754.

CUADERNO

Viéndolo, se pregunta por qué no lo ha destruido. Sumidas en el caos de mil fragmentos aquellas letras se hubieran vuelto inindentificables y el hombre ajeno no hubiera podido acceder a las emociones duramente talladas a lo largo de aquellos meses. Al contemplar cómo se marcha empujando dificultosamente con una mano el fardo caótico de su carrito y con la otra sosteniendo el cuaderno, embebido en la lectura, se cuestiona una cierta imprudencia, haberlo arrojado tal cual al cubo de la basura. Fue hace tanto tiempo. Era tan joven, tan ingenuo. Ya no se acordaba cuando se dio de bruces con el cuaderno en aquella limpieza de cajones y estanterías. Fue un amor hirviente que consumió en su fogosa inanidad días y días, semanas y semanas, meses y meses. Fue un sacrificio cruento en el altar de una diosa que se dignaba asistir a las ceremonias de su devoto con la altivez que sólo los que se creen inmortales albergan. Ni siquiera, es más que probable, leyó lo que tan delicadamente le escribió a lo largo de días, semanas, meses. Y que le ofrecía con lealtad de guerrero suicida. Ve alejarse torpemente al mendigo que ha revuelto en el contenedor. Lo ve ojear su viejo cuaderno de poemas y termina de beber con suavidad el café.

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