823.

ESCARABAJO

Baja del coche en el estacionamiento con horario limitado, se dirige a la máquina expendedora de tickets y paga lo que se estipula. Una vez cumplimentado el requisito, se encamina hacia la dependencia en la que debe finiquitar un asunto burocrático que lo lleva a mal traer desde meses atrás. Nada nuevo, en fin, en su vida de abogado segundón en un bufete de poca entidad, en una ciudad pequeña de provincias. Tan pequeña, tan próxima al campo que no le extraña percatarse de un escarabajo que pelea, con la panza al sol, por recuperar la posición que le permita andar y protegerse de las asechanzas de la vil existencia. Es total casualidad que mire al suelo en ese instante y que lo vea agitando sus patitas con angustia, girando inconsecuente en torno a un punto de su caparazón, acercándose y alejándose sin rumbo del escalón de la acera. Tiene cierta prisa, pero se detiene. Nadie transita por la calleja en la que fenece sin brillo la oficina municipal de sus pesares. Su cabeza se vuelve inquisitiva. No quiere testigos de una actitud cuyas consecuencias todavía no tiene claras. Duda. Por unos instantes, es consciente del poder que el azar ha puesto en sus manos sobre la vida o la muerte de un ser vivo. Imagina el crujir del insecto bajo su zapato, la mancha pulposa abandonada a sus espaldas una vez dejado el escenario del crimen. Con la punta, inicia un leve gesto de impulso sobre el animal. Reacciona con mayores espasmos el bicho. Tras un par de tentativas logra reintegrarlo a la posición deseada por el escarabajo. Despavorido, cae a la calzada y huye por el borde del escalón de la acera. El hombre lo ve correr, negro, zanquicorto, aterrado, supone. Antes de sumirse en el antro de la oficina, recuerda el episodio de su infancia cuando el matón de la clase espachurra un escarabajo que sufre las mismas zozobras que el ahora salvado. Igual que aquella vez, él le da la vuelta y lo pone en posición de caminar. El matón ríe y él, impotente, deja ir la fechoría porque no merece la pena recibir una paliza a cuenta de un insecto. Antes de penetrar en la gruta oscura e inhóspita, retrocede, busca al escarabajo y lo aplasta con su zapato golpeando contra el bordillo una y otra vez. Luego, entra en la Concejalía de Urbanismo.

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822.

 SELLOS

La madre yace en tierra desde hace unas horas y él los tiene delante, clasificados en infinitos álbumes, ordenados como compactos batallones de papel a bordo de vehículos acorazados de cartón, plástico y metal. Son los sellos que colecciona desde que cumple los catorce años, en medio de la rebeldía adolescente y la angustia del que empieza a vivir en serio. Son tantos años recogiendo día a día los restos de la incuria ajena, tan ignorantes del valor de esas estampitas que desechan en cada sobre. Otras peripecias adornan su vivir, como cualquier ser humano, pero su fidelidad a la filatelia y los rasgos de carácter siguen impresos en su ser y su obrar, presentes en cada instante, firmes en cada segundo. Pasa lentamente las hojas, tan bien ordenadas, tan bellamente expuestas, tan sólidamente establecidas. Los hay de todos los países, de todas las personalidades relevantes en el mundo, de todos los acontecimientos significativos; los hay antiguos, de gran valor, aunque nunca alcanza a desembolsar una fortuna por un ejemplar codiciado. La trivial razón es que no se cuenta entre los ricos y no hay fortuna que sustente tales alegrías. Después de contemplar un álbum, pasa a otro y luego a otro. Con parsimonia de bibliotecario anciano pasa sus dedos, sus manos por todos y cada uno de los modestos tesoros que alberga su más preciado patrimonio. Cuando termina de examinar su colección, levanta su mirada a la ventana y se queda observando el paisaje al otro lado. La madre muere tras una enfermedad que los ha tenido a todos en vilo y desesperación, incapaces ante esa fiera que con perversidad felina iba mancillando el alma de la mujer. De todos los males que la imaginación de la naturaleza ha ideado para someter la vida a su ciclo, ha sido tan perversa como para sumirla en el que más se ajusta a su carácter. Esa enfermedad respeta en la mujer las marcas de su personalidad que tanto la señalan desde siempre. Vive hasta el último suspiro y muere en medio de ese caos tan particular, de ese desorden, de ese ir por la existencia dando tumbos de aquí para allá sin responsabilizarse de las consecuencias. Ya está muerta y algo le dice al hombre que puede quemar su colección de sellos.


