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MÚSICA

La mujer le dice que quite la música. El hombre, intrigado, le pregunta la razón. Ella es renuente a darle a conocer los enredos de su cerebro. Primero intenta despejar la situación con alguna evasiva dicha con tan pobre convicción que el hombre le regala un gesto de incredulidad. Insiste. Cuál es la razón de que ella no desee oír esas canciones que acompañaron sus primeros momentos de amor. Las melodías recuerdan el calor de una chimenea en una casa rural. Diciembre sin nevadas, pero un frío en el exterior que enmarcaba las llamas nunca consumidas dentro del refugio. Fueron varios días de enajenación, sin salidas, con la nevera agotada y las horas nunca exhaustas. No hubo televisión, ni radio, ni internet. Sólo un viejo reproductor de compactos y varios discos. Hace ya más de quince años y siguen juntos. Las nubes que esporádicamente ensombrecen las mañanas, se disuelven por la tarde y a la noche regresa la calidez sabida de la camaradería. Ambos intuyen que nada hay en el horizonte que augure riscos, arrecifes o quebradas en el camino que llevan recorrido en compañía. Pero esa música, ella no quiere oírla. Y él, mientras va depositando el disco en su caja y lo lleva a la estantería, reconoce íntimamente que tampoco le resulta agradable revivir según que sensaciones.

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