837.

CAMBIO

 Asomado al balcón de su casa, el hombre observa en calma el atardecer de la ciudad. Los demás lo suelen mirar interrogantes, a la expectativa de una respuesta. Que debe ser impenitentemente la misma. Así es, afirma una y otra vez cuando el asunto emerge en las conversaciones, todas alegres, donde se trata de la enfermedad y de la curación, tan improbable, como bienvenida. Los demás sonríen, compañeros en las conclusiones sacadas tras el proceso, seducidos por la solidez de quien les habla, incólume a pesar del calvario y de los años de lucha con la adversidad. Y corrobora que la vida es diferente después de la prueba. Sus interlocutores oyen narrar las mutaciones íntimas que el combate arduo con la muerte y la victoria generan en las almas de los contendientes. Las miradas mutuas de satisfacción llenan el ambiente y se confirma una vez más que nunca debe nadie rendirse y que lo humano es pelear. Sí, la existencia, defiende él en otro instante, adquiere otro colorido, otra perspectiva y lo que antes provocaba un derrumbe, ahora no pasa de un ligero cosquilleo en las arrugas del espíritu. Efectivamente, nada es igual después de ese bache abismal. Puede ser, y el hombre mira hacia el piso de abajo, que ese vecino opine lo mismo que todo el mundo, pero sigue siendo tan odioso como siempre y hay que planear cómo denunciarle por el toldo, tan horrendo, que ha colocado sin permiso en su balcón.


836.

TREN

Está tomándose un café en un bar justo frente al edificio donde está la consulta del médico que acaba de visitar. Un médico particular, elegido al azar entre las placas pegadas a los muros. Un médico sin cercanía al que le cuenta todo, absolutamente todo, sin vergüenza, y quien ordena los estudios pertinentes. Es lo primero que sabe tiene que hacer cuando todo pasa. Los resultados de las pruebas son buenos. La mujer no tiene nada malo. De nada se ha contagiado. Mientras acerca la taza a sus labios, no aprecia el alivio que se espera cubra con un manso oleaje las zozobras pasadas. Al otro lado del ventanal donde grandes e impertinentes letras opacan las imágenes, la gente camina, el tráfico corre, los bloques de pisos se fosilizan y las nubes huyen desgarradas. Es la lágrima que desciende por la mejilla del desconocido lo que la seduce en el primer tren de la mañana, que sale de noche aún. Es la ausencia de cualquier otro pasajero en el vagón, el paso ya lejano del revisor que ha picado los únicos dos billetes. Es la discusión que la mujer tiene con su marido la tarde antes de partir a casa de la madre enferma para cuidar de ella durante un par de semanas, como es habitual en los últimos años. Es la ciudad aún dormida, como ocurre lejos de las grandes capitales, y la tibia oscuridad. Es la conjura de unas reflexiones traidoras al albur de tantos años percibidos ahora como navajas en la piel del alma. Es la mirada mutua mantenida entre los dos extremos del vagón, asientos frente a frente. Es ese desconocido que tras varios minutos de conexión con los ojos, se le acerca, la toma de la mano y, sin resistencia, se la lleva al lugar donde pueden fundirse ocultos a la presencia del único testigo posible. Nada siente en el arrebato. No hay placeres, ni el físico ni el psíquico. Es una de esas novelerías que se despliegan en las películas, que le ha sucedido a ella y que parte de sus sentimientos sin dejar rastro. Baja la taza, la pone sobre el platillo, se levanta, paga en la barra y sale del bar camino de la casa donde le espera su vida.


835.

VENECIA

Por efecto de la marcha, el vaporetto hiende las aguas de la laguna. Hasta acariciar los postes, los embarcaderos, las puertas a ras de agua de los palacios y las casas, el impulso de las ondas avanza y muere. Es de noche y el Gran Canal fosforece de iluminación y carteles donde se anuncian esas eternas exposiciones que exhuman algo de vida en las fachadas donde se entierran los oropeles del abandono. En la cubierta del barco, la mujer está en cuclillas, ajena al bullicio de los turistas. Y los turistas están en pie, ajenos al llanto de la mujer. Cerca de ella, el hombre contempla transido el espectáculo exuberante desplegado ante sus ojos. En algún momento, sucintamente, aparta la mirada de las luminarias, de los edificios, de los esplendores de siglos pasados para observar a la esposa que se lamenta ahora de su cansancio, de su hartazgo de tanto viaje. En sus lágrimas se revela el deseo de volver a casa, de reingresar en la rutina, de alejarse de la guerra diaria con los lugareños, con sus comidas, sus costumbres y sus manías incomprensibles. Añora en una contenida queja ese lecho que nada tiene que ver con los encontrados en los hoteles y esas paredes que tanto distan en su calidez de las que se erigen en los hogares mercenarios. El hombre desiste de la atención a su esposa y entrega sus sentidos al éxtasis de una belleza por decadente más hermosa; por derrotada, más penetrante. Entre fogonazo y fogonazo del placer al que los sueños envueltos en realidad invitan, quiere recordar aquel artículo de prensa en el que se informaba cuánto cuesta tramitar un divorcio rápido.