821.

PASEO

Sube en el ascensor a su casa. Está en el ático de un bloque de edificios, colmena donde se afanan en sus vidas otros cientos de abejas obreras como él. Nadie se cruza en el camino, nadie con quien compartir ese cubículo acorazado donde la proximidad se cierne como amenaza y donde la mirada entonces vuela hacia el techo, hacia la puerta, hacia los números fosforescentes en la pantalla. Entra en su casa con tintineo de llaves y despedida de la mujer que cuida de la niña mientras él y ella trabajan. El día es duro. En la oficina, su jefe le humilla delante de los compañeros. La reputada maldad del superior, la segura compasión de los demás, la patente injusticia no es óbice para que sienta dolor, rabia, impotencia hasta unas lágrimas que el orgullo, la dignidad impiden huir al aire libre. Mira a su hija durmiendo en la cuna. Fuera, la tarde es soleada. La temperatura, agradable. El mundo alrededor de él parece conjurado en la suavidad y un dulce tedio que estalla en disonancia con el vapor que bulle dentro de su alma. Quiere abandonar ese trabajo, pero es imposible. Dónde hallar otro igual. Le dicen con frecuencia que se lo tome con calma, que extienda una coraza de indiferencia sobre la atonía de sus jornadas, la inutilidad de sus esfuerzos, la perversidad de los superiores. Fuera, el olor de la primavera cautiva las ansias de resurrección en la naturaleza toda. Decide sacar a pasear a la niña. La levanta de la cuna, la viste y la coloca en el carrito. Un paseo vespertino, a buen seguro, le cura las heridas. Está convencido de que es una medida acertada, hasta que vuelva ella, le cuente lo sucedido y deje escapar así un poco de la combustión que corroe sus entrañas. La calle revienta de personas, los comercios están llenos, la energía de la nueva estación se agita en los corazones. Esta atmósfera, considera, le hace bien. Y la niña apenas si se despierta con todo el trajín. Cuando de regreso entra en la casa, ya atisbada la noche, el hombre se siente exhausto, no por el largo paseo, sino por el despiadado relato que aguarda a la mujer, ya presente, de un hombre que se ha topado en la calle con su jefe y a cuya hija han mancillado las manos de ese demonio con sus carantoñas y memeces.


820.

DOMINGO

La ciudad muere en verano y, como si de un microcosmos de la naturaleza se tratase, renace al comenzar septiembre cada año, mutando el curso de las estaciones de acuerdo no con la armonía de las esferas celestes, sino con el reloj biológico de los seres humanos. Las masas huyen del calor en verano, un calor que asfixia las articulaciones de las habitantes. Sólo quedan en sus calles y sus casas los desfavorecidos de la fortuna, quienes no pueden alcanzar una sombra a cubierto del sol en otros lugares más amables. Pero la ciudad es próspera y no son muchos los que se ven obligados a resistir. Los domingos, así las cosas, son incluso más despiadados con los supervivientes. La ciudad está desierta y el hombre pasea mirando al frente, asombrado de cruzarse en algún momento con el viandante que sale a comprar el periódico en el único quisco abierto, lejos de su casa a buen seguro, o a comprar la barra de pan en la panadería de emergencia, abandonada toda esperanza de alivio. El hombre siempre se jacta de que es un solitario. Lo hace en las reuniones de sus escasos amigos, de su familia. Desde pequeño todos lo consideran raro. El adjetivo, pronunciado a veces de forma clandestina, en otras ocasiones abiertamente, ha acompañado su existencia desde que recuerda haber salido de las brumas de la inconsciencia infantil. Ama la soledad, dice y se dice. Nada mejor que escuchar sus pasos en los adoquines de esa calle peatonal que cualquier domingo de cualquier otro mes borbotea de gentío y estalla en oleaje de personas. Los domingos de verano, hasta las cafeterías cierran y los bares, esos reductos de supervivencia ante la vaciedad. Es temprano. Camina el hombre y se ve enterrado en su medio ambiente ideal, cuando el calor todavía no aferra con sus garras los cuellos de los habitantes de la ciudad. Le espera su hogar con su aire acondicionado, su mundo y esa soledad que se jacta de amar sobre todas las cosas. No lleva despierto mucho tiempo a la nueva jornada, a la renacida soledad buscada de cada día y el hombre bien sabe que, de nuevo, como cada mañana de domingo en verano, la muda angustia en cuestión de minutos volverá a asentarse triunfante en su pecho.  


