865.

DIAGNÓSTICO

Ella conduce el coche. Alrededor de la máquina se aglomeran cientos de luces en la noche acompañadas por las farolas de la autovía y las luminarias tímidas que exhalan las ventanas de los bloques que orillan la calzada. Ella habla y le asegura al hombre que viaja a su lado, la constancia, la lucha, no ceder al desaliento, la búsqueda de un remedio aunque suponga la ruina absoluta de la familia. Menciona posibles milagros al otro lado del océano. A veces, el hombre, que mira pensativo el horizonte de negrura y puntos de luz, advierte el temblor de unas palabras a punto de romperse. Lleva en su regazo un voluminoso sobre, grande y blanco como un sudario, con letras escritas en su ángulo donde se alinean titulaciones y sabidurías. La mujer no se da por vencida, asevera, nada está escrito ni concluido. Pero el hombre calla y observa el mundo que burbujea al otro lado del cristal, sus rastros en el telón oscuro de la noche. Sabe que todo está ya dicho. Ella le confiesa que no sabe si es oportuno comunicarles a los hijos el diagnóstico. Y despliega un monólogo en el que se suceden, como una partida de ajedrez en solitario, los argumentos a favor y en contra. Y en medio del torrente de razones, ella no advierte que el hombre que viaja a su lado nada dice. Sólo deja vagar no se sabe qué pensamientos en la mente oculta dentro del laberinto de su cerebro. El coche toma una desviación a la derecha y enfila la carretera que lleva a la urbanización donde viven la mujer que conduce el coche y el hombre que viaja a su lado. A pesar de las palabras, parece claro que todo está a punto de terminar en pocos meses. No sólo para el hombre que posa su mano en el sobre amplio y pálido como la sábana que tapa el rostro de un cadáver; también para quienes lo rodean y lo quieren. Ya en el garaje y caminando hacia el ascensor que les deja en la planta donde les aguarda su piso, el hombre revela a la mujer que sólo hay un instante de su vida que le gusta pensar en llevarse a la otra orilla, de haberla. Hace algunos años, una cafetería en una mañana de inicios del invierno, los dos sentados a una mesa junto a un ventanal enorme, y tomándose él un chocolate y ella un café. Acaban de dejar en la editorial aquel libro que la tiene ensimismada y ausente durante más de un año y vuelve a ser suya. De nuevo.

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864.

DESPEDIDA

Quedan por delante cinco horas de camino enredado entre las volutas de la montaña. Pista estrecha, a veces polvorienta, curvas que estrangulan, pedregales a uno y otro lado, matojos, laderas escarpadas que auguran viejas emboscadas en aquellos tiempos de guerra y sangre. El paisaje es hosco, igual que las gentes que lo habitan. Luego, un día de espera en la ciudad y el barco que lleva al otro lado del mar en una travesía que consume toda la noche. Y al día siguiente, a las pocas horas de que la aurora levante el manto austero de la noche, el puerto de la otra ciudad, desde la que el autobús de la empresa renqueando lleve a la familia hasta el hogar anclado en la gran urbe. El camión del padrino serpentea afanoso por la carretera mientras el niño observa la desolación ardiente de fines de agosto en aquella tierra marcada por los dioses con la rudeza. Atrás quedan dos meses de vacaciones en el pueblo. La familia, los primos, los tíos, la abuela ciega que prepara cada mañana el desayuno con unas manos que simulan ojos por la agilidad de decenios consumidos en las mismas labores. El jolgorio de la tribu camino abajo, hacia una playa donde apenas hay gente. Playa amplia, amarillenta, cálida, que abraza con los bordes de la mínima bahía a quienes se acogen a su seno. Chapuzones, crema solar, algarabía. Luego, el retorno a casa, agotados por el sendero cuesta arriba, el almuerzo con los refrescos que traen los adultos, lujo imposible en el invierno, las siestas aburridas por el silencio tiránico de los mayores, la merienda y el ronroneo del atardecer al aroma de la dama de noche y las palmeras en una calle donde todo el mundo conversa, sillas, sillones y hamacas ante las puertas de las casas y sus muros. Hasta que entrada la noche bien profunda, se recoge el tinglado. Y todos van a dormir. Día tras día, con la procesión de personajes ya conocidos: el panadero, el tendero, el farmacéutico, el pescador, el camarero, el cura. Con los paseos por la plaza y las excursiones. Ahora, cuando el camión ataca con brío una pendiente, expulsando golpes de humaredas, el niño sabe que se acaba el verano, aunque el calor lo atenace todavía un par de meses; sabe que vuelve la gran urbe, con su tráfico, con su frío, con sus libros, sus exigencias, sus aulas, sus compañeros, esa fauna salvaje más abrupta que el rechinar de las cigarras y el secarral donde se ocultan. Y sabe las ausencias de los seres que hasta hace unos instantes han cubierto de blandura su verano. Vuelven el nudo interminable en la garganta y la tenaza al rojo vivo de los días. El ciclo real de la existencia anuncia su reinado absoluto con las lágrimas que humedecen su rostro no sólo a la hora de las despedidas.


