814.

ACCIDENTE

Avanza a trompicones, mochilas, llaves, carpetas y demás chismes. Los niños saltan detrás de ella al portazo definitivo. Uno ríe y martiriza en el estilo afable de las criaturas al hermano, que no ha salido aún del sueño y hasta le queda el cerco del chocolate del desayuno en la comisura de los labios. Llega el ascensor y en la planta inferior se detiene para dejar entrar a otro vecino. Éste va solo. Le comenta a la mujer el suceso que corretea en las mientes de todo el bloque. Personas que a duras penas vocalizan un “Buenos días”, ahora mutan en cotorras de incontinente verbo con el único asunto de actualidad. Ella lo escucha ida, con la mente en otros lugares, sobre todo en la entrevista de la tarde con el abogado. Su ex marido ha presentado una demanda. No está siendo fácil el divorcio, con esa ristra inclemente de años en los que no hay más que un infierno legal. Las consecuencias son una cuenta corriente tambaleante, escuálida, y la resistencia de su demonio particular a dar un solo céntimo a sus hijos. Salen todos en la planta baja, ella dando tumbos, los niños en su forma habitual de seres inconscientes y el vecino sacudiendo la cabeza y profiriendo tópicos sobre la fugacidad de la vida. Mientras arrea a sus hijos camino de la escuela, la mujer accede en su memoria a las palabras de aquel hombre casi desconocido. Efectivamente, nadie lo duda, es una enorme desgracia, una lamentable adversidad. Aquel joven matrimonio del cuarto derecha B ha muerto en el accidente, tan sonado, de avión que los llevaba de vacaciones a algún lugar de perdida geografía. Es una pena, reconoce, pero al menos han evitado las asechanzas del divorcio, siempre tan problemático.


813.

PREGUNTA

Quizá anteriormente. Tal vez en algún momento de su vida sabe la respuesta a la pregunta, pero en este instante concreto, cierto estupor invade los repliegues de su alma y lo hace temblar ligeramente. El día está lluvioso. Por unos minutos, las gotas permiten el reposo de su insistencia. En otras mañanas, tal vez, aunque todo fluye sin resuello, ya agitado, ya calmo, y la vida traspasa el cedazo del tiempo y deja atrás sólo los días gruesos. Ha dejado de llover por unos intantes. El gris de la mañana persevera, sin embargo, y el sol ha escapado en la victoria de un cielo inclemente con sus manifestaciones. Las calles están húmedas, los coches salpican al pasar junto a las aceras, las hojas de los árboles, las cornisas, los salientes de las fachadas expulsan ligeras palpitaciones de humedad sobre las cabezas y los hombros de los transeúntes. Quizá en otro momento de su vida la respuesta a la pregunta brote de sus labios expresando en su poder de convicción las turbulencias ocultas de su mente. Ahora no es el caso. El hombre mira al suelo y ve su imagen una y otra vez reflejada en los charcos, en la pátina del agua sobre la acera. Se ve a sí mismo caminar lentamente, acortado el paso por la conciencia de una interrogante. De nuevo emerge el motivo de su perplejidad. ¿Quién es ése?

 


812.