819.

ASCHENBACH

El maestro golpea con sus pisadas el pavimento de la calle. Va reposando ya su caminar, que anteriormente es apresurado, en reprimidos aspavientos y discretos atropellos de otros viandantes. Nada reparan en el maestro los demás compañeros de vida en los recovecos de Venecia, en las plazuelas y explanadas que como un estallido de luz culminan las angosturas reinantes en más de una calleja. Hay quien teme al ver sus prisas, su rostro congestionado de antes, su pañuelo enjugando sudores en cuello, cara, manos, las garras del cólera que hiere la ciudad. Nadie va más allá porque su aspecto es atildado, su color no trasluce la palidez del contagiado, sus pasos son demasiado vivos para quien está al borde de la muerte. El maestro reduce su marcha, inspira hondo. La celeridad angustiada del principio, cuando sale de aquel portal, da lugar a una compostura reflexiva. En su apresurarse, casi arroja por el suelo a una mujer que cruza ante la puerta de aquel caserón desportillado en cascarones de pintura vieja y ladrillos exponiendo su desnudez a las maldades del tiempo. Hay que reflexionar sobre lo que vive desde que desembarca en la ciudad, la pasión desatada, el derrumbe de todo en lo que cree, la perplejidad de quien afronta un universo intuido, pero oculto, siempre temeroso de ver la luz de la verdad. Hay que pensar, sobre todo, en la última de sus vivencias, en que Tadzio, lejos de ser la idea de lo angelical descendida del mundo inteligible al infierno de los sentidos, lejos de encarnar con su cuerpo, con sus gestos, con su porte la esencia de lo inmutable, se revela como un pendón que pronto percibe las ansias del maestro, que se las ingenia para citarlo en aquella casa de mala nota, donde alquilan habitaciones por horas. Cuando el hombre localiza la puerta y gira el picaporte, al entrar en la estancia, el muchacho está en la cama, desnudo y sonriendo, aguardando. Unos segundos de zozobra dejan paso a la huida, al furor de la carrera en pos del sol y de la luz.  Aschenbach se dirige al hotel con la determinación de hacer el equipaje y abandonar Venecia mientras su alma de músico percibe sólo una general y temblorosa cacofonía.


818.

AULA

Es una mañana cualquiera de cualquier día del curso. El niño entra en el aula cargado con sus aperos, vestido con el uniforme donde especialmente le molesta una corbatita azul marino aferrada a su cuello con un elástico. Una de las diversiones con más enjundia de la chiquillería es tirar del extremo inferior del adorno para soltarlo de golpe. La garganta de la víctima recibe un latigazo cuya consecuencia es el trote en pos del culpable para propinarle idéntico castigo. Como todas las mañanas de cualquier día del curso, el tropel penetra en el aula, pero hay una atmósfera contenida. Hoy apenas nadie ha tirado de la corbata a nadie. Entre algunos se trasmite un cuchicheo mezclado de temor y secretismo. No a todos llega y hay quien aprecia su revoloteo sobre el ambiente sin saber con certeza el motivo. El niño abre la tapa del pupitre y coloca sus libros, sus cuadernos, los estuches con lápices y los útiles de escritura. Suavemente, el clima en el aula comienza a hacerse espeso, el silencio se va imponiendo sin que haya maestro que lo ordene. El rumor se va ampliando, quedo, reprimido y el niño ignora qué está pasando. Las miradas se dirigen a un asiento vacío, a un pupitre sin la presencia del compañero. El niño también enfila su mirada sin comprender qué llama tanto la atención de la clase. A los pocos minutos de entrar el maestro, todos saben ya qué ha pasado. Lo ha expresado auxiliándose de todos los recursos que su experiencia con los chavalillos le pone a disposición. Un coche ha atropellado al ausente y ya no volverá más al aula. El hombre habla a una concurrencia muda, dócil y el niño se pregunta por qué un coche puede provocar que su compañero deje de venir cada mañana al colegio.


