831.

RENACER

Sus horas de ocio se escapan colmadas de naves interestelares, extraterrestres animalescos de colores y fosforescencias, monstruos galácticos rugosos y mugidores, colonias planetarias y demás escenografía al uso. Son horas queridas más allá del trajín corrosivo de los deberes escolares, de los desiertos que se le antojan las aulas y los patios de recreo. Entre todo su aparato de fantasías hay un motivo más fascinante que los demás. Es el supuesto, un clásico del género también, en el que la Tierra está abocada a perecer y algunos visionarios diseñan y construyen la nueva arca que salvará en planetas lejanos una humanidad agonizante. Durante un buen número de tardes de sábado y domingo, especialmente en otoño, coincidentes con el inicio de la anual vía dolorosa del colegio, el niño se contempla rumbo a una galaxia de nombre evocador (cómo resuena en su imaginación Alpha Centauri), un lugar donde no hay maestros, ni compañeros, ni exigencias, ni burlas, ni peleas. Tampoco hay libros de Matemáticas que pretenden con sus colores chillones e hipócritas enmascarar la herida que van a infligir. Todo ese universo de irrealidades se hace un día real cuando las autoridades anuncian el fin del mundo inminente en pocos años a causa de un cometa loco y la construcción de esa arca imaginada. Todo se revuelve en su mente cuando se le notifica a la familia del niño que ha sido seleccionada para renacer con la Humanidad en otro enclave todavía perdido en los abismos del cosmos. Y todo se agita en su cuerpo cuando, al entrar en su nuevo hogar, halla la nota en la pantalla que le asigna el colegio y el aula donde continuar, como si nada pasara, el suplicio terráqueo.


830.

SEMÁFOROS

Las calles están vacías. Es una gran ciudad, en un gran país. La primavera goza en su cenit la prepotencia de quien se sabe dominador de la vida. Estallan flora y fauna, colores y aromas. El mar posa sus dedos blancos sobre la piel amarillenta de la ciudad, pero nadie estira su piel bajo el sol, ni humedece sus poros con el agua. La playa también está vacía y sólo la consuela el coro penetrante de las gaviotas. Silencio y más silencio. En estos momentos se espera que las personas se vuelvan lobos para las personas, alimañas desatadas en sus instintos más arcanos. Nada de esto sucede. Todos se ocultan en sus guaridas y callan. Se sospecha que únicamente los ojos comunican las emociones que arrebolan los rostros, no se sabe si por vergüenza ante la culpa o por el temor del fin. El mundo perece y sólo se oye en la gran ciudad el silente bullicio de las hojas en los árboles, mientras los semáforos lamentan con el clamor de los colores su definitivo abandono.    


829.

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Muchas veces has contemplado este mosaico sin más reacción. Pero esta tarde de otoño lánguida e informe, no sabes por qué, se te antoja que tu ateísmo bien merecería ser magníficamente derrotado por alguien tan lleno de eternidad como este hombre que se dice es Dios.