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PLANETA

Las sondas habían estado informando durante años sobre las características del planeta. Escasa vegetación, agua y atmósfera. Vida también. Ciertos animales recorrían la superficie y era de sospechar la existencia de insectos y, lógicamente, organismos unicelulares. No eran descartables seres inteligentes, como se confirmó cuando la nave Argos descendió y tomó tierra en un paraje bautizado como Meseta CG-201. La tripulación se esmeró durante el tiempo del que disponían hasta la próxima conjunción del pasillo cuántico 23-H. Aquellas personas se parecían a los humanos, si acaso más delgados, más oscuros y de piel más endurecida. Llamó especialmente su atención el régimen de vida, que complicó el acceso a su estudio por el científico social de la expedición. No había ciudades, ni pueblos. Los hombres erraban toda su vida buscando la mujer con la que convivir hasta que quedara preñada, diera a luz y pasara un año. Luego, movidos por el instinto, partían a la búsqueda de una nueva pareja. Las mujeres eran sedentarias, cultivaban la tierra y criaban a unos hijos que en una determinada edad, siguiendo el curso de la naturaleza, se alejaban del hogar. A la hora de partir, los ruegos de los compañeros no impidieron que el científico se hiciese con un morral, unas pieles y se echase a caminar por aquel planeta.

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