817.

EL GENIO GRIEGO

 LOS BUENOS GOBERNANTES

La producción de Isócrates (436-338 a.C.), aunque creada bajo el epígrafe del género oratorio, puede ser entendida mejor si la concebimos como ensayos políticos avant la lettre. Más aún es así si pensamos que el propio Isócrates nunca pronunció esos discursos que escribía, sino que los publicaba para ser leídos y pronunciados por otros ante diferentes audiencias. En los fragmentos aquí recogidos se hace un elogio de la constitución ancestral de Atenas, la patrios politeia [πάτριος πολιτεία] como modelo para seguir en sus tiempos y, de paso, como un elogio a su patria.

[138] τοῦ μὲν οὖν διαφερόντως τῶν ἄλλων οἰκεῖσθαι τὴν πόλιν ἡμῶν κατ’ ἐκεῖνον τὸν χρόνον δικαίως ἂν ἐπενέγκοιμεν τὴν αἰτίαν τοῖς βασιλεύσασιν αὐτῆς, περὶ ὧν ὀλίγῳ πρότερον διελέχθην. ἐκεῖνοι γὰρ ἦσαν οἱ παιδεύσαντες τὸ πλῆθος ἐν ἀρετῇ καὶ δικαιοσύνῃ καὶ πολλῇ σωφροσύνῃ, καὶ διδάξαντες ἐξ ὧν διῴκουν, ἅπερ ἐγὼ φανείην ἂν ὕστερον εἰρηκὼς ἢ κεῖνοι πράξαντες, ὅτι πᾶσα πολιτεία ψυχὴ πόλεώς ἐστι, τοσαύτην ἔχουσα δύναμιν ὅσην περ ἐν σώματι φρόνησις· αὕτη γάρ ἐστιν ἡ βουλευομένη περὶ ἁπάντων, καὶ τὰ μὲν ἀγαθὰ διαφυλάττουσα, τὰς δὲ συμφορὰς διαφεύγουσα, καὶ πάντων αἰτία τῶν ταῖς πόλεσι συμβαινόντων. [139] ἃ μαθὼν ὁ δῆμος οὐκ ἐπελάθετο διὰ τὴν μεταβολήν, ἀλλὰ μᾶλλον τούτῳ προσεῖχεν ἢ τοῖς ἄλλοις, ὅπως λήψεται τοὺς ἡγεμόνας δημοκρατίας μὲν ἐπιθυμοῦντας, τὸ δ’ ἦθος τοιοῦτον ἔχοντας οἷόν περ οἱ πρότερον ἐπιστατοῦντες αὐτῶν, καὶ μὴ λήσουσι σφᾶς αὐτοὺς κυρίους ἁπάντων τῶν κοινῶν καταστήσαντες οἷς οὐδεὶς ἂν οὐδὲν τῶν ἰδίων ἐπιτρέψειεν, [140] μηδὲ περιόψονται πρὸς τὰ τῆς πόλεως προσιόντας τοὺς ὁμολογουμένως ὄντας πονηρούς, μηδ’ ἀνέξονται τὴν φωνὴν τῶν τὰ μὲν σώματα τὰ σφέτερ’ αὐτῶν ἐπονειδίστως διατιθεμένων, συμβουλεύειν δὲ τοῖς ἄλλοις ἀξιούντων ὃν τρόπον τὴν πόλιν διοικοῦντες σωφρονοῖεν