797.

PAPELES

Ya está muerto. La enfermedad ha sido costosa en gasto material, mental y físico. Larga, exigente, insostenible por momentos demasiado extensos para la paciencia de los hijos, no ha resultado sino la culminación de un camino cuyos brotes se esconden en ochenta y tantos años atrás. Florecieron en toda su magnitud durante aquellos años en los que los hijos nacieron, crecieron y se emanciparon con el lastre de su padre, muerto ahora, al cuello de sus almas. Y al de aquella mujer que lo acompañó interminables decenios bajo el mismo techo, que no bajo el mismo amor, sometida, dócil y encorvada en sus deseos ante el vendaval del marido inhóspito, del padre yermo, mujer casi asesinada tiempo atrás por tantos años de desplantes, indiferencia y desprecio. Ya está muerto y todos, aunque no tengan la valentía de decírselo unos a otros de frente y a los ojos, respiran hondo con los pulmones borboteando alivio. Se dispersan con rapidez mal disimulada cada uno hacia su casa, más cercanas o más lejanas. Ven el horizonte despejado en una apariencia que pronto se revela traicionera. El daño ha hendido con tan profundas cicatrices sus corazones que ya nada puede transformar ni su aspecto ni el dolor punzante en los días que amenazan tormenta. Sólo queda la hija menor a cargo de vaciar el viejo piso y ponerlo a la venta. Nadie ha querido nada de lo que sobrevive entre las cuatro paredes mugrientas y amarillas de lo que un día fue hogar de la familia. Ella tiene paso franco para hacer y deshacer, para apropiarse o desechar. El tercer día de labor descubre en unas carpetas más de cien folios escritos a mano del padre. El primero advierte que es una autobiografía y las líneas siguientes más algunas calas al albur del hojeo le hacen conocer que es un rimero de excusas y justificaciones, de dignidades ofendidas por el mundo y de ingratitudes ajenas emboscadas en cada arbusto del camino, de decepciones ante los otros, ante todos los otros, y de maldad universal hacia un hombre tan íntegro. La carpeta y los folios van al cubo cuyo contenido está sentenciado al reciclaje de papeles. Al menos, piensa ella, la vida de aquel hombre tendrá alguna utilidad.

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4 comentarios on “797.”

  1. Luis Maria Venegas Laguens dice:

    Emilio buenas tardes. Por que todas tus historias son tan bellas pero tan amargas?

    • Emilio dice:

      Me compensa que consideres bellas mis historias. Equilibra el aspecto amargo que afirmas de mis relatos. ¿La razón? Bueno, es que uno en el fondo es así. ¿Qué le vamos a hacer?

  2. Ma. Elena dice:

    Si un autor no logra transmitir cualquier tipo de emoción a quien lo lee entonces su obra no tendrá sentido alguno. Personalmente no había pensado en historias amargas, será porque en cada lectura me quedo con una forma real, a veces cruda pero justa para cualquier ser humano. Somos luz y oscuridad y yo me quedo con la luz que obtengo de estos relatos.


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