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CIPRÉS

Reposa en un rincón del jardín, tarde de primavera, aromas efervescentes y colores desplomándose en cascada sobre los paseantes. Desde que lo ingresaron, no ha pronunciado palabra. Limpiadoras, auxiliares, enfermeros y médicos están satisfechos con él porque no es agresivo y obedece a la primera cualquier instrucción, orden, recomendación que le dan. Tampoco se resiste a los medicamentos ni a las reiterativas expresiones de la tortura con las que el tropel sanitario se afana en asistir a los pacientes que se despliegan en esta tarde abril por las serenas lomas y los bancos resignados. Un hombre en bata blanca dialoga con una mujer también en igual atuendo. Miran a ese anciano bondadoso, incólume, abismado en sus pensamientos. Porque los médicos sospechan que tiene pensamientos, tan intensos, tan enhebrados en su mente que no desean respirar el aire que respiran los demás. Ojalá todos fueran como él, se desean; ojalá otros no dieran tanta guerra, suspiran. El viejo está sentado en una silla plegable que siempre porta, a la sombra huraña de un ciprés, el menos acogedor de los árboles, su preferido. El hombre de bata blanca cree haber descubierto la afición del viejo por esos árboles y su busca incansable tras el cómplice de los muertos. No, no es que desee la muerte, dice. El anciano, se ha enterado, tuvo suerte porque se jubiló cuando comenzaron a automatizarlos. Pasó solo toda su vida en un promontorio perdido a cargo de un faro.

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