ἂν καὶ βέλτιον πράττομεν, μηδὲ τῶν ἃ μὲν παρὰ τῶν πατέρων παρέλαβον εἰς αἰσχρὰς ἡδονὰς ἀνηλωκότων, ἐκ δὲ τῶν κοινῶν ταῖς ἰδίαις ἀπορίαις βοηθεῖν ζητούντων, μηδὲ τῶν πρὸς χάριν μὲν ἀεὶ λέγειν γλιχομένων, εἰς πολλὰς δ’ ἀηδίας καὶ λύπας τοὺς πειθομένους ἐμβαλλόντων, [141] ἀλλὰ τούς τε τοιούτους ἅπαντας ἀπείργειν ἀπὸ τοῦ συμβουλεύειν ἕκαστος οἰήσεται δεῖν, καὶ πρὸς τούτοις ἐκείνους, τοὺς τὰ μὲν τῶν ἄλλων κτήματα τῆς πόλεως εἶναι φάσκοντας, τὰ δὲ ταύτης ἴδια κλέπτειν καὶ διαρπάζειν τολμῶντας, καὶ φιλεῖν μὲν τὸν δῆμον προσποιουμένους, ὑπὸ δὲ τῶν ἄλλων ἁπάντων αὐτὸν μισεῖσθαι ποιοῦντας, καὶ λόγῳ μὲν δεδιότας ὑπὲρ τῶν Ἑλλήων, [142] ἔργῳ δὲ λυμαινομένους καὶ συκοφαντοῦντας καὶ διατιθέντας αὐτοὺς οὕτω πρὸς ἡμᾶς, ὥστε τῶν πόλεων τὰς εἰς τὸν πόλεμον καθισταμένας ἥδιον ἂν καὶ θᾶττον ἐνίας εἰσδέξασθαι τοὺς πολιορκοῦντας ἢ τὴν παρ’ ἡμῶν βοήθειαν. ἀπείποι δ’ ἄν τις γράφων, εἰ πάσας τὰς κακοηθείας καὶ πονηρίας ἐξαριθμεῖν ἐπιχειρήσειεν. [143] ἃς ἐκεῖνοι μισήσαντες καὶ τοὺς ἔχοντας αὐτάς, ἐποιοῦντο συμβούλους καὶ προστάτας οὐ τοὺς τυχόντας ἀλλὰ τοὺς βελτίστους καὶ φρονιμωτάτους καὶ κάλλιστα βεβιωκότας, καὶ τοὺς αὐτοὺς τούτους στρατηγοὺς ᾑροῦντο καὶ πρέσβεις, εἴ που δεήσειεν, ἔπεμπον, καὶ πάσας τὰς ἡγεμονίας τὰς τῆς πόλεως αὐτοῖς παρεδίδοσαν, νομίζοντες τοὺς ἐπὶ τοῦ βήματος βουλομένους καὶ δυναμένους τὰ βέλτιστα συμβουλεύειν, τούτους καὶ καθ’ αὑτοὺς γενομένους ἐν ἅπασι τοῖς τόποις καὶ περὶ ἁπάσας τὰς πράξεις τὴν αὐτὴν γνώμην ἕξειν· ἅπερ αὐτοῖς συνέβαινεν. [144] διὰ γὰρ τὸ ταῦτα γιγνώσκειν ἐν ὀλίγαις ἡμέραις ἑώρων τούς τε νόμους ἀναγεγραμμένους, οὐχ ὁμοίους τοῖς νῦν κειμένοις, οὐδὲ τοσαύτης ταραχῆς καὶ τοσούτων ἐναντιώσεων μεστοὺς ὥστε μηδέν ἂν δυνηθῆναι συνιδεῖν μήτε τοὺς χρησίμους μήτε τοὺς ἀχρήστους αὐτῶν, ἀλλὰ πρῶτον μὲν ὀλίγους, ἱκανοὺς δὲ τοῖς χρῆσθαι μέλλουσι καὶ ῥᾳδίους συνιδεῖν, ἔπειτα δικαίους