863.

PARQUE

Los bancos del parque están dispuestos de espaldas unos con otros. De tal modo, el paseante que descansa por unos momentos o el que decide pasarse la tarde a la sombra de los árboles y de las pérgolas puede tener a su espalda la de otros colegas. Por eso, es inevitable que la mujer oiga la conversación que dos jóvenes, chico y chica, mantienen tras sus orejas. Es interesante la posición de los bancos porque permite, al tiempo de la escucha, que pase desapercibida esa manifestación de la biológica curiosidad humana. Se adivinan algunas nubes en el cielo que dejan visible la arboleda y las enredaderas. Y un frescor inesperado inunda la piel de la mujer. Deja por un instante el libro que está leyendo y levanta la vista. Parece que es hora de marcharse. Quizá no estaría mal sentarse dentro de algunos de los merenderos que se dispersan por el parque y tomar algo caliente. Un té o un café. O un buen chocolate a la antigua usanza, espeso como un flan. Si es que todavía se dan tales exquisiteces. La pareja a sus espaldas habla de alguien conocido cuyas dichas y desdichas la mujer no puede evitar oír. Y disimulando con la mirada, con sus gestos, aunque nada de ello sea advertido por los habladores, aguza la audición y se empapa de la peripecia del desconocido. Lo critican, eso está claro, por antisocial. Dicen con enojo que no tiene amigos, que pasea solo, que es huraño. La muchacha adelanta que algo de resentimiento puede haber en su actitud porque es más bien feo. El chico asiente con un murmullo. Dejan de invitarle porque nunca asiste a las fiestas ni a las reuniones con el grupo de amigos. Siempre con sus cosas a cuestas, con sus músicas, sus libros, su trabajo insulso en aquel bufete de abogados de medio pelo. Sin ambiciones, aclara el muchacho, aunque ella repone que eso no está tan mal si son económicas, porque ser ambicioso en asuntos como la transformación social, la solidaridad con las víctimas del capitalismo o la deforestación es positivo. Vuelve a asentir el murmullo del joven. Antes de cambiar de tema, el conocido es condenado a una nueva andanada de recriminaciones. La mujer se levanta del  banco. Tiene intención de echar una ojeada furtiva a los dos individuos para conocer su aspecto, pero desiste y avanza por el camino de grava hacia el merendero más cercano. Con su libro bajo el brazo, respirando hondo el frescor ya algo húmedo del atardecer, sueña con el chocolate caliente que va a pedir, si es que todavía tienen la delicadeza de elaborarlo como en los viejos tiempos.


862.

LLANTO

Se detiene unos instantes en el bar para tomarse un café y repasar su agenda. Acaba de tratar con uno de sus mejores clientes y está satisfecho. La cita aboca a un pedido sustancioso. Agita en revuelo las hojas de su cuaderno y evoca con gesto incrédulo una de esas agendas electrónicas que sus compañeros, en número galopante, ya manejan. La cafetería regala a los parroquianos una generosa cristalera que inunda el interior con la vida y la luz del mundo al otro lado. Cada sorbo del café va seguido de un hojear de páginas teñidas de negras hileras, iluminadas con signos de diversa factura en colores distintos. Todo un laberinto de señales que sólo él es capaz de descifrar. La vida que late al otro lado del ventanal llama su atención. Es un fascinante día de primavera en el que la gente puebla las calles del centro de la ciudad, donde ahora el hombre ultima su café y se dispone a pagar. El próximo cliente le aguarda, negociación algo más dura tal vez, pero personaje conocido de años y con los puentes de su obra viva tan cañoneados ya, que su envergadura no impedirá la derrota y abordaje. Mientras aguarda la vuelta de su billete de cinco euros, observa distraído la calle y se fija en una mujer de edad avanzada, sin llegar a ser una anciana, que acompañada de la mano por un niño de cinco o seis años espera que un semáforo cambie a rojo. En el momento de echar a andar, algo la hace tropezar y caer sobre el asfalto. La criatura, ante el espectáculo, se queda paralizada y comienza un llanto tan profundo, tan sentido que convoca a los transeúntes en masa. En pocos segundos, la mujer está en pie ayudada por los buenos samaritanos y es sometida a interrogatorio. Una joven intenta consolar al crío, pero sus llantos, su parálisis de estatua, sus ojos clavados en la abuela no permiten la respuesta. La abuela se agacha y abraza al niño, le dice algo que calma levemente sus lágrimas. Entre sonrisas y agradecimientos consigue que la reunión se disuelva. El caos retorna al orden y la pareja de abuela y nieto, con el niño dando hipidos todavía, cruza la calle y se pierde tras la esquina al otro lado. El hombre, que ha estado observando la escena, recoge el cambio, deja una propina y marcha a continuar su trabajo. La imagen del niño se aferra a su memoria durante varios días, hasta el punto de que su mujer, una noche, le pregunta si le pasa algo. Finalmente, al cabo de una semana, entre llantos, tan impropios según él de un hombre, le cuenta la escena que observa días antes a través del ventanal de una cafetería en la hora punta de un hermoso día de primavera.


