840.

Llega a tus manos, como cada mes, un ejemplar del periódico mensual editado en el pueblo, una publicación gratuita cuyo mayor mérito es la calidad del papel, merecedora de contenidos propios de una exposición dedicada a un grande de la pintura de todos los tiempos. Dinero del contribuyente despilfarrado en una especie de hoja parroquial laica que te deja estomagado de tanto olor a sacristía progre, a incensario modernito, a breviario de puño con rosa. Entiendes de nuevo el odio de la progresía a la Iglesia y al franquismo. Quieren ser como ellos, dictar tus pensamientos, introducirse en tu alma y hacer que comulgues con sus mitos. Ahora te empachan con tanta apelación a la solidaridad, al buen rollito con la inmigración, a la intolerancia con la  “violencia de género”, al respeto ecologista por la naturaleza. Y se dicta la hoguera civil para el hereje que se aparte del camino salvífico. Terminas asqueado con tanta hipocresía, con tanto alcalde hasta en la sopa amparando sus indigestos tópicos, con tanto concejal mediocre y sus sonrisas falsas. Luego hay quien se extraña de que la extrema izquierda se felicite por los buenos augurios en su asalto al poder. Hay un poso de siglos y siglos de limpieza cerebral que exige el advenimiento final del Estado omnisciente y omnipotente. La reedición postmoderna de la alianza eterna entre el Trono y el Altar. Así que doblas el periódico y lo sumerges en la cesta donde van a parar todos los papeles cuyo destino es ese contenedor de reciclaje que, te temes, acabará en el vertedero común.

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839.

SILENCIO

“Me gustas cuando callas porque estás como ausente”. El verso se recrea en su cabeza con una reiteración a veces exasperante. Él, tan pobremente dotado para la literatura y para las letras en general, se topa con la obra de casualidad. Y le apuñala el alma con su verdad de enamorado expectante. Consigue terminar el poema entero haciendo el esfuerzo de quien sube a la cima de montes nunca antes hollados por su pie torpe. En ocasiones, le llena de consuelo comprobar cómo la experiencia con aquella mujer, a la que muestra una adicción digna de mejores sustancias, ha sido compartida por alguien de más altura que él. Altura intelectual con toda seguridad; humana, tal vez, porque desconfía de quienes son superiores y sospecha ocultos laberintos de inmundicia y cobardía. Luego, descubre que un artista de la música le compone una melodía al poema y la escucha de la canción lo sume en más profundas sinuosidades anímicas. Aquella mujer, de conducta tan inextricable, con una belleza de la que se siente indigno en su consciente mediocridad, cuando está a su lado, calla. El silencio es el cuarto en discordia, además de ese tercero que se inmiscuye persistente y que difumina la voluntad de ella. Lucha por la mujer con el auxilio del poema porque ella no habla ni siquiera para decirle un adiós definitivo. Tampoco piensa, afirma, cuando le pregunta qué pasa por su mente. En la muda contienda, conoce a otra que mantiene el silencio encerrado en las frías mazmorras del recuerdo. Y cuando aquella otra, la silente, habla al final para aceptar sus palabras, el hombre nada le responde y la abandona en silencio para ir junto a la mujer que habla y no volver a leer nunca más en su vida poema alguno.      


838.

EL GENIO GRIEGO

UN CASO DE OSTRACISMO EN SU MARCO ORIGINARIO

Plutarco cuenta esta anécdota dentro de su Vida de Arístides, obra inscrita en la serie Vidas paralelas. Esos buenos atenienses del siglo V a.C. sabían cómo tratar a quienes están metidos hasta en la sopa en el día a día de los ciudadanos. Aunque dudas de que esos Arístides de nuestros días tuvieran la decencia de responder como lo hizo el original.

[5] γραφομένων οὖν τότε τῶν ὀστράκων λέγεταί τινα τῶν ἀγραμμάτων καὶ παντελῶς ἀγροίκων ἀναδόντα τῷ Ἀριστείδῃ τὸ ὄστρακον ὡς ἑνὶ τῶν τυχόντων παρακαλεῖν, ὅπως Ἀριστείδην ἐγγράψειε. [6] τοῦ δὲ θαυμάσαντος καὶ πυθομένου, μή τι κακὸν αὐτὸν Ἀριστείδης πεποίηκεν, ‘οὐδέν,’ εἶπεν, ‘οὐδὲ γιγνώσκω τὸν ἄνθρωπον, ἀλλ᾽ ἐνοχλοῦμαι πανταχοῦ τὸν Δίκαιον ἀκούων.’ ταῦτα ἀκούσαντα τὸν Ἀριστείδην ἀποκρίνασθαι μὲν οὐδέν, ἐγγράψαι δὲ τοὔνομα τῷ ὀστράκῳ καὶ ἀποδοῦναι.

[5] Se dice que en el momento de escribir en los óstraka, uno de los presentes, un campesino analfabeto e inculto, llamó a Arístides, allí presente de casualidad, y le tendió su óstrakon para que inscribiese el nombre de Arístides. [6] Ante su asombro, le preguntó si Arístides le había hecho algún mal. “Ninguno” respondió “ni siquiera conozco a esa persona, pero me molesta oír hablar por todas partes de `El Justo´”. Tras oír esa respuesta, Arístides nada repuso, escribió su nombre en el óstrakon y se lo devolvió.

Plutarco, Vida de Arístides, VII 5-6.