763.

MAESTRO

 Aquellos ojos. Se le han clavado en el corazón. Porque él no es tan perverso, ni tan malhumorado, ni tan estúpido. Se tiene por persona amable y placentera a los demás. Hace gala, cree, de buenas maneras y mejor educación. Como corresponde a tan alta familia, no por cuna; sino por méritos de un honrado trabajo intelectual. Se ha comportado como un tiranuelo de tres al cuarto con el pobre muchacho que acudía relato en mano a obtener el supremo juicio de un maestro. Cierto que el escrito ostenta grandes cumbres de mediocridad, de prosa mostrenca e ingenio más propio de un secarral literario. No ha tenido compasión por ser el novio de su hija, el reciente novio de su hija, ni por su humildad, ni por esa admiración que supura ante la presencia del escritor famoso, ni por la disposición a ser su mentor que desde las primeras insinuaciones del joven el maestro le había confirmado. Las expresiones no han sido amistosas por más que la cara del muchacho fuera mutando desde la ilusión primera a la sorpresa subsiguiente, el estupor ulterior y la definitiva desolación en el instante de recoger del maestro las ruinas de un talento inexistente. Y con aquellos ojos tristes. Pobre muchacho que aspira a ser escritor con tan poca materia gris en sus papeles. Si fuera un igual, el maestro le pediría disculpas. Porque él no es así. Él tiene otro carácter desde siempre. Bien lo saben los compañeros en la sucursal del banco. El joven que lo idolatra, infeliz, le ha recordado aquella única novela de tanto éxito que publicó hace veinte y un años.

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