silencio a su derecha; varios compañeros alborozados a su izquierda, el Cojo Piojo ya ha recibo la primera patada del curso. 


745.

LLUVIA

 Llueve. La caída de las gotas alientan en su severidad la tiniebla de una calle por donde nada transcurre salvo el pisar del hombre. Por una vez, no hay brillo en la humedad que cae del cielo, sino un incrementar la lobreguez del espacio, tanta que  se avergüenza de la suavidad que emana la silueta del paseante. Nadie recorre la acera ni pasan vehículos por la calzada. Incluso el claro de la luz que se desploma de las farolas entona una coral que armoniza en su lentitud con la oscuridad. Llueve con paciencia, con morosidad, con parsimonia. Son gotas en levedad, de esas que atraviesan sin prisas hasta los confines más recogidos de la materia y amenazan con penetrar más allá de las superfices sólidas, hasta el alma. Pocas ventanas están encendidas y con una presencia que no evita hundir la calle en mayores sombras. El paseante mantiene el rumbo. Su paso cansado amenaza el futuro de cada nuevo avance en el pavimento húmedo. Gabardina con el cuello subido, los cabellos mojados. Se detiene y mira hacia atrás. A una casa. También su ventana está apagada. La sombra del paseante se desvanece más adelante entre las tinieblas que flotan ingenuas confundidas en las gotas de lluvia.