803.

EL GENIO GRIEGO

 EL DEPORTE COMO POLÍTICA

No es nueva la conexión entre los espectáculos deportivos y la política. Sabemos que las dictaduras suelen adormecer las mentes de sus súbditos llenándolas de ese tipo de manifestaciones o, como bien sabemos en esta nuestra sufrida España acosada por los secesionistas, que los políticos emplean las agrupaciones deportivas con objeto de colmar sus deseos de poder. Una muestra de la eterna pervivencia de esa varidedad de las pasiones humanas a lo largo de los milenios es la conocida como “Sedición Nika”. Así la cuenta el historiador Procopio.

[1] Ὑπὸ δὲ τοὺς αὐτοὺς χρόνους ἐν Βυζαντίῳ στάσις τῷ δήμῳ ἐκ τοῦ ἀπροσδοκήτου ἐνέπεσεν, ἣ μεγίστη τε παρὰ δόξαν ἐγένετο καὶ ἐς κακὸν μέγα τῷ τε δήμῳ καὶ τῇ βουλῇ ἐτελεύτησε τρόπῳ τοιῷδε. [2] οἱ δῆμοι ἐν πόλει ἑκάστῃ ἔς τε Βενέτους ἐκ παλαιοῦ καὶ Πρασίνους διῄρηντο, οὐ πολὺς δὲ χρόνος ἐξ οὗ τούτων τε τῶν ὀνομάτων καὶ τῶν βάθρων ἕνεκα οἷς δὴ θεώμενοι ἐφεστήκασι, τά τε χρήματα δαπανῶσι καὶ τὰ σώματα αἰκισμοῖς πικροτάτοις προΐενται καὶ θνήσκειν οὐκ ἀπαξιοῦσι θανάτῳ αἰσχίστῳ· [3] μάχονται δὲ πρὸς τοὺς ἀντικαθισταμένους, οὔτε εἰδότες ὅτου αὐτοῖς ἕνεκα ὁ κίνδυνός ἐστιν, ἐξεπιστάμενοί τε ὡς, ἢν καὶ περιέσωνται τῶν δυσμενῶν τῇ μάχῃ, λελείψεται αὐτοῖς ἀπαχθῆναι μὲν αὐτίκα ἐς τὸ δεσμωτήριον, αἰκιζομένοις δὲ τὰ ἔσχατα εἶτα ἀπολωλέναι. [4] φύεται μὲν οὖν αὐτοῖς τὸ ἐς τοὺς πέλας ἔχθος αἰτίαν οὐκ ἔχον, μένει δὲ ἀτελεύτητον ἐς τὸν πάντα αἰῶνα, οὔτε κήδει οὔτε ξυγγενείᾳ οὔτε φιλίας θεσμῷ εἶκον, ἢν καὶ ἀδελφοὶ ἢ ἄλλο τι τοιοῦτον οἱ ἐς τὰ χρώματα ταῦτα διάφοροι εἶεν. [5] μέλει τε αὐτοῖς οὔτε θείων οὔτε ἀνθρωπείων πραγμάτων παρὰ τὸ ἐν τούτοις νικᾶν, ἤν τέ τι ἀσέβημα ἐς τὸν θεὸν ὑφ̓ ὁτουοῦν ἁμαρτάνηται ἤν τε οἱ νόμοι καὶ ἡ πολιτεία πρὸς τῶν οἰκείων ἢ τῶν πολεμίων βιάζωνται, ἐπεὶ καὶ τῶν ἐπιτηδείων σπανίζοντες ἴσως κἀν τοῖς ἀναγκαιοτάτοις ἀδικουμένης αὐτοῖς τῆς πατρίδος, οὐ προσποιοῦνται, ἤν γε αὐτοῖς κεῖσθαι τὸ μέρος ἐν καλῷ μέλλῃ· οὕτω γὰρ τοὺς συστασιώτας καλοῦσι. [6] μεταλαγχάνουσι δὲ τοῦ ἄγους τούτου καὶ γυναῖκες αὐτοῖς, οὐ τοῖς ἀνδράσιν ἑπόμεναι μόνον, ἀλλὰ καὶ τούτοις, ἂν οὕτω τύχοι, ἀντιστατοῦσαι, καίπερ οὔτε εἰς τὰ θέατρα τὸ παράπαν ἰοῦσαι οὔτε τῳ ἄλλῳ αἰτίῳ ἠγμέναι· ὥστε οὐκ ἔχω ἄλλο τι ἔγωγε τοῦτο εἰπεῖν ἢ ψυχῆς νόσημα. ταῦτα μὲν οὖν ταῖς τε πόλεσι καὶ δήμῳ ἑκάστῳ ὧδέ πη ἔχει. [7] Τότε δὲ ἡ ἀρχή, ἣ τῷ δήμῳ ἐφειστήκει ἐν Βυζαντίῳ, τῶν στασιωτῶν τινας τὴν ἐπὶ θανάτῳ ἀπῆγε. ξυμφρονήσαντες δὲ καὶ σπεισάμενοι πρὸς ἀλλήλους ἑκάτεροι τούς τε ἀγομένους ἁρπάζουσι καὶ ἐς τὸ δεσμωτήριον αὐτίκα ἐσβάντες ἀφιᾶσιν ἅπαντας ὅσοι στάσεως ἢ ἑτέρου του ἁλόντες ἀτοπήματος ἐδέδεντο. [8] καὶ οἱ μὲν ὑπηρέται, ὅσοι τῇ τῆς πόλεως ἀρχῇ ἕπονται, ἐκτείνοντο οὐδενὶ λόγῳ, τῶν δὲ πολιτῶν εἴ τι καθαρὸν ἦν ἐς τὴν ἀντιπέρας ἤπειρον ἔφευγον, καὶ τῇ πόλει πῦρ ἐπεφέρετο, ὡς δὴ ὑπὸ πολεμίοις γεγενημένῃ. [9] καὶ τὸ ἱερὸν ἡ Σοφία τό τε βαλανεῖον ὁ Ζεύξιππος καὶ τῆς βασιλέως αὐλῆς τὰ ἐκ τῶν προπυλαίων ἄχρι ἐς τὸν Ἄρεως λεγόμενον οἶκον καυθέντα ἐφθάρη, ἐπὶ τούτοις τε ἄμφω αἱ μεγάλαι στοαὶ μέχρι τῆς ἀγορᾶς ἀνήκουσαι ἣ Κωνσταντίνου ἐπώνυμός ἐστιν, εὐδαιμόνων τε ἀνθρώπων οἰκίαι πολλαὶ καὶ χρήματα μεγάλα. [10] βασιλεὺς δὲ καὶ ἡ συνοικοῦσα καὶ τῶν ἀπὸ βουλῆς ἔνιοι καθείρξαντες σφᾶς αὐτοὺς ἐν παλατίῳ ἡσύχαζον. ξύμβολον δὲ ἀλλήλοις ἐδίδοσαν οἱ δῆμοι τὸ νίκα, καὶ ἀπ̓ αὐτοῦ ἐς τόδε τοῦ χρόνου ἡ κατάστασις ἐκείνη προσαγορεύεται.