καὶ συμφέροντας καὶ σφίσιν αὐτοῖς ὁμολογουμένους, καὶ μᾶλλον ἐσπουδασμένους τοὺς περὶ τῶν κοινῶν ἐπιτηδευμάτων ἢ τοὺς περὶ τῶν ἰδίων συμβολαίων, οἵους περ εἶναι χρὴ παρὰ τοῖς καλῶς πολιτευομένοις. [145] περὶ δὲ τοὺς αὐτοὺς χρόνους καθίστασαν ἐπὶ τὰς ἀρχὰς τοὺς προκριθέντας ὑπὸ τῶν φυλετῶν καὶ δημοτῶν, οὐ περιμαχήτους αὐτὰς ποιήσαντες οὐδ’ ἐπιθυμίας ἀξίας, ἀλλὰ πολὺ μᾶλλον λειτουργίαις ὁμοίας ταῖς ἐνοχλούσαις μὲν οἷς ἂν προσταχθῶσι, τιμὴν δέ τινα περιτιθείσαις αὐτοῖς· ἔδει γὰρ τοὺς ἄρχειν αἱρεθέντας τῶν τε κτημάτων τῶν ἰδίων ἀμελεῖν, καὶ τῶν λημμάτων τῶν εἰθισμένων δίδοσθαι ταῖς ἀρχαῖς ἀπέχεσθαι μηδὲν ἧττον ἢ τῶν ἱερῶν (ἃ τίς ἂν ἐν τοῖς νῦν καθεστῶσιν ὑπομείνειεν;), [146] καὶ τοὺς μὲν ἀκριβεῖς περὶ ταύτας γιγνομένους μετρίως ἐπαινεθέντας ἐφ’ ἑτέραν ἐπιμέλειαν τάττεσθαι τοιαύτην, τοὺς δὲ καὶ μικρὸν παραβάντας ταῖς ἐσχάταις αἰσχύναις καὶ μεγίσταις ζημίαις περιπίπτειν· ὥστε μηδένα τῶν πολιτῶν ὥσπερ νῦν διακεῖσθαι πρὸς τὰς ἀρχάς, ἀλλὰ μᾶλλον τότε ταύτας φεύγειν ἢ νῦν διώκειν, [147] καὶ πάντας νομίζειν μηδέποτ’ ἂν γενέσθαι δημοκρατίαν ἀληθεστέραν μηδὲ βεβαιοτέραν μηδὲ μᾶλλον τῷ πλήθει συμφέρουσαν τῆς τῶν μὲν τοιούτων πραγματειῶν ἀτέλειαν τῷ δήμῳ διδούσης, τοῦ δὲ τὰς ἀρχὰς καταστῆσαι καὶ λαβεῖν δίκην παρὰ τῶν ἐξαμαρτόντων κύριον ποιούσης, ἅπερ ὑπάρχει καὶ τῶν τυράννων τοῖς εὐδαιμονεστάτοις. [148] σημεῖον δὲ μέγιστον ὅτι ταῦτ’ ἠγάπων μᾶλλον ἢ ‘γὼ λέγω· φαίνεται γὰρ ὁ δῆμος ταῖς μὲν ἄλλαις πολιτείαις ταῖς οὐκ ἀρεσκούσαις μαχόμενος καὶ καταλύων καὶ τοὺς προεστῶτας αὐτῶν ἀποκτείνων, ταύτῃ δὲ χρώμενος οὐκ ἐλάττω χιλίων ἐτῶν, ἀλλ’ ἐμμείνας ἀφ’ οὗ περ ἔλαβε μέχρι τῆς Σόλωνος μὲν ἡλικίας Πεισιστράτου δὲ δυναστείας, ὃς δημαγωγὸς γενόμενος καὶ πολλὰ τὴν πόλιν λυμηνάμενος καὶ τοὺς βελτίστους τῶν πολιτῶν ὡς ὀλιγαρχικοὺς ὄντας ἐκβαλών, τελευτῶν τόν τε δῆμον κατέλυσε καὶ τύραννον αὑτὸν κατέστησεν.