861.

SALMO

Son los planos de una película del oeste. Una caravana avanza polvorienta hacia las Ítacas particulares de quienes la integran, extensos rebaños de vacas en vez de cabras u ovejas, nativos en vez de pretendientes codiciosos, llanuras y ríos en vez de roca, la fértil tierra madre en lugar de una esposa cada vez más anciana que teje y desteje día y noche la melancolía de un cuerpo y un deseo. Uno de los guías anuncia al galope la presencia de indios con intenciones aviesas y el jefe de la caravana ordena hacer un círculo, meter en su interior todo lo valioso y aprestarse a la defensa. Viejos planos trillados de miles de películas del oeste donde siempre sucede lo mismo y donde los héroes, mueran o vivan, dejan el recuerdo del deber cumplido. En pleno caos, una mujer de largas faldas, pañuelo en la cabeza y mantón sobre sus hombros, une sus manos en oración, mira al cielo y entona el Salmo XXIII. No sabe cuál es la razón de que esas imágenes se reiteren en su memoria con una cadencia tan indomeñable como los indios de las películas del oeste. Y retumban en sus oídos los versículos del Salmo como golpes de tambor justo en medio de la confusión de la batalla en blanco y negro. Recuerda que la caravana es aniquilada por los enemigos y que esa catástrofe inicia la película y da pie al argumento. No halla la razón de que a él, una persona que hace mucho tiempo perdió la fe, le asalte en estos momentos el viejo himno. Mientras lo llevan por los pasillos de la clínica camino del quirófano, atrás su familia controlando su zozobra con sonrisas de ánimo y fingimientos de que nada pasa fuera de lo ordinario, la inspiración, siempre tan avara con él, se le aparece en la forma de un endecasílabo que bien puede ser el inicio de un poema. Tal vez el primero de un próximo libro que añadir a los ya creados, que tanta fama le dan. Ya posee título. “Salmo”, sin duda. “Ante Ti sólo cabe ser rebelde” es lo último que le asalta la mente antes de que la anestesia convoque las tinieblas y oculte para siempre la luz de sus ojos.   


860.

Nosotros también tenemos mártires, Y con mayor mérito porque son involuntarios.

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859.

ASTRONOMÍA

Mientras abajo la feliz aglomeración celebra el acontecimiento, el hombre sube discretamente a la azotea de aquella casa aislada en medio del campo. Deja la copa llena de champagne en el poyete de la ventana que hay junto a la puerta de acceso y se aproxima al telescopio que bajo una techumbre observa el universo. Es un pequeño cobertizo protegido por una puerta corredera que ahora está abierta. Dentro, en diferentes estanterías, hay libros y carpetas. Hay también una mesa con un modesto ordenador escoltado por su orgía de cables y cachivaches anexos. Los mil objetos amontonados en un orden sólo escrutable para su dueño aguantan impávidos el jaleo que procede de las plantas inferiores de la casa. Arriba el cielo de una despejada noche de verano concede su aportación a la alegría general y la sierra con sus estribaciones moteadas de manchas blancas resistentes al calor sonríe a la fiesta. El hombre se sienta y observa durante unos instantes el firmamento. Nunca acude a ningún congreso de astrónomos, ni es investigador en un observatorio, ni tiene publicaciones, ni ostenta una cátedra en una universidad, a ser posible en los EE.UU. o en Alemania, ni es admirado en el mundillo profesional, porque es un aficionado sin renombre científico. Su pasión es ejercida modestamente desde que recuerda, desde su lejana infancia, tan apartada de estos sesenta y cinco años en los que se celebra su jubilación. En vez de estrellas, se las ve a diario durante decenios con balances. En vez constelaciones, sufre la brega con las exigencias del director de la sucursal. En vez de agujeros negros, sondas espaciales, supernovas, durante muchos años se las ve con hipotecas vencidas, con préstamos no devueltos, con cuentas corrientes en números rojos. Ya todo termina y ahora se abre el tiempo de dar vía libre a su pasión. Alguien sube por las escaleras. Es una de sus hijas. Le reclaman en la planta baja. Es el homenajeado por una familia y unos amigos que lo adoran. Tampoco recuerda ahora que ningún cliente se le encare, se enoje con él. Sí hay tristeza en muchos, decepción, desánimo. Ni compañeros, salvo alguna mala persona, ni superiores le reprochan nada a lo largo de su carrera bancaria. Algo tiene su personalidad que espanta la ira de quien le mira a la cara. Tanto le quieren todos, tanto le aprecian que se le hace más duro reconocer el hecho de que nunca habrá entre los hitos de la astronomía nada que recuerde su nombre, su simpático y humilde nombre.