[1] Por aquel tiempo, estalló de forma imprevista en Bizancio una sedición entre el pueblo. Contra lo esperado, resultó ser gravísima y terminó en un gran desastre para el pueblo y el senado. Se desarrolló del siguiente modo. [3] Desde antiguo, las facciones populares en cada ciudad están divididas entre los azules y los verdes. No hace, con todo, mucho tiempo que esas denominaciones y los graderíos en los que se sientan durante el espectáculo son causa de que despilfarren dinero, sometan sus cuerpos a los más crueles tormentos y no consideren indigno morir con las más infames de las muertes. [3] Se enfrentan a los adversarios sin saber siquiera la razón por la que corren esos peligros y son bien conscientes de que, si vencen a sus enemigos en la contienda, sólo les quedará ser arrastrados a presidio y perecer posteriormente en medio de los tormentos más extremos. [5] Brota, por tanto, en ellos un odio sin motivo hacia sus vecinos y persiste interminable para siempre. No perdona ni los lazos familiares del matrimonio, ni el parentesco, ni la institución de la amistad, incluso en el caso de que quienes pertenezcan a los diferentes colores sean hermanos o tengan una relación similar. [5] Nada divino ni humano les importa salvo vencer en esos enfrentamientos; tampoco si alguien comete sacrilegio contra Dios y si las leyes o el estado son violados por los suyos o por los enemigos. Que carezcan de recursos y que su patria sea ultrajada en situación de extrema necesidad en nada se les hace siempre que a su facción pueda irle bien. Por eso se llaman entre ellos “compañeros de sedición”. [6] En esta impiedad toman parte también las mujeres, no sólo siguiendo a los hombres, sino incluso, si se diera la circunstancia, oponiéndose a ellos, aunque no asistan a ningún espectáculo ni sean arrastradas por ninguna otra causa. Por todo ello, yo no puedo calificar esto de otra forma más que de una enfermedad del alma. Así están las cosas respecto a las ciudades y a cada una de las facciones populares. [7] En aquel tiempo, la autoridad que tiene competencia sobre la población de Bizancio conducía a algunos de los sediciosos a ser ejecutados, pero las dos facciones se pusieron de acuerdo y pactaron una tregua para arrebatar a los condenados, e, irrumpiendo al instante en la cárcel, liberaron a todos los que estaban presos por sedición o cualquier otro delito. [8] Los funcionarios que atienden el orden público fueron asesinados sin motivo alguno. Los ciudadanos libres de esa locura huyeron a tierra firme al otro lado del estrecho y se le prendió fuego a la ciudad como si hubiera caído en manos de enemigos. [9] Fueron destruidos por el fuego la basílica de la Santa Sabiduría, los baños de Zeuxipo y aquella parte de los accesos al Palacio Imperial que llega hasta la denominada Casa de Ares. Junto a éstos, los dos pórticos que alcanzan hasta el Foro de Constantino, muchas casas de personas ricas y gran cantidad de bienes. [10] El emperador, su esposa y algunos senadores se encerraron en el Palacio y se mantenían en calma. Las facciones se dieron como contraseña la palabra “Nika” y desde entonces hasta nuestros tiempos aquella revuelta recibe esa denominación.

