828.

ECOGRAFÍA

 La mujer mira al techo y golpea rítmicamente el suelo con su pie izquierdo. Hace amagos esporádicos de acompañar el concierto con un tamborileo de dedos sobre el brazo del sofá, pero algo inconsciente la detiene antes de que el espectáculo derive por senderos más sinfónicos. A su lado, el hombre hojea una revista de ésas que los médicos regalan a los pacientes, no se sabe si con la pérfida intención de evaporar sus temores entre el oropel y la púrpura de gentes con más dinero, más hermosa y más afortunada en la vida. Quizá la envidia sea el mejor anestésico. En la consulta, que transpira un minimalismo fallido, como de feria de muestras postmoderna en un país de economía emergente, se congregan otros seres a la espera de que la auxiliar los convoque y los introduzca en la matriz mistérica donde el médico anida. La pareja está expectante. Es un momento serio porque todo pronostica una ecografía en tres dimensiones donde el facultativo revelará a los futuros padres el sexo de la criatura que esperan. Ella dice siempre que le da igual, que la suerte dicte su sentencia, que es indiferente una cosa u otra. Y él la secunda, como casi siempre, incidiendo en la escasa relevancia del asunto. Lo importante, suena la frase común, es que esté sano y todo salga bien. El hombre pasa una página y otra. La boca del estómago lleva contraída en un pellizco inapreciable al exterior desde que comenzó la aventura de la paternidad. Sabe que es difícil la misión, fundamentalmente porque, aun obrando siempre con una conducta que desea intachable, no ignora que la vida carece de reglas ciertas, que el malo suele triunfar y el bueno perecer, que la honradez es idiocia. Y eso le hace vacilar en las funciones que acechan sobre sus hombros. Pero, puestos ya en la tesitura y dado que el fútbol, los deportes todos, carecen de interés para él, y los coches y las motos; dado que el bricolaje le resulta odioso, que es cósmicamente torpe y que la violencia lo descuadra, ruega a un dios desconocido que la criatura sea niña.

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827.

GORGONIOTIS

Gorgoniotis pasa las tardes en una taberna del puerto de Hermúpolis, en la isla de Siros. Un vaso de ouzo, seco en tiempo frío, con agua en tiempo cálido, imprime sus años de oficio sobre el mármol viejo, donde veces incontables se aposentaron otros recipientes con idéntico contenido y ensoñaciones infinitas en quienes los tocaban. Deja que las horas abonen el surco tortuoso de una vida ya en calma, pero expuesta al borde del abismo durante los decenios en los que salió cada día a la mar. Ahora su trato con la pesca, con los barcos, con las redes, con las cajas llenas o vacías de sustento se reduce a las charlas con los pescadores amigos, conocidos, con sus hijos o sus nietos. A veces, cuando no puede dormir, sale de su casa al amanecer, a caminar por la playa con su gorrilla de visera machacada de galernas y solanos, de salitre y gasoil. La playa es un lugar que los turistas empiezan a convertir en molesto para la existencia de quien está acostumbrado al ruido sólo de las olas y admite únicamente el estruendo si va acompañado del miedo a la muerte en la tempestad. La vida se le escapa entre los resquicios del alma. Y todo va encajando. No le gusta la idea de morir, pero no se resiste porque es la ley y de nada vale intentar eludirla. Sólo le aflige que no le creyeran y que en tono de burla le asestaran el apodo de Gorgoniotis. Los nuevos del pueblo ignoran el origen del mote y los que están al tanto son ya tan pocos que tienen la memoria quebrada o atienden a otros menesteres más imperiosos. Él lo tiene en cuenta siempre porque fue importante. El instante más trascendente de su vida. Más que su boda con su esposa Ivi, muerta hace cinco años; más que el nacimiento de sus hijas, todas con vidas lejanas; más que la jornada en que su barca tanto rebosó de pescado que estuvo celebrándolo tres días enteros. Aquella fundamental y distante noche la contó a sus compañeros pescadores del puerto de Hermúpolis, espantado de lo visto y asustado de vivir para narrarlo. La leyenda, les dijo, era cierta porque él la había vivido. Tesalónica, la hermana de Alejandro, la Gorgona, se le había alzado ante sus ojos entre las aguas del mar, con sus pechos goteando, su cabello pegado, sus ojos y sus manos suplicantes, oculta su mitad de pez bajo las superficie de las aguas. Era una noche de luna llena en la que tuvo que echar las redes solo porque una enfermedad retenía al patrón en casa. Le preguntó lo que todos saben que pregunta: “¿Vive el rey Alejandro?”. Y Yorgakis, el pescador, balbuceando respondió lo que debía responder: “Vive y reina y el mundo gobierna.” Tesalónica rió con un estrépito que contrajo el rostro de la luna. Y como dice la leyenda, cantó de alegría mientras se internaba en el abismo. No había vacilado el muchacho y estaba a salvo del seguro hundimiento. Había esquivado la muerte. Lo contó, pero nadie le creyó. Sólo lo hizo una vez. Calló para siempre desde entonces. Pero en el pueblo comenzaron a llamarle Gorgoniotis porque, contaban entre risas, había evitado la muerte haciendo feliz a la hermana del rey Alejandro. Como dice la leyenda.


