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AMIGO

La sensación es nueva. Anteriormente, sólo su abuela le provocó una sacudida similar en algo. Porque se esperaba el desenlace y la ceremonia, los rituales aunque fueran desconocidos en ese ámbito tan cercano, revelaban un cierto matiz de familiaridad, de una delicada convención ya experimentada en carne ajena. Las abuelas siempre protagonizan ese despertar en la infancia hacia la cara oculta de la vida. Cuando murió la de este mismo amigo se resistió a ir a su casa y darle el pésame. Pero su madre insistió y le conminó a cumplir con una convención que desde entonces le envolvía en disgusto y torpeza. Cuando murió su propia abuela no hubo necesidad de dar condolencias a nadie, sino de recibirlas y esta posición lo elevaba a un grado que disipaba su incomodidad. Toda bruma se ha disuelto ahora. Y es distinto. Porque no tenía la edad, porque nadie se lo esperaba, porque ha sajado con una cuchilla afilada la suavidad de una camaradería asentada en decenios y decenios. No ha dicho nada cuando ha abrazado a la viuda y a los padres. No ha tenido nada que decir a su hija de tres años, huérfana y ausente de esos lugares donde se convoca al dolor. La sensación es nueva y no sabe si es porque se ha muerto su amigo o porque intuye que ya ha comenzado la cuenta atrás en el rosario de los que seguirán.

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