Procopio, Historias, I 24.1-10.

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802.

ERRANTE

El día amenaza lluvia. Está amaneciendo y las caras de los viajeros se confunden en un remolino de bostezos contenidos y párpados que todavía combaten los sopores del sueño. El tren arranca lentamente. Hasta no dejar atrás las estribaciones de los últimos barrios, algunos tan inhóspitos en sus fachadas heridas, con la piel suelta, el ladrillo a la intemperie y sus jirones de ropas ondeando de las ventanas, el tren no gana velocidad. La oscuridad va dejando paso a la luz de la mañana. El hombre mira a través del cristal. A su lado no hay nadie. A esas horas el número de pasajeros es menor. El destino del convoy se reitera sin descanso en unos letreros móviles. El hombre va hasta el final del trayecto. Aunque su deseo es otro. Cada vez que sus pasos enfilan la estación y el andén, la fantasía brota con vigor. Un holandés errante con tren en vez de velero y una historia de desamores, u otra cualquiera, el argumento no importa, entreverada en los resquicios de la peripecia. La hora y el movimiento cansino inclinan al sueño, pero el hombre no duerme. Su vigilia revolotea en pos de otros rumbos. No llegar nunca a la estación, no ver a quienes va a ver, no hablar con quienes va a hablar, no oler, no tocar, no oír a quienes y a lo que va a tener ante sí. Un hombre errante en un tren que nunca llegue a su destino, con los paisajes y los seres siempre al otro lado del cristal de la ventanilla, siglos y siglos de un bendita condena. Vislumbra el rostro entre quienes esperan fuera. El tren del pasajero errante está llegando a la estación de destino. Es aquel rostro de aquella persona que va a ver y con la que va a hablar, a la que va a oler, tocar, oír.


801.

LA OTRA CARA DE LA HISTORIA

El texto recoge un fragmento de las Memorias de ultratumba, de François-René de Chateaubriand, obra inmensa en cuyos oleajes te encuentras ahora abismado. Dejas las consideraciones críticas del relato y del autor para centrarte en las líneas siguientes donde se da una imagen nada convencional de la Francia que gobernaba el Emperador.

Le train du jour est de magnifier les victoires de Bonaparte: les patients ont disparu; on n’entend plus les imprécations, les cris de douleur et de détresse des victimes. On ne voit plus la France épuisée labourant son sol avec des femmes. On ne voit plus les parents arrêtés en pleige [Ou plège : Celui qui s’offre pour caution, qui sert de répondant. S’offrir pour plège dans une affaire.] de leurs fils, les habitants des villages frappés solidairement des peines applicables à un réfractaire; on ne voit plus ces affiches de conscription collées au coin des rues, les passants attroupés devant ces immenses arrêts de mort et y cherchant, consternés, les noms de leurs enfants, de leurs frères, de leurs amis, de leurs voisins. On oublie que tout le monde se lamentait des triomphes. On oublie que la moindre allusion contre Bonaparte au théâtre, échappée aux censeurs, était saisie avec transport. On oublie que le peuple, la cour, les généraux, les ministres, les proches de Napoléon, étaient las de son oppression et de ses conquêtes, las de cette partie toujours gagnée et jouée toujours, de cette existence remise en question chaque matin par l’impossibilité du repos.