834.

SOLES

Amanece. El hombre camina lentamente hacia la aurora. Al otro lado de las montañas la luminosidad escinde el alboroto de las nubes con la suavidad de un dulce despertar. El paisaje se desliza en las pupilas del hombre con mansedumbre, orlado de tonos pálidos en el colorido de la alborada. Los dos círculos se abren camino majestuosos, anunciando el acontecimiento de los dos soles y del primer testimonio del hombre en el planeta recién hollado por sus plantas. Una superficie donde la temperatura es agradable; la vegetación, fresca en su modestia; los sonidos, suaves en su moderación; los cielos, ahora iluminándose, limpios, azules. Una cascada al fondo obsequia los oídos cansados del hombre. Tras un largo viaje, se ha cumplido la misión y el ser humano pisa esa nueva tierra, escondida entre la multitud innumerable de galaxias. El plan se ha cumplido y finalmente aquí debe comenzar un nuevo mundo, atrás el viejo hogar destruido hace tiempo por los azares del  cosmos en una apocalipsis que se llevó a miles de millones de personas. Hubo esperanza y el ingenio del hombre creó el modo de preservar por otros cientos de miles de años un reducto de esa especie definida a sí misma como inteligente, pero a la que el único consuelo que le queda es saber que su final no está provocado por ella misma, como se esforzaron en pronosticar los agoreros de la catástrofe. El hombre se sienta sobre una roca a contemplar un espectáculo que será en adelante el espectáculo del resto de su vida. La misión ha sido cumplida y se ha arribado al planeta. A sus espaldas, humeante, la nave termina de consumirse. En su interior, fundido en el metal arden los cuerpos débiles de los otros seres humanos, de sus compañeros durante la interminable travesía. Se llevó a cabo lo previsto, pero el hombre contempla solo el amanecer de los dos soles en el horizonte de montañas.


833.

Al  final, Marinetti ha vencido. Un coche (chatarra al fin) es más hermoso que la Victoria de Samotracia. El proceso que inició Goya introduciendo la fealdad en el arte culmina en nuestros días con el triunfo de lo horrendo en las salas de conciertos, los libros, las calles, las galerías, los museos y las casas. Porque es la fealdad lo que caracteriza al arte moderno. O el desprecio a la belleza. Todo comenzó con el sueño de la razón, siguió con el arte como arma de unos y de otros para transformar la sociedad y termina, triunfante el sinsentido, en nuestra fealdad de cada día transmutada en hermosura.


832.

PROSPECTIVA

Por un momento, los ojos se acompasan con el baile de los limpiaparabrisas. Es una ínfima parte de un segundo. Y es tan inconsciente como la conducción del coche, que avanza entre el caos habitual en una mañana de día laborable. Tan cierto como que llueve es la pérdida de la hija y lo es el seminario que le aguarda en la institución de renombre. La primera circunstancia es imprevista; la segunda, preparada desde hace un año. Por más que desee dedicarse al gesto de la muchacha, la obligación empuja a honrar los compromisos. Maneja la utilería del vehículo con parsimonia, Incluso alguien aguijonea sus oídos con la bocina ante un semáforo demasiado tiempo en verde. La nota la encuentra por la noche, cuando regresa a casa de la primera jornada del seminario. Ella le dice que se va con su novio. No hay más palabras, más información, más entrega. Simplemente, le dice adiós. El hombre llega a la sede de la institución de renombre y aparca en el garaje. Con su maletín, accede a la sala borboteante de público. Como ayer, como antes de ayer, como mañana, como siempre, cumpliendo una vida sin resquicios lejos de estadísticas, números, informes. Mientras abre su portátil y apresta la maquinaria audiovisual, se pregunta cómo es posible que valoren tanto sus predicciones. Rara vez acierta, rara vez prevé lo que va a suceder el experto en prospectiva. Y ve nacer un punto de orgullo que no puede compartir con nadie en la casa vacía que aguarda su vuelta esa misma noche.