EL GENIO GRIEGO

CARACTERÍSTICAS DE LA PERSONA FORMADA SEGÚN EL ORADOR ISÓCRATES

[30] τίνας οὖν καλῶ πεπαιδευμένους, ἐπειδὴ τὰς τέχνας καὶ τὰς ἐπιστήμας καὶ τὰς δυνάμεις ἀποδοκιμάζω; πρῶτον μὲν τοὺς καλῶς χρωμένους τοῖς πράγμασι τοῖς κατὰ τὴν ἡμέραν ἑκάστην προσπίπτουσι, καὶ τὴν δόξαν ἐπιτυχῆ τῶν καιρῶν ἔχοντας καὶ δυναμένην ὡς ἐπὶ τὸ πολὺ στοχάζεσθαι τοῦ συμφέροντος· [31] ἔπειτα τοὺς πρεπόντως καὶ δικαίως ὁμιλοῦντας τοῖς ἀεὶ πλησιάζουσι, καὶ τὰς μὲν τῶν ἄλλων ἀηδίας καὶ βαρύτητας εὐκόλως καὶ ῥᾳδίως φέροντας, σφᾶς δ’ αὐτοὺς ὡς δυνατὸν ἐλαφροτάτους καὶ μετριωτάτους τοῖς συνοῦσι παρέχοντας· ἔτι τοὺς τῶν μὲν ἡδονῶν ἀεὶ κρατοῦντας, τῶν δὲ συμφορῶν μὴ λίαν ἡττωμένους, ἀλλ’ ἀνδρωδῶς ἐν αὐταῖς διακειμένους καὶ τῆς φύσεως ἀξίως ἧς μετέχοντες τυγχάνομεν· τέταρτον, [32] ὅπερ μέγιστον, τοὺς μὴ διαφθειρομένους ὑπὸ τῶν εὐπραγιῶν μηδ’ ἐξισταμένους αὑτῶν μηδ’ ὑπερηφάνους γιγνομένους, ἀλλ’ ἐμμένοντας τῇ τάξει τῇ τῶν εὖ φρονούντων, καὶ μὴ μᾶλλον χαίροντας τοῖς διὰ τύχην ὑπάρξασιν ἀγαθοῖς ἢ τοῖς διὰ τὴν αὑτῶν φύσιν καὶ φρόνησιν ἐξ ἀρχῆς γιγνομένοις. τοὺς δὲ μὴ μόνον πρὸς ἓν τούτων ἀλλ’ καὶ πρὸς ἅπαντα ταῦτα τὴν ἕξιν τῆς ψυχῆς εὐάρμοστον ἔχοντας, τούτους φημὶ καὶ φρονίμους εἶναι καὶ τελέους ἄνδρας καὶ πάσας ἔχειν τὰς ἀρετάς.

 [30] ¿A quiénes, por tanto, llamo personas formadas, dado que he descartado el papel de las artes, las ciencias y las habilidades específicas? En primer lugar, a aquéllas que hacen un buen uso de las circunstancias que les sobrevienen a diario y aciertan al poseer un criterio sobre cuáles son los momentos oportunos y que aspiran a lo conveniente. [31] Luego, a aquéllos que tratan de forma decorosa y justa a quienes se les acercan, y soportan fácil y llevaderamente el comportamiento desagradable y la pesadez de los demás, ofreciéndose a quienes conviven con ellos en la medida de sus posibilidades de forma muy afable y comedida. Aún más, a quienes siempre controlan los placeres y a quienes no se dejan derrotar totalmente por las desgracias, sino que reaccionan ante ellas de una forma valiente y digna de la naturaleza de la que participamos. En cuarto lugar, [32] el más importante, a los que no se corrompen por el bienestar ni se alienan, ni se muestran arrogantes, sino que perseveran en las filas de las personas moderadas, que se alegran no más por los bienes que hay gracias a la fortuna que por los que aparecen desde un principio en razón de su naturaleza y de su moderación. Quienes no sólo poseen un carácter anímico conforme a una de esas cualidades, sino a todas ellas, ésos afirmo que son hombres sensatos, cabales y que poseen todas las virtudes.  

 Isócrates, Panatenaico, 12.30-32.


811.

TESTAMENTO

Por supuesto, unánimemente, se niegan a cumplir con lo estipulado en el testamento, tan sorprendente. La lectura deja un rictus de estupor en sus hermanos. Todos comprenden la razón de aquella antigua, enigmática orden, repetida en reuniones familiares, Navidad tras Navidad y poco más, la que les comunica el deseo paterno de no hacer nada con sus cenizas hasta haber sabido el contenido del testamento. La urna permanece en una estantería de la casa de la hija mayor, aguardando solucionar la incógnita tejida por aquel padre tan normal, tan común, tan especial para sus hijos como cualquier padre, pero tan insulso para el resto de la humanidad como la mayoría de sus miles de millones. Nada que destacar de los años de su vida, salvo esa cláusula final estampada en unas hojas timbradas. Para no haber realizado nada fuera de lo común, su estrambote deja secuelas. Por supuesto, no van a hacer caso de su postrera voluntad. Todos están de acuerdo en la indignidad, en la extraña impronta de broma de mal gusto tan poco característica de la aburrida normalidad del padre. Echarán sus cenizas al mar, claro está, no a ese vertedero de basuras en el que, vaya ocurrencia, deseaba ser arrojado el difunto padre.


810.