La tendencia actual es magnificar las victorias de Bonaparte. Los que las sufrieron han desaparecido; no se oyen ya las imprecaciones, los gritos de dolor y de angustia de las víctimas. No se ven ya las mujeres trabajando la tierra de una Francia exhausta. No se ven los padres ofrecidos como garantía a cambio de sus hijos, los habitantes de los pueblos golpeados solidariamente por el castigo aplicable a un refractario; no se ven ya los carteles de recluta forzosa pegados en las esquinas de las calles, los viandantes arremolinados delante de esos inmensos registros de muerte buscando en ellos, consternados, los nombres de sus hijos, sus hermanos, sus amigos, sus vecinos. Se olvida que todo el mundo se lamentaba de los triunfos. Se olvida que la menor alusión contra Bonaparte en el teatro, hurtada a la censura, era acogida con alegría. Se olvida que el pueblo, la corte, los generales, los ministros, los cercanos a Napoleón estaban cansados de su opresión y de sus conquistas, cansados de esa parte siempre ganada y siempre jugada, de esa existencia puesta en cuestión cada mañana por la imposibilidad del descanso.

François-René de Chateaubriand, Mémoires d’ outre-tombe, 2 L22 Chapitre 15,

http://www.bacdefrancais.net/memoires_texte.html


800.

SUEÑO

Despierta con alivio. Hay brotes de sudor en su frente y contracción en sus músculos. Un tanto descorazonador es el recuerdo de lo que ha soñado. El brusco emerger del sopor provoca que las escenas del sueño sean nítidas. Especialmente, la última. Y no es ningún artefacto como un despertador la causa del sobresalto. Tampoco el contenido de la historia que revive ahora, ya en la vigilia. La fuerza de las imágenes es la que le ha empujado para regresar al mundo de los conscientes. Es de noche aún, pero un cierto fulgor se despereza al otro lado de los cristales reverberando el augurio de un día de primavera. No hay motivo por el que se sienta tan tenso físicamente dada la suavidad con que la experiencia onírica ha desenvuelto su peripecia en las umbrías del dormir. Todo es calmo, lento en ese próximo pasado. Se ve a sí mismo perdiendo dulcemente las fuerzas, acostado en su cama, rodeado de algún familiar que no reconoce. El proceso está aureolado de un tinte de impotencia nada dañino. Poco a poco va despidiéndose de sí mismo, percibiendo que algo se le escapa sin que pueda retenerlo. La luz de la aurora se manifiesta y al hombre ya le ha sido revelado aquello en lo que consiste morir.

 


799.

COSTUMBRE

Su amor resiste el tiempo y el carácter de su madre. A pesar de todo, la quiere. Es desde siempre una mujer difícil. La infancia, la adolescencia, la juventud del hombre transcurre en una lucha solitaria ante compañeros y amigos contra la vergüenza de su comportamiento. Porque la familia la da por imposible, su hermano se escabulle tan pronto como puede y su padre se divorcia a los seis años de matrimonio. Y mucho tiempo es para lo que se puede esperar de aquellos modos suyos. Le hiere que se presente en medio de su mundo, tan desenvuelta, tan escasamente convencional, tan estrafalaria, tan inconveniente con sus salidas de tono, sus respuestas, sus preguntas, sus vestidos, sus gestos. Bien sabe que la critican sin pausa de tiempo por no seguir las costumbres que todos admiten. Ordena al robot doméstico que le prepare un café vitaminado y se recuesta en el sillón ergonómico. La pantalla emerge de la pared y obedece su palabra. Música relajante, suave, lenitiva y un paisaje en tres dimensiones donde los colores pastel se enredan con un dulce masaje transneuronal. Una vez servido el café humeante en la mesilla, el robot doméstico se esconde en su cubículo tan silencioso como es habitual. Al otro lado del ventanal, la aeropista sufre el diario embotellamiento vespertino de las siete. Ahora sí debería acudir a los servicios de un neuroasisitente para que tratase ese empeño de la anciana tan poco adecuado a la edad y situación. Será rebelde hasta el último día, la muy jodida. ¿Por qué ese empeño impenitente, continuo de no plegarse a la costumbre? ¿Por qué se niega a tomar la píldora y morir como es decente, como hace todo el mundo, ahora que ya no puede valerse por sí misma?