826.

DECISIÓN

La opinión la mantiene desde que ve a su abuela fenecer lentamente, atormentada por una enfermedad que la carcome año tras año entre la desesperación de la familia, las garras de la culpa, las críticas veladas y el derrumbe universal. No quiere ser una carga para sus hijos, intuir, a pesar del deterioro, los reproches mutuos, las reticencias, el hartazgo. La salud por ahora es buena en general. Nada en su parte puramente física augura un final rápido del calvario. Sólo su cerebro, en la sección no estrictamente vegetativa, decide convertir los últimos años de su vida en una cruel carrera de obstáculos, cada valla más alta, cada foso más profundo, cada paso más amargo. El azar le concede la oportunidad para ser coherente con sus principios y concluir la existencia del modo en que imagina. Siempre es posible que acuda la muerte con una careta inesperada y salve aquella exigencia. Es una eventualidad con la que no cuenta porque la vida ama reírse de nosotros regalándonos con veneno e hiriéndonos con la dulcedumbre. Sale de la consulta del médico solo. No ha querido testigos de la sentencia, por más que su hija ha insistido en acompañarle. Duda si decir la verdad u ocultarla para que no arrase el pánico. Al cabo, no ve razón para cubrir de niebla lo que es evidente, y tampoco, si se cumplen sus previsiones, tendrá nadie que sufrir su enfermedad. Todo es cuestión de planificar la vía, de saber el momento en que pueda acometer el acto definitivo, ese punto en el que todavía no pierde su capacidad de obrar, pero está al límite de su autonomía. Tampoco quiere irse antes de tiempo porque aprecia la vida y le queda algo por culminar. Ese es el elemento de equilibro de este juego, el ángulo esencial en el que dar un giro. Aunque no es necesario precipitarse, y no cree que les moleste mucho a los hijos apurar un poco y permitirle gozar de algunas primaveras, aunque sólo sea en el postrer resquicio de conciencia, cuando la ciudad huele tan bien y el sol acaricia sin ofender. Es su padre y algo le deben.


825.

BOMBA

El navegante se refleja, rostro ausente, mirar perdido, en la ventanilla que separa un ambiente confortable del exterior silencioso y frío. Lleva un mes de travesía. La oscuridad del universo se desliza serena ante la nave, sin inmutarse por la herida que su impulso inflige en esa tela negra moteada de lejanos colores. Fuera, nada parece moverse, nada vive, todo es energía, fuego, roca, vacío. Sobre todo, vacío. El mismo que en breves instantes va a inundar la conciencia del navegante, afanado en su última misión. Después de tantos años de viajar a través de los planetas y satélites, de meteoros y anillos de asteroides, le seduciría la idea de volver a la Tierra con el trabajo hecho y la recepción de la humanidad agradecida. El vacío, ese compañero de tantas horas, oculta bajo su sombra poderosa la satisfacción de protagonizar instantes tan repletos de sentido. Sea lo que sea, el azar, el destino, los dioses, la maldad del espacio oscuro que domina el universo, impide que el navegante y sus compañeros regresen a su hogar. Consuela algo, en esa mirada que intenta escudriñar lo que transcurre al otro lado de la ventanilla, el cumplimiento de lo planeado. En pocos segundos, la última bomba nuclear que fabricó la humanidad estallará en el seno del firmamento, lejos del hogar. Es un símbolo de la era de calma que tras milenios de violencia reina sobre la piel del planeta. Y un fallo, un imprevisto, provoca que la nave permanezca adherida a ella hasta el momento final.


824.

Haces una leve incursión en una línea que mantuvo este blog desde el principio, pero que en los últimos tiempos tenías abandonada por hartazgo y desilusión. Hoy tienes que levantar desde este lugar tu voz atemorizada ante el avance de los tres jinetes del Apocalipsis que de nuevo golpean las puertas de tu idea de Europa, de la civilización y de los valores ilustrados, que son tal para cual. Parecían hundidos en el abismo de los terrores de la Historia, de la narración de la infamia, del pudridero de los millones de cadáveres que su impulso ha plantado en los campos de este rincón del globo, pero no estaban muertos. El nacionalismo, el comunismo y el integrismo religioso vuelven a cabalgar. El primero, efluvios de armas al hombro, hace presa  con su vertiente secesionista  en dos países, España y el Reino Unido, y con su vertiente extremista en otros lugares como Francia. El viejo comunismo, eternos fríos de Siberia, ha reaparecido con ropajes postmodernos, de artisteo pop, en grupos políticos como Podemos en España o Syriza en Grecia. Y el integrismo religioso tan amigo de patíbulos, una vez domado el cristianismo, nos amenaza con el islam. Conscientes, además, de su comunidad de fines en el odio hacia la única libertad cierta, la libertad de cada individuo, se te presentan como aliados frecuentemente. No sabes cómo se saldrá de esta, pero lo que sí sabes es que nada en la vida permite el descanso y que, como dijo Heráclito, el conflicto caracteriza ese ser que fluye sin detenerse.