[138] Así pues, podríamos justamente atribuir a quienes reinaron en ella, sobre los que hace poco hablé, la responsabilidad de que en nuestra ciudad por aquel tiempo se viviese de un modo superior a las demás. Ellos fueron quienes educaron al pueblo en la virtud, la justicia y la profunda moderación; quienes enseñaron a partir de su forma de administrar (algo que parece yo podría expresar después de que ellos lo llevaran a cabo) que toda constitución política es el alma de la ciudad, cuya fuerza es tanta cuanta posee el entendimiento en el cuerpo. Ésta es la que delibera sobre todos los asuntos, la que preserva los bienes, la que evita las desgracias, la que es responsable de lo que sucede en las ciudades. [139] El pueblo aprendió esas enseñanzas, no las olvidó en el cambio político y en mayor medida que a otros aspectos prestó atención a cómo conseguir unos dirigentes que ansiaran la democracia y que tuvieran el mismo carácter que quienes antes lo gobernaron, y a evitar establecer como gestores de la totalidad de los intereses públicos a ésos mismos a los que nadie les encomendaría ninguno de sus intereses privados; [140] ni permitir que intervinieran en los asuntos de la ciudad quienes eran gentes reconocidamente indeseables, ni tolerar la voz de quienes disponían de sus propios cuerpos en forma reprochable, pero se dignaban aconsejar a los demás el modo en que podrían administrar la ciudad sensatamente y actuar mejor; ni de quienes dilapidaron los bienes que recibieron de sus padres en vergonzosos placeres y pretendían auxiliar a sus particulares estrecheces con los bienes públicos; ni de quienes siempre ansían hablar para agradar, pero empujan a los persuadidos a sufrimientos y pesares. [141] Todo el mundo creerá que se debe apartar a esa clase gente en su totalidad de la tarea de aconsejar y además de estos a aquellos que mientras afirman que los bienes de los otros son de la ciudad, se atreven a robar y saquear la propiedad pública y fingen amar al pueblo, y hacen que éste sea odiado por todos los demás. De palabra, temen por los griegos, [142] pero de hecho, los perjudican, los calumnian y los disponen hacia nosotros de tal modo que las ciudades en guerra recibirían más gustosa y rápidamente a sus sitiadores que la ayuda procedente de nosotros. Cualquiera dejaría de escribir si intentase enumerar todas sus amldades y perversidades. [143] Por odio hacia quienes albergaban estas desviaciones, aquéllos nombraron consejeros y dirigentes no a los primeros que encontraban, sino a los mejores y más moderados, a quienes habían vivido de la manera más honrada. A tales personas elegían como generales y enviaban como embajadores, si tenían necesidad de ellos. Les entregaban todo el poder de la ciudad en la creencia de que quienes en la tribuna querían y podían ofrecer los mejores consejos, ésos mismos tendrían idéntica opinión, siendo como eran, en cualquier lugar y sobre cualquier actuación. Y eso era lo que les pasaba. [144] Porque lo sabían, en pocos días veían las leyes escritas, en nada semejantes a las que ahora existen, ni llenas de tanta confusión y contradicciones, como para no poder distinguir las útiles de las inútiles. Por el contrario, en primer lugar, promulgaban escasas leyes, suficientes para quienes iban a servirse de ellas, y fáciles de comprender; leyes justas, en segundo lugar, convenientes y concordes con sus espíritus, elaboradas expresamente para las actividades públicas o para los contratos privados, tal y como deben hacer los que gobiernan de forma correcta. [145] En aquel mismo tiempo, entregaron los cargos a los elegidos por las tribus y los demos (1). No convirtieron esos cargos en algo disputable y deseable, sino mas bien en algo similar a las liturgias (2), molestas para quienes deben cumplirlas, pero que los rodean de cierto honor. Los escogidos para mandar tienen que desentenderse de sus bienes privados y abstenerse de los fondos que se acostumbra a dar a los cargos en no menor grado que se hace con los bienes sagrados (¿quién soportaría eso en las circunstancias presentes?). [146] Quienes cumplían concienzudamente en esos cargos eran elogiados con moderación y se les ordenaba otra función similar; pero quienes cometían alguna transgresión, incluso mínimamente, incurrían en la más extrema vergüenza y en los más graves castigos. De ese modo, ningún ciudadano estaba dispuesto hacia los cargos como se está ahora, sino que entonces los rehuían más de lo que ahora los persiguen. [147] Todos creen que nunca habría democracia más verdadera ni más cierta ni más conveniente para la mayoría que la que concedía al pueblo la exención de semejantes actividades, pero que lo convertían en amo a la hora de fijar los cargos y hacer justicia con los infractores, algo que incluso les compete a los más afortunados de los tiranos. [148] La señal más importante de que amaban esa situación más de lo que yo digo es ésta. Es evidente que el pueblo combate otros regímenes políticos que no le placen, los liquida y mata a sus dirigentes; pero es también evidente que se ha servido de un régimen como éste durante no menos de mil años y ha perseverado en él desde que lo recibió hasta tiempos de Solón y hasta el gobierno de Pisístrato, que fue un demagogo, perjudicó mucho a la ciudad, mandó al exilio a los mejores ciudadanos bajo la acusación de ser oligarcas, acabó por finiquitar la democracia y se impuso a sí mismo como tirano.

 Isócrates, Panatenaico, XII 138-148.

(1) Las tribus y los demos eran particiones del pueblo ateniense que servían de base para la elección de cargos.

(2) La palabra española “liturgia” procede del griego “leiturguía” [λειτουργία]. Su sentido originario hace referencia a la contribución económica anual que los ciudadanos atenienses más pudientes debían aportar para financiar determinados servicios públicos.