OPORTUNIDAD

Reconoce internamente, mientras charla con la mujer, que todavía ama a su esposa. No como al principio, naturalmente, sino con la pátina noble de antigüedad que dan veinticinco años de compañía firme. La convención va bien, los contactos son útiles, los negocios navegan a velas hinchadas, y la copa en el bar del hotel con el pianista acariciando una balada, luz tenue y alcohol, tienta la paz que le permite afrontar cada noche esas sábanas y ese sueño que tanto valora junto a su mujer. Es fiel como un perro de raza, no como un chucho. Su lealtad tiene quilates y orgullo, a pesar incluso de las mofas de algún compañero, más de uno y de dos, que no se creen que existan machos fieles. Se siente bien charlando con aquella mujer, directora de una sucursal de la empresa en alguna ciudad perdida por los rincones del mapa. Todo se desliza peligrosamente, sonrisas comedidas, confidencias acotadas, gestos expresivos, hacia la renuncia de valores creídamente asentados. Dos días después, el hombre se acuesta como siempre junto a su mujer, el alma alta y la honra a salvo, un “Buenas noches”, un volverse y un pensar que por aquella mujer, tan poco agraciada, no merecía la pena.


809.

HITO

Están en los licores. La cena transcurre cálida mecida ya por los vapores de los vinos trasegados y la consistencia de los manjares finiquitados. Sobre la mesa, restos surtidos en donde una vez hubo postres dignos del renombre que difunde el restaurante. Varias parejas celebran algo, quizá un aniversario, un acontecimiento relevante o un encuentro ya grabado en sus calendarios con la regularidad de la gota de agua de lluvia cayendo por un orificio del viejo canalón. La conversación es varia y ahora, subterfugio del azar, se charla sobre el momento más feliz de sus vidas. Todo ha brotado espontáneamente, como se cree que sucede en los encuentros de amigos o en las páginas de sucesos. La ristra de hechos se desgrana en el orden de las agujas del reloj. Todos, salvo quien carece de compañía, uno solamente, que se niega a abrir puertas por lo íntimo del apartado, mirando a sus parejas confiesan que de un modo u otro, ese instante de felicidad volátil como un gas está vinculado al compañero o compañera, según caso. Tampoco él rompe la serie de revelaciones y mirándola a ella con ojos de cordero, entra en la hermandad de los enamorados y la asocia a su felicidad más intensa y fugaz. Y, empujada la charla por el río de las palabras, el asunto cambia a otros cauces, satisfechos todos de su bienestar. Mientras conduce camino a casa, con ella dormitando en el asiento de su derecha, él evoca aquella última estampita, la número 13, imposible de conseguir, ansiada febrilemente por sus compañeros, del álbum coleccionable sobre aquella serie de televisión que en su infancia lo tenía preso cada sábado por la tarde, blanco y negro, fantasía e ingenuidad envueltas en tecnología de altos vuelos. Se pregunta dónde quedó aquel álbum con sus estampas y cromos pegados cuidadosamente, incluido el número 13.

 

 

 

 

 

 


808.

CITA

Se ha buscado una excusa más o menos creíble. Parece que ha colado y los padres se marchan al apartamento de la playa aquel fin de semana de inicios de junio. Está solo en la casa por primera vez. Nunca acceden, excepto ahora, a ese margen de libertad que, como es propio de la condena de vivir, está siempre vinculada a la soledad. La principal preocupación de la madre y de él es cómo arreglárselas para comer. No está acostumbrado a desenvolver sus días en el trajín de los laberintos domésticos. Toda privación, toda incomodidad merece la pena. Ha quedado con ella en la casa. Solos, la tarde del sábado. No hay hora concretada. Ella es su objeto de deseo desde que la vio el primer curso de secundaria en el instituto. Tan ansiada por todos que él había aceptado lo imposible del asalto a sus muros, de la conquista, de la rendición y toma del enclave. Y se sabe que ella aprovecha los dones que le regaló el azar para disfrutar de la vida; sin demasiada algarabía, sin perder el control. Todo redunda en la atracción con la que él desfallece cuando la tiene delante y habla y la mira y la sueña. Ella accede a la cita por un milagro de ésos que en raras ocasiones la vida tiene a bien desmigar sobre los mortales, sobras de un banquete que siempre son los otros quienes los disfrutan. Todavía no entiende cómo sucede que la esté esperando, cómo en la fiesta aquella, ella comparte bebida y conversación con él durante casi toda la velada, cómo ante el atrevimiento del poseído ella dice que sí. Llega la tarde del sábado. El tiempo va pasando. Él lo tiene todo preparado. Especialmente, los preservativos, discretamente guardados, pero accesibles al primer impulso. El tiempo sigue pasando. Oscurece, la noche llega y la rabia, las lágrimas, los golpes contra el colchón en el que se hunden, al tiempo del puño, las delicias intuidas. No la llama por orgullo o por pánico. Y la ve el lunes en los pasillos del instituto. Le pregunta y ella, sin alzar la vista de su móvil, hurga en su memoria brevemente para decirle que le surgió un asunto y que no pudo ir. Y se marcha riendo con una amiga pasillo adelante.