798.

PESTILENCIA

Ya es pasado. Mira a través de la ventana del autobús. Los campos se hornean atosigados por el sol del verano entre una maraña de amarillos. Secarrales del sur que hieren con sus terrones los ojos del observador. La autovía reviste las galas de las gentes que salen de vacaciones. En todo caso, ya es pasado. En el ambiente de aquel pub de madrugada, gin tónics de varia cosecha, san franciscos y algún cóctel osado, lo advierte sin horizontes de victoria. Amigos de siempre y otros recién incorporados. Lo advierte. Él es persona de ciudad, asfalto, tráfico, humos y ducha diaria en la mañana. Eso de acampar, de salir a lo que esos otros llamaban con fonemas engolados y carrillos en globo “naturaleza”, algo tan cercado al fin como lo es estacionarse en un Parque Natural, no le va. Insisten y acepta por no oírlos más y se consuela pensando que la experiencia bien vale una tienda de campaña. Parte con esos otros el día y la hora previstos sin que sea consciente de la revelación que esa semana al aire libre, rodeados por otros excursionistas compañeros de vinazos, fiambres, embutidos, porros y demás alucinógenos va a ofrendarle. Y experimenta noches sin dormir en medio de cantos indígenas, caminatas zambullido en sudor y mugre, necesidades evacuadas con sufrimiento, falta de costumbre, se dice, a la amistad de árboles o a la bondad de rocas. Y pasa todo. Mientras el autobús de regreso chisporrotea con sus ruedas en la calzada, él sólo piensa en su cuarto de baño y en su ducha. Al abrigo del chorro de aire acondicionado que serpentea desde el techo recuerda la enseñanza que la experiencia le ha ofrendado. El ser humano, al fin, en el estado de naturaleza es sólo pestilencia.


797.

PAPELES

Ya está muerto. La enfermedad ha sido costosa en gasto material, mental y físico. Larga, exigente, insostenible por momentos demasiado extensos para la paciencia de los hijos, no ha resultado sino la culminación de un camino cuyos brotes se esconden en ochenta y tantos años atrás. Florecieron en toda su magnitud durante aquellos años en los que los hijos nacieron, crecieron y se emanciparon con el lastre de su padre, muerto ahora, al cuello de sus almas. Y al de aquella mujer que lo acompañó interminables decenios bajo el mismo techo, que no bajo el mismo amor, sometida, dócil y encorvada en sus deseos ante el vendaval del marido inhóspito, del padre yermo, mujer casi asesinada tiempo atrás por tantos años de desplantes, indiferencia y desprecio. Ya está muerto y todos, aunque no tengan la valentía de decírselo unos a otros de frente y a los ojos, respiran hondo con los pulmones borboteando alivio. Se dispersan con rapidez mal disimulada cada uno hacia su casa, más cercanas o más lejanas. Ven el horizonte despejado en una apariencia que pronto se revela traicionera. El daño ha hendido con tan profundas cicatrices sus corazones que ya nada puede transformar ni su aspecto ni el dolor punzante en los días que amenazan tormenta. Sólo queda la hija menor a cargo de vaciar el viejo piso y ponerlo a la venta. Nadie ha querido nada de lo que sobrevive entre las cuatro paredes mugrientas y amarillas de lo que un día fue hogar de la familia. Ella tiene paso franco para hacer y deshacer, para apropiarse o desechar. El tercer día de labor descubre en unas carpetas más de cien folios escritos a mano del padre. El primero advierte que es una autobiografía y las líneas siguientes más algunas calas al albur del hojeo le hacen conocer que es un rimero de excusas y justificaciones, de dignidades ofendidas por el mundo y de ingratitudes ajenas emboscadas en cada arbusto del camino, de decepciones ante los otros, ante todos los otros, y de maldad universal hacia un hombre tan íntegro. La carpeta y los folios van al cubo cuyo contenido está sentenciado al reciclaje de papeles. Al menos, piensa ella, la vida de aquel hombre tendrá alguna utilidad.